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No todo es carne y hueso: los materiales con los que la medicina repara el cuerpo humano

Cuando el cuerpo no puede repararse por sí solo, la medicina recurre a aliados muy particulares: materiales capaces de integrarse en el organismo para sustituir estructuras dañadas, recuperar funciones perdidas y, cada vez más, favorecer la regeneración de los tejidos.

Creado: 15.09.2026

Actualizado: 08.09.2026

Algunas partes del cuerpo humano no nacen: se fabrican con metales, cerámicas y polímeros. Pueden sustituir una articulación, reconstruir un diente o mantener cerrada una herida mientras cicatriza. Su historia se fragua en un horno, un reactor o un molde, y puede prolongarse dentro de un organismo durante días o incluso décadas. ¿Qué hace posible que estos materiales formen parte de nuestro cuerpo?

Todo se decide en la frontera entre el material y el organismo. Allí, en contacto con células, proteínas y otros elementos, no basta con que un material sea resistente, flexible o duradero; importa cómo se responde a su presencia. Cuando un material se selecciona para interactuar con un sistema biológico y cumplir una finalidad médica —diagnosticar, tratar, reparar, sustituir o ayudar a recuperar una función—, hablamos de un biomaterial.

Este término puede inducir a error, pues el prefijo «bio» no implica un origen biológico, sino que describe la relación del material con un sistema biológico. De este modo, materiales como los metales, las cerámicas o los polímeros pueden convertirse en biomateriales. De hecho, es interesante señalar que tanto la prótesis, la lente o la sutura son el resultado final; el biomaterial es la materia seleccionada para fabricarlas.

Su presencia en la medicina dista mucho de ser anecdótica. Cada año se realizan en el mundo más de veinte millones de cirugías de cataratas, en las que se implantan lentes intraoculares artificiales. Además, se estima que se colocan alrededor de un millón de marcapasos al año.

Biocompatibilidad: una cuestión de contexto

Sin embargo, que su uso esté tan extendido no significa que cualquier material pueda introducirse en el cuerpo. La respuesta que provoca en el organismo debe ser la adecuada para la función prevista. Esta respuesta adecuada es lo que se conoce como biocompatibilidad.

Un material biocompatible no tiene por qué pasar desapercibido para el organismo, pero puede cumplir con su cometido sin desencadenar una respuesta que comprometa su función o la salud del paciente. La biocompatibilidad no es una propiedad absoluta del material: depende del lugar donde se implanta, de la función que desempeña y del tiempo que permanece en contacto con el organismo. Por ello, la evaluación necesaria no es la misma para un dispositivo de contacto breve —como la aguja de una jeringa—, que para otro destinado a permanecer durante años, como una prótesis de cadera.

La respuesta del organismo tampoco depende únicamente del tipo de material. Su forma, su porosidad, su rugosidad y las características químicas de su superficie influyen en cómo se depositan las proteínas, se adhieren las células y se integra el material con los tejidos. Como muestra la Figura 1, dos biomateriales pueden presentar arquitecturas porosas muy distintas. El tamaño y la distribución de sus poros pueden influir en el espacio disponible para la adhesión y extensión de las células, así como en el transporte de agua, nutrientes y otras sustancias a través del material.

Por eso, diseñar un biomaterial no consiste solo en elegir entre un metal, una cerámica o un polímero, sino también en controlar su estructura y su superficie a diferentes escalas.

Todo ello explica por qué no existe un biomaterial universal. El material idóneo para fabricar un tornillo que estabilice una fractura no tiene por qué servir para recubrir una quemadura ni para liberar un medicamento de forma controlada. Cada aplicación requiere una combinación distinta de propiedades físicas, químicas y biológicas.

Figura 1. Comparación de la arquitectura porosa de dos biomateriales mediante microscopía electrónica de barrido. (A) Material basado en alginato, con una estructura abierta y heterogénea, formada por poros grandes separados por paredes finas y laminares. (B) Material basado en poli(etilenglicol) (PEG), con una morfología más densa y reticulada, en la que predominan poros pequeños junto con algunas cavidades mayores.
Crédito: Imágenes tomadas por Patricia López.

Cuatro familias para reparar el cuerpo

Una de las clasificaciones ampliamente utilizada agrupa los biomateriales en cuatro grandes familias (Figura 2): metales, cerámicas, polímeros y materiales compuestos.

Los metales se eligen cuando el cuerpo necesita resistencia. El titanio y sus aleaciones, el acero inoxidable o las aleaciones de cobalto-cromo pueden soportar cargas repetidas sin romperse, por lo que resultan adecuados para prótesis articulares, implantes dentales y placas o tornillos para la fijación de fracturas. Sin embargo, también presentan limitaciones: pueden sufrir desgaste o corrosión, por lo que requieren un control que garantice su estabilidad dentro del organismo.

