«Cuando seas grande lo vas a entender«.
La frase parece inofensiva. Se repite en hogares, escuelas y espacios públicos de todo el mundo. Sin embargo, detrás de ella se esconde una idea profundamente arraigada: la tendencia a organizar la sociedad como si las personas adultas fueran las únicas plenamente capaces de interpretar la realidad, tomar decisiones y participar en la vida colectiva. Es lo que se conoce como adultocentrismo.
Aunque el término todavía resulta desconocido para gran parte de la población, sus prácticas atraviesan la vida cotidiana de niños, niñas y adolescentes. Están presentes cuando se toman decisiones sobre su vida sin consultarles, cuando se minimizan sus emociones por considerarlas exageradas o pasajeras, o cuando se asume que su edad les impide comprender lo que ocurre a su alrededor.
A diferencia de otras formas de violencia y desigualdad que han ganado visibilidad en las últimas décadas, las jerarquías basadas en la edad continúan profundamente naturalizadas. Muchas de las prácticas que violentan a las infancias y limitan su participación son percibidas como naturales e incluso necesarias. Precisamente por eso resultan difíciles de identificar
El poder de la costumbre
Cuando se habla de violencia contra niños, niñas y adolescentes, solemos pensar en situaciones extremas como el asesinato, el abuso sexual o el maltrato físico. Sin embargo, estas formas más visibles representan apenas la punta del iceberg.
Por debajo se encuentran prácticas mucho más cotidianas que rara vez son reconocidas como violencia: ridiculizar sus opiniones, ignorar sistemáticamente lo que tiene para decir, minimizar sus emociones o tomar decisiones que afectan su vida sin consultarles. Y sin embargo, todas transmiten un mismo mensaje: que las personas adultas poseen una mayor legitimidad para interpretar la realidad, tomar decisiones y definir aquello que importa.
Precisamente ahí reside su fuerza. Como forman parte de la normalidad cotidiana, estas prácticas suelen pasar desapercibidas y rara vez son cuestionadas. Pero son las que permiten que el adultocentrismo se reproduzca día tras día en instituciones tan importantes como la familia, los medios de comunicación o la escuela.

La normalidad escolar bajo la lupa
La escuela ocupa un lugar central en la vida de las infancias. Allí no solo se aprenden contenidos: también se construyen formas de relacionarse, participar y convivir. Por eso, para entender cómo funciona el adultocentrismo más allá de las definiciones teóricas, resulta inevitable mirar lo que ocurre dentro de un aula.
La investigación realizada durante 2025 en una escuela pública de la provincia de Cádiz, España, permitió observar cómo estas dinámicas se expresan en la vida cotidiana. Durante cuatro meses se siguió el día a día escolar de un grupo de segundo grado de educación primaria y se entrevistó individualmente a cada uno de los niños y niñas del curso. Se trata de una lupa que permite observar con detalle situaciones cotidianas que ocurren dentro del aula y, a partir de ellas, comprender dinámicas más amplias de las relaciones entre personas adultas e infancias.
Lo que apareció fue menos evidente de lo esperado. No grandes actos de autoridad ni situaciones fácilmente reconocibles como violencia. Por el contrario, las expresiones más significativas del adultocentrismo estaban integradas en la normalidad escolar.
La disposición de las mesas, los horarios, las rutinas, las formas de participación e incluso muchos aspectos de la convivencia respondían a decisiones tomadas por personas adultas. Los niños y niñas habitaban esa organización todos los días, pero tenían escasas oportunidades de intervenir en su construcción.

