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Combatir la «ira de Dios»: las oleadas de peste en la Castilla bajomedieval, los mecanismos para prevenir el contagio y su impacto económico

Un estudio revela cómo Castilla encadenó brotes de peste entre 1467 y 1508 y cómo sus habitantes y poderes recurrieron a la huida, las medidas de aislamiento y la intervención sobre el comercio para sobrevivir.

Ciudadanos de Tournai enterrando víctimas de la peste negra en 1349. Miniatura de Pierart dou Tielt, c. 1353. Fuente: Bibliothèque Royale de Belgique, Ms. 13076-13077, f. 24 v
Ciudadanos de Tournai enterrando víctimas de la peste negra en 1349. Miniatura de Pierart dou Tielt, c. 1353. Fuente: Bibliothèque Royale de Belgique, Ms. 13076-13077, f. 24 v. Dominio Público. Wikimedia Commons.

Creado: 12.12.2025

Actualizado: 12.12.2025

“De la peste, el hambre y la guerra, líbranos, Señor”. Esta breve oración pidiendo la protección divina frente a las grandes calamidades pasó a formar parte de las rogativas difundidas a fines de la Edad Media. Sin duda, la irrupción desde 1348 de la peste en Europa occidental, en las diferentes variantes de esta enfermedad provocada por el bacilo Yersinia pestis y propagada a través de la pulga de la rata, y el regreso recurrente de la epidemia hasta fines del siglo XVII, fue uno de los principales retos afrontados por las sociedades de aquel período. Sin embargo, el estudio de la peste en la Corona de Castilla entre los siglos XV y XVI ha sido un aspecto poco abordado por la investigación, si se compara con otros territorios ibéricos o del Occidente europeo.

Lo cierto es que, tras las grandes mortandades que azotaron Europa durante la segunda mitad del siglo XIV, la península ibérica en general, y Castilla en particular, siguió estando sometida durante todo el siglo XV a los rigores de la peste. A tenor de los resultados de un reciente estudio, si nos ceñimos al período 1467-1508, en Castilla hubo oleadas generales de peste en 1467-1469, 1485, 1487-1489, 1492, 1506 y 1507-1508, a las cuales se añaden episodios circunscritos a algunas regiones. En suma, de los 41 años analizados, apenas siete estuvieron completamente libres de peste. Esto convertía la peste en una realidad cotidiana a la que toda persona se enfrentaba durante su vida varias veces.

Oleadas de peste en la Corona de Castilla. Número de localidades con brotes epidémicos documentados cada año (1457-1509). Fuente: Pablo Ortego Rico
Oleadas de peste en la Corona de Castilla. Número de localidades con brotes epidémicos documentados cada año (1457-1509). Fuente: Pablo Ortego Rico.

Valorar el impacto demográfico de estas epidemias es complejo por la escasez de datos, aunque algunas evidencias dan cuenta de la mortalidad catastrófica registrada. En 1507, calificado por los cronistas como “el año de la gran pestilencia”, murió entre el 20 y el 26 % de la población de los territorios de la orden de Santiago en la actual Extremadura. En Sevilla, un testigo aseguraba que durante esta epidemia en la parroquia de La Magdalena fueron enterradas más de 1500 personas en una semana. Pese a posibles exageraciones, era una importante siega de vidas ante la cual aquellas sociedades reaccionaron, pese a desconocer el origen de la enfermedad, que desde algunos sectores eclesiásticos se achacaba al castigo divino.

Huir lejos, rápido y largo tiempo

Igual que en otros espacios europeos, en Castilla la huida fue el principal mecanismo preventivo del contagio. Más allá de responder a una pulsión natural, era una medida recomendada por los tratados médicos, que pasó al castellano en forma de refrán: “Huir de la pestilencia con tres eles es prudencia: luego, lejos, y luengo tiempo”. La Iglesia también recomendaba alejarse rápido del lugar castigado por la “ira de Dios” como único remedio para eludir la muerte y poner en marcha buenas obras conducentes a la salvación, como se observa en unos estatutos del cabildo catedral de Toledo promulgados en 1488.

El abandono de las ciudades afectadas por la peste era practicado especialmente por los miembros de los gobiernos municipales y de los cabildos catedrales, que disponían de medios suficientes o de propiedades rurales donde refugiarse. Sin embargo, pese a la dejación de funciones, estas élites solían mantener su derecho a percibir los salarios. Por su parte, la alta nobleza también podía optar por la reclusión en espacios aislados, guarnecidos y con acceso restringido, como los alcázares o los palacios que controlaban.