Las cerámicas son duras, resistentes al desgaste y químicamente estables. La alúmina y la circona se utilizan en restauraciones dentales, mientras que la hidroxiapatita puede favorecer la unión con el tejido óseo gracias a su semejanza con la fase mineral del hueso. Sin embargo, su principal limitación es la fragilidad: soportan bien los esfuerzos de compresión, pero pueden fracturarse ante determinados impactos o cargas.

Los polímeros pueden ser naturales, como el colágeno, o sintéticos, como las siliconas de grado médico. Al modificar su composición y estructura pueden obtenerse materiales transparentes u opacos, flexibles o rígidos, estables durante años o biodegradables. Esta versatilidad explica su amplia variedad de aplicaciones médicas: suturas reabsorbibles, apósitos para heridas o mallas quirúrgicas. A cambio, muchos soportan cargas menores que los metales o las cerámicas y pueden deformarse, desgastarse o degradarse a un ritmo inadecuado.

Por último, los materiales compuestos combinan materiales de distintas familias para aprovechar sus ventajas y compensar sus limitaciones, pudiendo adaptarse mejor a las exigencias mecánicas y biológicas de cada aplicación. Se utilizan, por ejemplo, en algunos andamios para la regeneración ósea, donde una matriz biodegradable de ácido poliláctico (PLA) se combina con partículas cerámicas de hidroxiapatita. Esta combinación proporciona la integridad estructural necesaria durante la recuperación y, al mismo tiempo, favorece el crecimiento del tejido óseo. Así, un mismo sistema puede desempeñar varias funciones simultáneamente.

Elegir un biomaterial consiste en encontrar el equilibrio entre las exigencias de la aplicación, la respuesta del organismo y el tiempo que deberá permanecer en él.

Figura 2. Principales familias de biomateriales y ejemplos representativos de cada una en aplicaciones biomédicas. Crédito: Imagen realizada con Biorender por Patricia López.

De reparar estructuras a guiar la recuperación

Durante décadas, la prioridad fue encontrar biomateriales capaces de sustituir una estructura dañada sin interferir más de lo necesario. Hoy, este enfoque coexiste con el diseño de materiales que desempeñan un papel más activo en la recuperación: pueden favorecer la integración con los tejidos, ayudar a prevenir o combatir infecciones bacterianas, liberar fármacos de forma controlada o proporcionar un soporte temporal mientras el tejido se regenera, entre otras funciones. Como se observa en la Figura 3, esta interacción comienza en la propia superficie del material, donde las células pueden adherirse, extenderse y establecer contacto con otras células.

Figura 3. Células madre mesenquimales humanas derivadas de la médula ósea —señaladas con flechas azules— adheridas a un hidrogel basado en poli(etilenglicol) (PEG). Las células comienzan a aplanarse y elongarse, extienden prolongaciones sobre el material y establecen contactos con células vecinas. Esta morfología, característica de este tipo celular es compatible con una interacción favorable con el biomaterial.
Crédito: Imagen tomada por Patricia López.

Esta evolución también está transformando la manera de diseñar y fabricar biomateriales. Como se representa conceptualmente en la Figura 4, la impresión 3D permite crear estructuras con geometrías y porosidades complejas, adaptadas a la función que deben cumplir e incluso a la anatomía de cada paciente. Por su parte, los modelos computacionales y la inteligencia artificial pueden analizar grandes cantidades de datos para predecir el comportamiento de distintas composiciones y ayudar a seleccionar las más prometedoras antes de llevarlas al laboratorio. Estas herramientas no sustituyen la experimentación ni a otras técnicas de fabricación clásicas o convencionales, pero pueden acelerar el desarrollo de biomateriales más precisos y personalizados.

Figura 4. Representación conceptual del diseño, la fabricación y la aplicación de un biomaterial. La imagen muestra una estructura fabricada mediante impresión 3D, cuya geometría y porosidad pueden diseñarse previamente mediante modelos computacionales. Una vez implantada en el tejido dañado, esta estructura puede actuar como soporte para la colonización celular, la formación de nuevos vasos sanguíneos y la regeneración tisular.
Crédito: Imagen generada mediante inteligencia artificial.

Sin embargo, convertir estas posibilidades en soluciones médicas reales exige superar retos que van mucho más allá de obtener buenos resultados en el laboratorio. Cada biomaterial debe equilibrar las propiedades físicas, químicas y biológicas que exige su aplicación, y mejorar una de ellas puede comprometer las demás. Además, debe de poder fabricarse de forma reproducible y segura, y mantener un comportamiento adecuado al pasar de un entorno controlado en una placa de laboratorio a la complejidad de un organismo vivo.

Del horno, del reactor o del molde al interior del organismo, los biomateriales demuestran que reparar el cuerpo humano no siempre significa sustituirlo; a veces basta con proporcionarle las condiciones adecuadas para que pueda recuperarse por sí mismo.

Patricia López Gómez

Patricia López Gómez

Doctora en Ingeniería Biomédica, comunicadora y divulgadora científica

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