Imagina dos personajes de ficción con poderes extraordinarios; ambos, admirados por la sociedad. Ambos representan una esperanza frente a un peligro mayor. Sin embargo, un acontecimiento cambia por completo la forma en que los demás los perciben. De admirarlos a temerlos. El rechazo provocará que ambos decidan abandonar su hogar, voluntariamente, y alejarse del resto del mundo.
En soledad, los dos emprenden un viaje de introspección. Descubren que no necesitan responder a las expectativas de otros, y que sus capacidades no tienen límites. Así, se refugian en un palacio construido por ellos mismos. Y no uno cualquiera, un palacio transparente, levantado gracias a sus poderes. Allí permanecerán solos, pero también más libres, reafirmando una nueva identidad.
Durante ese aislamiento, el primero reflexiona: «Es curioso que la distancia haga que todo parezca pequeño». El segundo canta: «Mirando a la distancia, pequeño todo es».
El primero reconoce que los miedos que antes lo dominaban ya no pueden alcanzarlo. El segundo responde: «Y los miedos que me ataban muy lejos los dejé».
El primero se desafía a sí mismo: «Ha llegado el momento de ver de qué soy capaz». El segundo canta: «Voy a probar qué puedo hacer».
Y ambos llegan prácticamente a la misma conclusión. «No hay bien. No hay mal. No hay reglas para mí», afirma uno. «Ni mal, ni bien, ni obedecer jamás. Libre soy, libre soy», responde el otro.
El primer personaje es Jonathan Osterman, conocido como el Doctor Manhattan; apareció en 1986 y pertenece a una de las novelas gráficas más influyentes de la historia del cómic, Watchmen, la obra de Alan Moore y Dave Gibbons que acumula algunos de los mayores reconocimientos del mundo del cómic y que en 2026 cumple cuarenta años desde su primera publicación.
El segundo personaje apareció veintisiete años después. Es Elsa, protagonista de Frozen, una de las películas de animación más exitosas de Disney.
La comparación entre ambos personajes, comentada en revistas digitales, foros y redes sociales, subraya el sorprendente parecido entre ambas escenas.
¿Es posible que dos obras separadas por casi tres décadas compartan una secuencia narrativa tan parecida por puro azar? Es difícil calcular una probabilidad matemática en una coincidencia así. La acumulación de paralelismos no se limita a un personaje poderoso que decide aislarse. El orden de los acontecimientos, el viaje emocional, los símbolos, el escenario elegido, las principales ideas que ambos personajes expresan durante su transformación…
Si las similitudes entre Watchmen y Frozen llaman tanto la atención, quizá la pregunta no sea quién inspiró a quién, sino cómo nacen realmente las ideas.

Ideas que beben de otras
Hace ya tres décadas, los investigadores japoneses Ikujiro Nonaka e Hirotaka Takeuchi revolucionaron la forma de entender la innovación con el modelo SECI. Más que un modelo pensado exclusivamente para empresas, su propuesta ofrece una manera de explicar cómo surge el conocimiento y cómo las ideas evolucionan a partir del aprendizaje.
Según los autores, el conocimiento se construye mediante un proceso continuo en el que las personas aprenden, comparten experiencias, reorganizan lo que ya saben y lo transforman en nuevas formas de comprender la realidad, dando lugar a una espiral continua de creación del conocimiento.

Desde esta perspectiva, el paralelismo entre Watchmen y Frozen adquiere un significado distinto. La cuestión deja de ser si existe una inspiración directa entre ambas historias y pasa a ser otra: si las ideas forman parte de un proceso continuo de transformación. Que éstas se alimentan de experiencias, conocimientos compartidos, relatos o conexiones establecidas por quienes nos precedieron. Y que rara vez nazcan del vacío absoluto.
Nonaka y Takeuchi comprenden la combinación del conocimiento como una capacidad de reorganizar conocimientos previamente existentes para generar un significado nuevo. Esto nos invita a pensar que la creatividad no consiste en crear desde la nada, sino en recorrer ese patrimonio cultural acumulado por generaciones y descubrir conexiones que otros aún no habían advertido. Un patrimonio que puede ser ese palacio acristalado, al que se accede para encontrar nuevas conexiones y que conecta pasado, presente, y también futuro. Alan Moore construye al Doctor Manhattan alrededor de la física moderna, en un contexto de Guerra Fría, con reflexiones filosóficas profundamente existenciales, con el mito clásico del superhéroe… Frozen bebe de La reina de las nieves, de Hans Christian Andersen, de la tradición nórdica, de musicales de Broadway. En resumen, elementos que se han integrado para conformar estos personajes e historias. Y que, probablemente, serán referencia de futuros creadores.
La propuesta de Nonaka y Takeuchi propone que el conocimiento se transforma y adquiere un nuevo significado a partir de la experiencia, del aprendizaje y la interacción. Este planteamiento puede explicar cómo, desde diferentes puntos, personas muy dispares pueden observar las mismas referencias creando obras diferentes o -como acabamos de ver-, justo lo contrario. Porque combinar no implica copiar. La incorporación de nuevos inputs de conocimiento ayuda a reinterpretar o rehacer esas ideas, las cuales, también evolucionan. Consecuentemente, la creatividad no rompe con el conocimiento anterior; dialoga con él.