No obstante, estas situaciones convivían con casos de permanencia en la ciudad de un cuerpo mínimo de autoridades políticas, religiosos y oficiales, y también de médicos y boticarios encargados de atender a los enfermos. Los que tomaban esta determinación a veces eran gratificados para compensar los servicios prestados en un momento de especial peligro, que también era oportunidad de negocio para embaucadores. Algunos supuestos médicos ofrecían sus “servicios” a localidades afectadas por la peste, asegurando que podían curar el mal con recetas milagrosas, como ocurrió en Carmona en 1494.

Las autoridades urbanas procuraban aislar a los enfermos de peste bubónica. Representación de infectados por peste en la Biblia de Toggenburg (1411). Fuente: Staatliche Museen zu Berlin, Kupferstichkabinett, 78E1, f. 80v
Las autoridades urbanas procuraban aislar a los enfermos de peste bubónica. Representación de infectados por peste en la Biblia de Toggenburg (1411). Fuente: Staatliche Museen zu Berlin, Kupferstichkabinett, 78E1, f. 80v. Dominio Público.

Aislar la ciudad y controlar la información sanitaria

Además de la huida, como novedad desde mediados del siglo XV, las autoridades locales impusieron con una frecuencia cada vez mayor medidas de aislamiento y límites a la movilidad para frenar la propagación de la peste, cuando se tenía noticia de su presencia cercana. Con ello se superaban estrategias “rituales” o de carácter religioso que buscaban alejar la enfermedad o combatir sus efectos (misas, rogativas y procesiones, culto a santos protectores como San Roque o San Sebastián) que, no obstante, continuaron en uso.

Entre estas restricciones abundaban los controles a la entrada en las ciudades de personas y mercancías, o los cierres de murallas, salvo algunas puertas vigiladas por guardas. En ocasiones se llegó a tapiar algunos accesos, o a poner barricadas en los arrabales o barrios periféricos a modo de “cordón sanitario”. Muchas ciudades obligaron a que los forasteros declarasen su lugar de origen, vetaron la entrada de personas y productos procedentes de focos epidémicos y, además, ordenaron la expulsión de estas personas. También fue frecuente prohibir a los vecinos viajar a zonas infectadas o acoger en casas particulares y mesones a gentes procedentes de lugares donde había peste. En otros casos, las ciudades ordenaban aislar los domicilios de los que enfermaban o expulsaban a aquellos que habían convivido con los fallecidos o habían alojado a personas procedentes de focos epidémicos. En las localidades portuarias, como Sevilla o Málaga, también se expulsaba a los navíos procedentes de zonas infectadas. Finalmente, en ciudades como Cádiz o Málaga comenzaron a habilitarse espacios para la reclusión temporal de los contagiados.

Con independencia de su eficacia, estas medidas de aislamiento solo se levantaban cuando existía constancia de que el peligro había pasado. Esta circunstancia exigía arbitrar procedimientos de verificación de información sobre los focos epidémicos, que estimularon a fines de la Edad Media mecanismos de pesquisa y de comunicación entre ciudades. Con ello, los gobiernos urbanos alejaban la tentativa de depender de rumores ante la toma de decisiones sanitarias. Pese a sus límites, aquella comunicación era una buena muestra de la cooperación entre ciudades, y podía resultar eficaz para adoptar con rapidez disposiciones coordinadas que evitaran la propagación de la enfermedad.

El impacto de la peste sobre la economía y las finanzas

Más allá del impacto demográfico, la peste generaba fuertes distorsiones en las economías locales al reducirse la demanda y el consumo. Aunque la mortalidad catastrófica era el primer factor de impacto, la huida de la población y las medidas de aislamiento también afectaban al comercio. Del mismo modo, la actividad mercantil quedaba comprometida al cesar el trato en los lugares de celebración de ferias y mercados, donde se centralizaban transacciones que conectaban centros o garantizaban el abasto.

Las restricciones y medidas de aislamiento decretadas por las autoridades urbanas para evitar la propagación de la peste afectaban a la economía urbana. Detalle de la “Alegoría del Buen Gobierno” de Ambrogio Lorenzetti en el Palazzo Pubblico de Siena (1338-1339)
Las restricciones y medidas de aislamiento decretadas por las autoridades urbanas para evitar la propagación de la peste afectaban a la economía urbana. Detalle de la “Alegoría del Buen Gobierno” de Ambrogio Lorenzetti en el Palazzo Pubblico de Siena (1338-1339). Dominio público. Wikimedia Commons.

