En el ámbito del deporte, la salud mental ha comenzado, por fin, a ocupar el lugar que merece, aunque todavía queda un camino importante por recorrer. En los últimos años se ha ido normalizando que deportistas profesionales y de élite hablen abiertamente de las dificultades psicológicas asociadas a la competición de alto nivel. Cada vez son más los atletas que han visibilizado públicamente sus experiencias de ansiedad o estrés, así como el papel clave que ha tenido el acompañamiento profesional en estos procesos.
Dentro del amplio abanico de problemáticas psicológicas que pueden aparecer tanto en el deporte de élite como en el deporte amateur y de base, la ansiedad y el estrés ocupan un lugar central. Ambos fenómenos pueden tener un impacto significativo en la salud y el rendimiento del deportista, estando asociados a un mayor riesgo de lesión, problemas de sueño, apatía, alteraciones del estado de ánimo, conductas alimentarias desadaptativas y descensos en el rendimiento deportivo (Rice et al., 2019).
¿Qué es la ansiedad y cómo se manifiesta en la alta competición?
La ansiedad, como cualquier emoción, es una respuesta psicofisiológica adaptativa que aparece ante situaciones percibidas como exigentes o amenazantes. En el contexto deportivo, y especialmente en la competición, esta respuesta puede activarse cuando el deportista anticipa posibles consecuencias negativas, dudas sobre su rendimiento o miedo al error. Cuando los niveles de ansiedad superan el umbral óptimo, el deportista puede alejarse de su nivel habitual de ejecución, afectándose la autoconfianza, la toma de decisiones y la capacidad para realizar acciones que domina técnicamente (Martens et al., 2020).
Este estado puede manifestarse a través de errores no forzados, decisiones precipitadas, cambios de humor, tendencia al aislamiento e, incluso, una mayor vulnerabilidad a la lesión, tal y como señalan modelos actuales que integran factores psicológicos y fisiológicos en la comprensión del rendimiento deportivo (Ivarsson et al., 2021).
Entre las principales fuentes de ansiedad y estrés en el deporte destacan la necesidad constante de demostrar la valía como deportista, la exposición continuada a contextos altamente evaluativos, la percepción de la competición como un entorno hostil donde el error es castigado, y la construcción de una identidad excesivamente centrada en el rendimiento. A ello se suma, con frecuencia, una autoconfianza frágil, basada exclusivamente en los resultados, y la presencia de autodiálogos internos limitantes antes, durante y después de la competición.

El estrés: entre lo adaptativo y lo perjudicial
El estrés, por sí mismo, no es negativo. De hecho, existe un estrés adaptativo o funcional que permite movilizar recursos físicos y psicológicos ante situaciones exigentes, facilitando la respuesta al desafío competitivo. El problema surge cuando la distancia percibida entre las demandas de la situación y los recursos personales del deportista se amplía, dando lugar a un estrés desadaptativo sostenido en el tiempo (Lazarus & Folkman, 1984; actualizado en Fletcher et al., 2021).
Un ejemplo frecuente se observa cuando los objetivos se centran exclusivamente en el resultado, clasificaciones, marcas o posiciones finales sin atender a metas de proceso o de rendimiento. En estos casos, el estrés aumenta a medida que el deportista percibe que se aleja del objetivo fijado. De ahí la importancia de trabajar metas realistas, flexibles y orientadas a la tarea.
El estrés también juega un papel relevante en los procesos de lesión y recuperación. La presión por cumplir plazos rígidos de reincorporación puede generar frustración, ansiedad y recaídas. En este sentido, la evidencia actual subraya la necesidad de priorizar el cumplimiento de fases funcionales de recuperación por encima de fechas cerradas, integrando el trabajo psicológico en todo el proceso rehabilitador (Ardern et al., 2020).

Recomendaciones para la gestión de la ansiedad y el estrés en competición
No son pocos los deportistas que abandonan la práctica deportiva debido al sufrimiento psicológico, en ocasiones sin comprender qué les ocurre y, en otras, aun siendo conscientes de ello. Por este motivo, resulta fundamental que, a nivel institucional, se reconozca el valor del trabajo psicológico y se integre de manera sistemática la figura del psicólogo del deporte en contextos profesionales y de alto rendimiento. La experiencia deportiva no sustituye al entrenamiento psicológico, del mismo modo que no sustituye a la preparación física.
Desde el punto de vista individual, es clave que los deportistas aprendan a comprender y relacionarse de forma diferente con la ansiedad y el estrés. Las aproximaciones actuales basadas en la aceptación y la flexibilidad psicológica proponen observar pensamientos, emociones y sensaciones corporales sin intentar eliminarlos o controlarlos, reduciendo así la llamada evitación experiencial, que paradójicamente intensifica el malestar (Gardner & Moore, 2019; Röthlin et al., 2020).
Asimismo, resulta fundamental favorecer espacios de desconexión psicológica del deporte, fortaleciendo otras áreas vitales como las relaciones personales, la formación o las aficiones, lo que contribuye a una identidad más amplia y a una mayor estabilidad emocional.
En definitiva, atender a la salud mental en el deporte debe convertirse en una prioridad real. Comprender que la persona y el deportista forman una unidad indivisible permite construir trayectorias deportivas más sostenibles, saludables y duraderas, donde el rendimiento no se logre a costa del bienestar psicológico.





