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Por qué hacemos cosas que sabemos que nos perjudican: lo que revelan los últimos avances en psicología clínica

¿Quién no ha tenido alguna vez un pensamiento intrusivo o un impulso difícil de controlar? La ciencia muestra que estas experiencias son mucho más comunes de lo que creemos y cuestionan la forma tradicional de entender la salud mental.

Creado: 03.07.2026

Actualizado: 29.06.2026

¿Has sentido alguna vez que pierdes el control comiendo o bebiendo alcohol? ¿Te has sorprendido revisando el móvil una y otra vez sin saber por qué, incluso cuando quieres concentrarte en estudiar? ¿Has tenido algún pensamiento intrusivo, como imaginar que podrías gritar en mitad de una clase o que algo malo podría ocurrir si no haces cierto “ritual”?

Aunque puedan parecer experiencias “raras”, la mayoría de las personas experimentamos impulsos, pensamientos intrusivos o conductas difíciles de cambiar en algún momento de nuestra vida. Es importante saber que experimentar alguno de estos fenómenos no implica necesariamente padecer un trastorno mental. De hecho, la evidencia científica ha demostrado que muchas manifestaciones consideradas tradicionalmente “patológicas” existen también en la población general, aunque con diferente nivel de intensidad, frecuencia e interferencia en la vida cotidiana.

Durante décadas, la salud mental se entendió principalmente desde un enfoque categorial: las personas tenían o no tenían un trastorno concreto. Bajo esta perspectiva, los problemas psicológicos se clasificaban en categorías independientes entre sí, como, por ejemplo, la depresión, trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos alimentarios o adicciones. Sin embargo, en los últimos años este enfoque ha comenzado a mostrar importantes limitaciones. Numerosos estudios científicos han encontrado que distintos trastornos comparten síntomas, factores de riesgo y mecanismos psicológicos comunes. Además, muchas personas presentan dificultades emocionales que le interfieren de forma significativa en el desarrollo de su vida cotidiana y que no encajan perfectamente dentro de una etiqueta diagnóstica.

Otro de los principales problemas del modelo categorial clásico es la elevada comorbilidad. Es decir, muchas personas cumplen simultáneamente criterios para varios trastornos diferentes. Por ejemplo, alguien con un trastorno alimentario, anorexia o bulimia nerviosas, puede presentar también síntomas obsesivos, ansiedad elevada, impulsividad o consumo problemático de sustancias. Esta manifestación simultánea de síntomas sugiere que distintos trastornos podrían compartir mecanismos psicológicos y neurobiológicos comunes.

Como respuesta a estas limitaciones, la psicología clínica ha experimentado en las últimas décadas un importante cambio de paradigma hacia modelos dimensionales y transdiagnósticos. Los modelos transdiagnósticos tienen como objetivo identificar procesos psicológicos comunes a los distintos trastornos mentales. En lugar de centrarse exclusivamente en las etiquetas diagnósticas, estos modelos estudian mecanismos compartidos que ayudan a explicar por qué aparecen y se mantienen los diferentes síntomas.

Dentro de este cambio de paradigma, la impulsividad y la compulsividad son dos dimensiones que han recibido la atención de los investigadores. Aunque durante mucho tiempo se estudiaron de forma independiente, actualmente se consideran procesos centrales en numerosos problemas psicológicos.

La impulsividad se define como la tendencia a actuar de manera rápida, inmediata y poco reflexiva, especialmente ante emociones intensas. En estos casos se tiende a priorizar el alivio o placer inmediato sin contemplar las consecuencias futuras. Este proceso aparece en conductas tan diversas como los atracones de comida, las compras, el consumo de sustancias, el juego patológico o el uso excesivo de redes sociales.

Por otro lado, la compulsividad se define como la repetición persistente y rígida de conductas (compulsiones) o pensamientos (obsesiones), incluso cuando producen consecuencias negativas. A diferencia de la impulsividad, en la compulsividad suele predominar la necesidad de reducir la ansiedad, el malestar o la sensación de amenaza. Por ejemplo, una persona puede sentir una necesidad intensa de comprobar, de forma repetitiva y ritualizada, si ha cerrado la puerta de casa. Aunque sabe que probablemente está cerrada, vuelve a revisarla una y otra vez porque hacerlo reduce momentáneamente su ansiedad o la sensación de que “algo malo podría pasar”.

Comprender estos procesos resulta importante porque muchas conductas problemas comienzan buscando el alivio. Comer compulsivamente puede reducir ansiedad momentáneamente, revisar constantemente el móvil puede disminuir el aburrimiento o la incertidumbre, ciertos rituales mentales pueden proporcionar una sensación temporal de seguridad y control, mientras que consumir alcohol puede funcionar como una vía rápida de alivio. El problema aparece cuando estas estrategias, inicialmente útiles a corto plazo, terminan manteniéndose, generando pérdida de control, interferencia y un gran sufrimiento.

Pero, ¿por qué repetimos estas conductas y pensamientos?

Nuestro cerebro está diseñado para priorizar el alivio inmediato del malestar y la búsqueda de recompensa. Desde una perspectiva evolutiva, actuar rápidamente ante aquello que produce placer o reduce amenaza aumentaba nuestras probabilidades de supervivencia. El problema es que este mismo mecanismo, que en ciertos contextos resulta adaptativo, puede volverse perjudicial.