Nada de esto se presentaba como una forma de control. Por el contrario, aparecía asociado al aprendizaje, la convivencia o el cuidado. Sin embargo, a través de estas pequeñas decisiones cotidianas se transmitía una idea persistente: que la participación infantil debía desarrollarse dentro de márgenes previamente definidos por el mundo adulto.
La observación cotidiana también mostró que no todos los niños y niñas ocupan el mismo lugar dentro de la vida escolar. A través de valoraciones, registros de conducta y dinámicas de participación, circulan etiquetas que distinguen a quienes cumplen con las expectativas de quienes se apartan de ellas. Son clasificaciones que parecen inocentes, pero que terminan influyendo en la forma en que cada niño o niña es percibido por los demás y por sí mismo.
Pero quizás uno de los hallazgos más relevantes apareció en los conflictos cotidianos. Durante el trabajo de campo fueron frecuentes las situaciones de burlas, exclusión y agresividad verbal entre compañeros. Sin embargo,gran parte de las intervenciones adultas parecían orientadas a recuperar rápidamente el orden antes que a comprender qué había ocurrido, escuchar a quienes estaban involucrados o construir soluciones colectivas.
El conflicto se cerraba, pero no necesariamente se elaboraba. Y cuando las emociones, interpretaciones y propuestas de los propios niños y niñas quedan fuera de la conversación, también queda fuera la posibilidad de reconocerlos como participantes activos en la construcción de la convivencia.
Lo que las infancias producen
Sin embargo, el estudio también encontró algo que el adultocentrismo tiende a ignorar sistemáticamente: que los niños y niñas no son receptores pasivos de ese orden. Se autorregulan, negocian, cuidan a sus pares, reflexionan colectivamente sobre la convivencia y producen conocimiento sobre el mundo que habitan. Y cuando se les pregunta directamente por las jerarquías que los atraviesan, las identifican, las cuestionan y proponen con precisión qué debería cambiar.
Ninguno de los niños y niñas entrevistados conocía el término adultocentrismo. Sin embargo, pudieron describir con claridad situaciones que remitían directamente a esa experiencia: decisiones tomadas sin consulta, normas que percibían como injustas o dificultades para que sus opiniones fueran tomadas en serio.
Esto sugiere algo interesante. La capacidad de identificar relaciones de desigualdad no depende necesariamente de manejar conceptos teóricos. También puede surgir de la experiencia cotidiana de quienes las viven.
Reconocer esa capacidad no equivale a idealizar a las infancias ni a disolver las diferencias generacionales. Equivale a tomarse en serio una pregunta que el adultocentrismo cierra antes de formularla: qué pierde una sociedad cuando decide, sistemáticamente, no escuchar a niños, niñas y adolescentes.

La encrucijada entre el paternalismo y la protección
Las conclusiones de la investigación no apuntan a eliminar la responsabilidad adulta ni a convertir la escuela en un espacio sin normas. Cuestionar el adultocentrismo tampoco implica sostener que niños y niñas puedan hacer lo que quieran o que todas las decisiones deban recaer sobre ellos.
La cuestión es otra. Se trata de preguntarse por qué las infancias continúan siendo excluidas de tantas decisiones que afectan directamente sus vidas y por qué sus opiniones suelen considerarse menos válidas que las de las personas adultas únicamente por una cuestión de edad.
La protección constituye una responsabilidad irrenunciable de las personas adultas. Sin embargo, proteger no debería significar sustituir sistemáticamente la voz de niños y niñas ni asumir que carecen de capacidad para comprender aquello que ocurre a su alrededor. Cuando la protección se transforma en tutela permanente, corre el riesgo de convertirse en una forma más de exclusión.
Las observaciones realizadas en la escuela mostraron algo que numerosas investigaciones vienen señalando desde hace años: las infancias interpretan, reflexionan, negocian, construyen acuerdos, identifican injusticias y producen conocimientos sobre el mundo que habitan. Reconocer estas capacidades no implica negar las diferencias generacionales. Implica aceptar que niños y niñas son sujetos del presente y no únicamente sujetos en preparación para la vida adulta.
Es por eso que el desafío no está en decidir si las infancias deben participar o no —ese derecho fue reconocido por la Convención sobre los Derechos del Niño hace más de treinta años— sino en revisar las formas en que nuestras instituciones siguen limitando esa participación.
Mientras sus ideas, opiniones y saberes continúen siendo sistemáticamente subordinados por las personas adultas, mientras las decisiones que afectan sus vidas sigan tomándose sin ellas y mientras sus capacidades sigan siendo puestas en duda por una cuestión de edad, la promesa de una sociedad justa, pacífica y democrática seguirá estando incompleta.






