La Odisea es una obra universal en el sentido más estricto del término pues pertenece o se extiende, según la definición de «universal» de la Real Academia Española, «a todo el mundo, a todos los países y a todos los tiempos». Desde que se compuso en el siglo VIII a.C., no ha dejado de ser leída, traducida, resumida, reinterpretada y representada, convirtiéndose en un caudal de episodios, figuras y motivos capaces de reaparecer en épocas, lenguajes y soportes muy distintos.
Que un director de cine tan reconocido como Christopher Nolan la haya escogido en pleno siglo XXI para realizar una película dotada de los más avanzados medios técnicos no responde a un impulso aislado ni caprichoso. Su elección se suma a la de una larga cadena de creadores que, antes que él, encontraron en la Odisea una fuente inagotable de inspiración.

La huella imborrable del héroe en el mundo clásico
La Odisea es un poema épico que relata las múltiples aventuras vividas durante el viaje de regreso a casa de Odiseo, un héroe griego que había combatido en la guerra de Troya. Los romanos lo llamaron Ulises, nombre con el que llegaría a ser conocido en buena parte de la tradición occidental.
La composición de la Odisea, junto con la de la Ilíada, se atribuye a un poeta llamado Homero, un personaje envuelto en el misterio, ya desde la Antigüedad, que llegó a ser divinizado y al que se atribuyó la facultad de manifestarse tras la muerte e incluso de reencarnarse. Su prestigio fue tal que se popularizó una forma de adivinación conocida como «homeromancia» que consistía en elegir al azar pasajes de la Ilíada y la Odisea que pudieran tener un valor profético y, además, algunos versos de estos poemas se usaron en encantamientos mágicos.
Sin embargo, no se sabe con seguridad si un individuo llamado Homero escribió ambas obras, o incluso si fueron dos personas diferentes, pues la Ilíada es más antigua que la Odisea. Sea como fuere, lo cierto es que ambas epopeyas recogen temas de la tradición oral que circularon desde época micénica (1600-1200 a. C. aproximadamente) hasta comienzos de la época arcaica (siglo VIII a. C.) cuando tomaron forma definitiva.
Pero tanto la Ilíada como la Odisea eran mucho más que dos libros. Desde niños, los griegos aprendían a leer y a escribir con estas historias, memorizando largos fragmentos. Además, las aventuras de Ulises durante su viaje a Ítaca, donde lo esperaban su esposa Penélope y su hijo Telémaco, aparecieron de forma recurrente en cerámicas, pinturas murales y relieves. Sus enfrentamientos con monstruos —el cíclope Polifemo, Caribdis y Escila, las sirenas— o sus encuentros con distintas tentaciones —como la seductora diosa Circe o la ninfa Calipso— contribuyeron a fijar la imagen de quienes protagonizaron esta extraordinaria historia.
El mundo romano también sucumbió al hechizo de la Odisea. Traducida al latín por Livio Andronico en el siglo III a. C. Roma absorbió esta tradición y la puso al servicio de sus propios fines políticos y estéticos, hasta el punto de que emperadores y miembros de la aristocracia utilizaron el mito como símbolo de prestigio. Un buen ejemplo de ello es el monumental conjunto escultórico de la villa de Tiberio en Sperlonga (Italia), donde se representaron episodios como el ataque de Escila a la nave de Ulises y el cegamiento de Polifemo por parte del héroe y sus compañeros.