Por ejemplo, imaginemos a una persona que se siente muy ansiosa después de una discusión. Si en ese momento se da un atracón de comida, revisa redes sociales durante horas o consume alcohol, probablemente experimentará un alivio inmediato. Aunque sea breve, su cerebro aprende algo muy importante: “esto reduce mi malestar”.

En psicología, este proceso se conoce como refuerzo negativo. No significa que la conducta sea “mala”, sino que su frecuencia aumenta porque consigue aliviar una emoción desagradable. Muchas conductas problemas se mantienen precisamente por este mecanismo: funcionan temporalmente como “anestesia emocional”.

Y es en este momento cuando aparece una paradoja importante. A corto plazo, estas conductas alivian, por eso se mantienen. Pero a largo plazo, suelen aumentar el problema. El consumo de alcohol puede disminuir la ansiedad momentáneamente, pero empeora el estado emocional después; revisar el móvil constantemente puede aliviar el aburrimiento o la sensación de soledad, pero aumenta la distracción y el cansancio; las compulsiones pueden generar sensación temporal de seguridad, aunque terminan reforzando el miedo a que ocurra lo que intentamos evitar.

La investigación científica también ha mostrado que las emociones juegan un papel central en este proceso. Muchas conductas impulsivas y compulsivas aparecen como intentos de regular las emociones desagradables que nos resultan difíciles de gestionar, tales como la ansiedad, culpa, soledad, frustración, vacío o aburrimiento. De hecho, las dificultades en la regulación emocional constituyen uno de los mecanismos transdiagnósticos más importantes en numerosos problemas psicológicos.

Otras de las manifestaciones más influyentes son los pensamientos intrusivos. Muchas personas se asustan cuando tienen imágenes, impulsos o pensamientos de carácter extraños, violentos o socialmente inapropiados. Sin embargo, la evidencia científica muestra que este tipo de pensamientos son muy frecuentes en la población general. La diferencia no está tanto en tenerlos o no, sino en cómo reaccionamos ante ellos.

Cuando interpretamos un pensamiento intrusivo como peligroso, inaceptable o intolerable, solemos intentar eliminarlo o neutralizarlo. Paradójicamente, cuanto más intentamos no pensar en algo, más presente se vuelve en nuestra mente. Veamos un ejemplo, intenta no pensar en un elefante azul, verás cómo tu cerebro se encarga de que visualices esta imagen.

En resumen, muchas conductas y pensamientos problemas persisten porque ofrecen una salida rápida al malestar emocional. El cerebro aprende que esas estrategias “funcionan” y las repite, aunque a largo plazo terminen generando sufrimiento, pérdida de control e interferencia en la vida diaria. Comprender este mecanismo es fundamental para abandonar explicaciones simplistas basadas en la culpa o la falta de voluntad y empezar a entender el comportamiento humano desde una perspectiva más científica y compasiva.

¿Qué podemos hacer?

Afortunadamente, durante las últimas décadas la psicología clínica también ha avanzado mucho en el desarrollo de tratamientos eficaces basados en la evidencia científica para estos problemas. Entre los tratamientos con mayor respaldo científico se encuentra la terapia cognitivo-conductual, considerada una de las intervenciones más eficaces. Esta corriente ayuda a identificar patrones de pensamiento y comportamiento que han desencadenado y mantienen el problema, favoreciendo cambios más adaptativos. En los últimos años también han adquirido gran relevancia los tratamientos centrados en la regulación emocional, especialmente la terapia dialéctica conductual. Finalmente, el mindfulness consiste en entrenar la capacidad de observar pensamientos, emociones e impulsos sin reaccionar automáticamente a ellos.

En conjunto, estos enfoques comparten una idea fundamental: muchas conductas problemas no desaparecen únicamente intentando “tener más fuerza de voluntad”, sino aprendiendo nuevas formas de las manejar las emociones, conductas y pensamientos.

Precisamente por ello, comprender los procesos psicológicos que hay detrás constituye una de las herramientas más importantes para promover una salud mental.

Hacia una visión más humana de la salud mental

Este cambio de perspectiva tiene importantes implicaciones tanto a nivel social como clínico. Comprender que la impulsividad y la compulsividad, y sus manifestaciones emocionales, cognitivas, fisiológicas y conductuales, existen en diferente grado en toda la población ayuda a reducir el estigma asociado a los problemas de salud mental. Desde esta visión, la salud mental no se entiende como una división rígida entre “personas sanas” y “personas enfermas”, sino como un continuo en el que todos podemos experimentar, en determinados momentos de nuestra vida, dificultades para gestionar emociones, pensamientos o conductas.

La evidencia científica muestra que muchos comportamientos difíciles de controlar comparten mecanismos psicológicos comunes y, precisamente por ello, también pueden abordarse mediante intervenciones eficaces y basadas en la evidencia. En definitiva, comprender mejor cómo funciona nuestra mente no solo permite entender el sufrimiento psicológico desde una perspectiva más humana y menos culpabilizadora, sino también desarrollar estrategias de afrontamiento más eficaces.

Nerea Almeda

Nerea Almeda

Profesora Titular de Universidad. Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos de la Universidad de Sevilla
Magdalena Sánchez Fernández

Magdalena Sánchez Fernández

Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología de la Universidad de Cádiz
Mercedes Borda Mas

Mercedes Borda Mas

Catedrática de Universidad. Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológicos de la Universidad de Sevilla

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