Hay palabras que entran en la lengua como Pedro por su casa y se quedan allí, sin que los hablantes se pregunten demasiado de dónde han salido.
Aliquindoy (y sus variantes al liquindoi, liquindoi, alikindoy, likindoy, etcétera) es una de ellas. En provincias como Cádiz y Málaga, mucha gente sabe que estar aliquindoy significa estar atento, pendiente o con el ojo avizor.
La palabra suele venir además acompañada de una historia estupenda para una sobremesa: que procede del inglés look and do it, que los marineros británicos daban así instrucciones a los trabajadores del puerto, que alguien lo entendió regular y terminó convirtiéndolo en una expresión andaluza…
La historia es graciosa y lo tiene todo, pero cuanto más se mira con lupa, más se parece a esos muebles baratos que desde lejos dan buena impresión, pero de cerca les bailan las patas.

Una etimología con demasiadas versiones
La primera señal de alarma es que el supuesto original inglés cambia según quién cuente la historia. Unas veces es look and do it; otras, looking and doing; también se han propuesto at looking doing, looking do it, look at do it, have a look on it, looking dock e incluso looking down.
Algunas de estas secuencias son posibles en inglés, aunque no significan lo que se pretende; otras son construcciones que difícilmente pronunciaría un hablante de esa lengua sin encontrarse bajo los efectos de algo más fuerte que el té. Y lo cierto es que, cuando una palabra tiene ocho etimologías inglesas distintas, lo más probable no es que todas sean verdad, sino que ninguna lo sea.
También falla la fonética. Cuesta explicar por qué el inglés look, cuya vocal solemos adaptar con una u, habría producido la secuencia liqui-. Y todavía cuesta más justificar cómo finales tan diversos como do it, doing, dock o down habrían desembocado todos en -doy, por más que se diga eso de que en Andalucía “se comen las palabras”.
No es imposible que los préstamos cambien mucho de aspecto, pero las transformaciones necesitan algún recorrido demostrable. Aquí tenemos el puerto, los ingleses y el relato; lo que falta es precisamente la cadena lingüística que una unas cosas con otras.
Hay, además, un dato revelador: la explicación mediante look and do it no parece documentarse hasta 1970, cuando Juan Cepas la recogió en un artículo sobre el vocabulario malagueño, de modo que la palabra llevaba más de un siglo circulando cuando apareció la historia que supuestamente explicaba su nacimiento.
En efecto, no parece que la expresión naciera del inglés. Más bien da la impresión de que el inglés llegó después para proporcionarle una biografía pintoresca.

Cuando los textos antiguos estropean el cuento
Hasta hace poco, la documentación histórica conocida podía hacer pensar que la expresión había surgido hacia finales del siglo XIX. Pero nuestro rastreo en prensa del XIX permite seguirle la pista desde décadas antes, algo que muy recientemente ha sido también corroborado por el interesante estudio de Antonio Lillo.
En efecto, su primera aparición localizada por el momento es de 1851, en la pieza teatral El tío Carando en las máscaras, donde se emplea la forma ardiquindoi para pedir a alguien que vaya atento y sin hablar con nadie. Después aparecen diquindoi, al diquindoy, ar diquindoy, aliquindoi, aldiquindoy, arriquindoy y, finalmente, las formas más próximas a las actuales.
Este desfile de variantes resulta bastante más elocuente que la anécdota portuaria. Las formas antiguas con d- (diquindoi, al diquindoy) no encajan bien con look, pero sí con el romaní dikhindoj, que significa aproximadamente ‘viendo’ o ‘mirando’ y está formado sobre la misma raíz que encontramos en voces como dicar, diquelar o endiquelar, todas relacionadas con la acción de ver.
Dicho de otro modo, antes de convertirse en aliquindoy, nuestra palabra fue diquindoi. Y esa d inicial, que la etimología inglesa no sabe interpretar, es precisamente una de las mejores pistas para llegar a su origen.
Con el tiempo, la expresión empezó a combinarse con al, probablemente por analogía con construcciones como estar al tanto o estar al quite. De al diquindoy se habría pasado a aldiquindoy y después, mediante distintos ajustes y reinterpretaciones, a aliquindoy y liquindoy.
En este sentido, la palabra no cayó de un barco inglés, sino que fue cambiando poco a poco dentro del español, con esa falta de disciplina ortográfica que caracteriza a las voces transmitidas durante mucho tiempo por vía oral.