El largo viaje de la Odisea
El famoso poeta fue poco conocido durante la mayor parte de la Edad Media. La Odisea se copió, pero casi nadie en Occidente sabía griego y, por tanto, apenas podía leerse. Sin embargo, las historias de la guerra de Troya y las aventuras de Ulises siguieron circulando gracias a la Ilíada latina —un breve resumen del siglo I d. C.— y a los supuestos relatos de dos participantes en la guerra de Troya, el soldado griego Dictis y el troyano Dares, escritos en realidad en los siglos IV y VI d. C., respectivamente.
El célebre Dante Alighieri, que incluyó a Homero y a Ulises en su Divina comedia, no sabía griego, ni había leído la Odisea, pero conocía las aventuras del héroe homérico gracias a los autores latinos. Las traducciones a las lenguas vernáculas facilitaron el acceso a la obra y, en el siglo XVI, ya podía leerse en castellano, italiano, francés o inglés. Su difusión propició que los personajes del poema formasen parte del repertorio visual que decoraba los palacios de monarcas y aristócratas —el Palacio Poggi en Bolonia, entre otros—; que los artistas pintasen cuadros inspirados en escenas de la Odisea, como Ulises y Nausícaa en la isla de los feacios, de Pieter Paul Rubens (ca. 1630-1635); que los escritores se inspirasen en el poema —Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe, y Los viajes de Gulliver (1726), de Jonathan Swift, están en deuda con esta epopeya—; o que llegase al ámbito musical, cuando Claudio Monteverdi estrenó, en 1641, la primera de muchas óperas basadas en las aventuras del héroe itacense: Il ritorno di Ulisse in patria (El regreso de Ulises a la patria).
Con el paso del tiempo, la fama de la Odisea no ha hecho más que crecer y proyectarse en ámbitos casi insospechados. El Ulises (1922) de Joyce, el poema Ítaca (1911) de Kavafis, la película O Brother, Where Art Thou?, de los hermanos Coen (2000), los Playmobil que representan a Ulises, Circe y Polifemo —a los que se unirán las sirenas el próximo mes de septiembre—, la canción «Como Ulises» (2002) de Javier Krahe, la atracción «Viaje de Odiseo» en el parque temático Belantis de Leipzig (Alemania), o el fenómeno musical Epic, creado prácticamente en directo en un entorno digital y que se convertirá próximamente en una película animada, son solo algunos ejemplos de lo que este poema ha sido capaz de inspirar.
Y es que el estudio de la recepción clásica resulta fundamental para descifrar cómo la Antigüedad sigue modelando nuestra identidad contemporánea. Precisamente, a la exploración de esta vigencia responde el estudio sobre la Odisea y su pervivencia que he llevado a cabo en el marco del proyecto de investigación ANTIMO —«La Antigüedad modernizada: recepción clásica y modernidad en las artes, los espacios y las voces de España e iberoamérica (1850-1939)» (PID2024-156462NB-I00)—, financiado por el MICIU/AEI/FEDER. Dicho proyecto, con sede en la Universidad Carlos III de Madrid y que codirijo con el profesor Jesús Salas, profundiza en el estudio de las reinterpretaciones del pasado y de la mitología grecorromana para tratar de comprender, entre otras cosas, cómo las historias de siempre cambian según quién las mire o quién las cuente.

Más allá de Ulises. Las mujeres de la Odisea
Pero el éxito de la Odisea no se explica solo por la fascinación que ha ejercido su protagonista. El poema concede un lugar esencial a los personajes femeninos que son decisivos en el viaje del héroe y en el desarrollo del relato: Penélope, Circe, Calipso, Nausícaa, Atenea o las sirenas orientan, retienen, protegen, tientan, esperan o ponen a prueba a Ulises. Durante siglos, muchas de ellas quedaron asociadas a estereotipos de enorme fortuna cultural: Penélope como emblema de la fidelidad conyugal; Circe como imagen de la seducción peligrosa; las sirenas como símbolo de una atracción irresistible y mortal. Esas lecturas, repetidas una y otra vez, contribuyeron a convertirlas en figuras reconocibles mucho más allá del poema homérico.
En las últimas décadas, sin embargo, se ha concedido un nuevo protagonismo a estas mujeres mediante reinterpretaciones que desplazan el foco desde Ulises hacia quienes lo rodean. Al mirar el mito con otros ojos, muchas autoras contemporáneas han encontrado en los personajes femeninos de la Odisea una forma de cuestionar los relatos heredados y de imaginar mujeres con voz propia, capaces de contar su historia y no solo de ocupar el lugar que la tradición les había asignado. Así ocurre en Penélope y las doce criadas (2005), de Margaret Atwood, donde el mito se reescribe desde el punto de vista de Penélope y de las siervas ejecutadas al regreso de Ulises; o en Circe o el placer del azul (2009), de Begoña Caamaño, que imagina un vínculo de amistad entre Penélope y su amante Circe.
Desde la Penélope que aguardaba en Ítaca hasta la «Penélope» de Serrat que espera en una estación con sus zapatitos de tacón, la Odisea sigue regresando una y otra vez, transformada por cada época y reconocible en todas ellas.