En aquellos contextos, los mercaderes se convertían en agentes sospechosos como posibles vectores de propagación de la peste por contacto directo o con sus productos, lo que explica las restricciones a su actividad. Por ejemplo, en 1489 las autoridades de Jerez de la Frontera desterraron a dos comerciantes de textiles procedentes de Córdoba, donde había noticia de muertes por peste, y quemaron sus productos.

Estas medidas provocaban el desabastecimiento de productos de consumo básicos y alzas en los precios, especialmente en lugares que cubrían su demanda con importaciones, o la acumulación de stocks en el caso de las producciones locales destinadas a la exportación. Además del cereal, y de la carne y el vino, el pescado (consumido muchos días del año por prescripción de la Iglesia) era uno de los alimentos más afectados, al depender su abasto del suministro externo.

Cuando la epidemia sucedía a una mala cosecha, como ocurrió en 1507, el desabastecimiento resultaba dramático, agudizando el hambre y las muertes. Ante esta tesitura, gobiernos urbanos como el de Córdoba intervinieron para garantizar los suministros y limitar el alza en los precios (tasándolos) y el acaparamiento.

Por su parte, los poderes públicos también sufrían el impacto económico. La peste hacía descender la recaudación de los impuestos que gravaban el consumo, como se observa en Toledo durante la epidemia de peste de 1488-1489. Esta situación afectaba a los hombres de negocio que recaudaban las alcabalas (impuesto del 10 % sobre las compraventas cobrado por la monarquía) o las “sisas” (impuestos ad valorem sobre productos de consumo básico, cobrados por los municipios) previo pago adelantado a la Corona o a los municipios de su importe, fijado en una subasta pública. Ante la ruina provocada por la peste, los recaudadores solían pedir moratorias o descuentos en el pago de estas sumas para evitar embargos de bienes, la cárcel o la quiebra de sus negocios que, en muchos casos, eran aceptados por las autoridades. Con ello los poderes públicos limitaban daños en el tejido financiero, del que dependían para desempeñar su acción de gobierno. En definitiva, siempre sería mejor cobrar menos y tarde que no cobrar nada.

Variaciones en el precio de las alcabalas de la ciudad de Toledo (impuesto del 10 % sobre las compraventas cobrado por la monarquía) entre 1487 y 1495. En 1489 se observa un fuerte descenso en la recaudación motivado por la epidemia de peste que asoló la ciudad en 1488-1489. Fuente: Pablo Ortego Rico
Variaciones en el precio de las alcabalas de la ciudad de Toledo (impuesto del 10 % sobre las compraventas cobrado por la monarquía) entre 1487 y 1495. En 1489 se observa un fuerte descenso en la recaudación motivado por la epidemia de peste que asoló la ciudad en 1488-1489. Fuente: Pablo Ortego Rico.

De la peste medieval a la COVID-19: diferentes contextos, ¿mismas reacciones?

El lector habrá podido comprobar que muchas de las reacciones ante las epidemias de peste observadas en la Castilla de fines de la Edad Media guardan fuertes similitudes con realidades vividas recientemente durante la epidemia de COVID-19. Quizás una de las principales enseñanzas que podemos extraer del estudio de las epidemias del pasado es que, en el fondo, no hemos cambiado tanto. El impacto psicológico ante la muerte, la huida de la ciudad al campo, las restricciones al contacto y la movilidad, el miedo al forastero, ideas irracionales sobre el origen de la enfermedad, su difusión o curación, los problemas económicos y de recaudación fiscal o la disyuntiva entre protección sanitaria o economía, todos ellos fueron mecanismos de defensa y retos que las sociedades del pasado, igual que las nuestras, hubieron de afrontar con sus medios.

En este sentido, si comparamos la situación de Castilla a fines del siglo XV e inicios del XVI con nuestra experiencia durante la pandemia de COVID, pareciera como si el tiempo se hubiera detenido. El mismo problema, y casi los mismos comportamientos y soluciones iniciales, lo que debería llevar a los poderes públicos a reflexionar y plantear estrategias coordinadas y de prevención ante nuevas epidemias, que sin ninguna duda llegarán.

Referencia

Ortego Rico, Pablo. Recaudar los tributos en tiempos de peste: impacto de las epidemias en las economías urbanas y la fiscalidad sobre el consumo en Castilla (1467-1508). Cuadernos del CEMYR, 33 (2025), pp. 117-219. doi: https://doi.org/10.25145/j.cemyr.2025.33.05

Pablo Ortego Rico

Pablo Ortego Rico

Profesor Titular de Historia Medieval. Universidad de Málaga

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