El caminante artificial
Actualmente, la tecnología es capaz de analizar millones de libros, imágenes, películas y artículos en apenas unos segundos, trazando conexiones relacionales de forma instantánea.
Cuando el director japonés Hayao Miyazaki presenció una demostración de animación inspirada en su obra, y generada por IA, su rechazo no fue un simple juicio estético, sino una enmienda a la totalidad del proceso constructivo. Para el cineasta, una obra de arte es una consecuencia de la observación viva, de la interactividad, la experiencia, de la emoción. Replicar un estilo no equivale a haber caminado la senda que permitió fundarlo.
Esta reflexión encaja con la teoría de la creación del conocimiento organizacional de Nonaka y Takeuchi. La inteligencia artificial reproduce el output de innumerables obras humanas porque se nutre de su codificación formal, pero, la máquina jamás ha transitado la infancia que inspiró a un personaje, ni ha experimentado el miedo, la pérdida, la finitud o la esperanza que empujan a un autor a contar una historia. Es capaz de analizar cantidades inmensas de información, encontrar patrones y generar nuevas relaciones entre textos, imágenes o conceptos en cuestión de segundos.
Pero la creatividad humana no comienza ahí. Imitar los trazos visuales de Studio Ghibli dista un abismo de entrar en el taller donde Miyazaki contempla la naturaleza durante años, evoca los fantasmas de la guerra o procesa el dolor humano. Antes de combinar, las personas observan, experimentan, conversan, se equivocan, aprenden y transforman esas vivencias en conocimiento. Ese aprendizaje, fruto de la experiencia, constituye lo que Nonaka y Takeuchi denominaron conocimiento tácito, el punto de partida de toda la espiral del conocimiento.
El asunto es que la IA, como transformadora de los procesos de trabajo, ¿puede recorrer el mismo proceso de creación del conocimiento que ha permitido al ser humano desarrollar las obras que hoy intenta imitar?

Una conversación consigo misma
Es evidente que seguirán existiendo paralelismos en las ideas; y dado que éstas no permanecerán inmóviles, que viajarán de unos creativos a otros, atravesarán generaciones, cambiarán de forma, y reaparecerán en otros contextos, habrá que aceptar que la creatividad no siempre consiste en descubrir algo nuevo. Con mayor frecuencia, las ideas nacen gracias a la capacidad de detectar conexiones culturales que otros aún no habían advertido.
Hace tres décadas, Ikujiro Nonaka y Hirotaka Takeuchi explicaron que el conocimiento crece gracias a un proceso continuo de aprendizaje, intercambio y transformación. Hoy, la inteligencia artificial vuelve a situarnos ante la misma pregunta desde un ángulo distinto. Es capaz de combinar millones de referencias y producir resultados sorprendentes. Sin embargo, nos coloca frente a una cuestión esencial: ¿la IA puede participar desde el origen en el descubrimiento de las ideas?
Es diferente procesar datos que vivir experiencias, socializar y transformar el conocimiento tácito. Las ideas también constituyen una respuesta a la curiosidad, a las preguntas que el ser humano se hace constantemente. La IA puede cruzar la información que le hemos cedido y devolvernos ideas fruto de la combinación, pero no puede cruzar una puerta hacia lo desconocido con miedo, inquietud o determinación.
Watchmen y Frozen son solo un ejemplo. Dos obras distintas que dialogan con un mismo patrimonio cultural para construir historias nuevas. Quizá la creatividad no consista tanto en crear desde la nada como en descubrir conexiones capaces de otorgar un significado diferente a aquello que ya existía.