La pista gitana
Todo conduce, pues, hacia el caló, el habla tradicional de los gitanos españoles, que ha dejado numerosas palabras en el español coloquial y, de manera especialmente visible, en las hablas andaluzas.
Canguelo, chungo, pirarse, currar, molar o pringar son solo algunos ejemplos de voces que han recorrido caminos semejantes: pasan del romaní al caló, circulan por ambientes populares, flamencos o marginales y terminan instalándose en la conversación cotidiana como si hubieran estado allí toda la vida. Así lo había indicado ya hace años M. Seco, cuya tesis ha apoyado también recientemente Francisco Carriscondo.
En el caso de aliquindoy, la relación con ‘ver’ o ‘mirar’ explica además de forma bastante natural sus significados. De la acción de mirar se pasa fácilmente a la de vigilar; de vigilar, a estar prevenido; y de estar prevenido, a ser listo, perspicaz o difícil de engañar. No hacen falta marineros dando órdenes desde la cubierta. Basta con una evolución semántica bastante corriente.
Esta asociación de la palabra con ambientes gitanos tampoco es una reconstrucción puramente moderna. En un artículo publicado en El Universo en 1909, por ejemplo, los propios hablantes la presentan como una voz relacionada con ese ámbito. Su aparición en textos protagonizados por personajes populares, delincuentes, buscavidas y tipos de habla aflamencada refuerza esta filiación, aunque conviene no confundir el medio literario donde se documenta con el lugar exacto donde nació.
La palabra, además, no fue originalmente exclusiva de Cádiz ni de Málaga.
Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX se encuentra con bastante frecuencia en obras y periódicos de Madrid y de otros lugares de España. Su reducción posterior al ámbito andaluz es otra de esas bromas que gasta la historia de las palabras: a veces una voz nace o circula ampliamente, desaparece de buena parte del territorio y acaba convertida en emblema local.
Listos, ingenuos y ladrones
Uno de los testimonios más curiosos aparece en 1899 en un texto de La Correspondencia de España dedicado a los topistas, es decir, a ladrones que recorrían las casas buscando dónde entrar. Llamaban a las puertas y, si nadie contestaba, comenzaban a trabajar con las palanquetas; si alguien respondía, «se hacen el liquindoi y preguntan por un desconocido».
A primera vista, la escena invita a entender que los ladrones disimulan: ponen cara de no haber roto un plato, preguntan por alguien inventado y se marchan silbando. Sin embargo, el significado de la expresión parece ser algo más preciso: los ladrones, se hacen los inocentes, los cándidos, los que han llamado a la puerta equivocada sin ninguna mala intención. Este uso resulta especialmente interesante porque parece construido por antífrasis, es decir, diciendo lo contrario de lo que en principio expresaba la palabra.
Si aliquindoy aludía a la perspicacia o a la viveza, hacerse el liquindoy podía consistir precisamente en fingir que se carecía de ellas. Algo parecido a cuando llamamos figura a quien acaba de cometer una torpeza considerable. La escena conserva, por tanto, todo su teatro: los ladrones ven venir el peligro y saben salir del paso. Pero la expresión no describe directamente su habilidad para disimular, sino el personaje que interpretan: el de quien no sabe nada, no ha visto nada y solo pasaba por allí buscando a un tal Manolo.

Y entonces aparecen los toros
La palabra encontró también acomodo en el mundo taurino. Ya en el prólogo de una obra de 1893 se emplea aliquindoy con el sentido de ‘conocimiento, astucia o perspicacia’ en materias taurinas.
Años más tarde se dice que el torero con aliquindoy sabe cuándo debe prestar atención a lo que grita el público y cuándo le conviene no hacerle el menor caso.
Aquí se reúnen perfectamente los distintos ingredientes de la palabra: la mirada, la atención, la experiencia y la capacidad para no dejarse engañar. Un torero con aliquindoy no es simplemente alguien que mira al toro. Es alguien que sabe verlo venir.
Eso explica que la voz se moviera con soltura por la literatura taurina y por un habla tan próxima al flamenco, al caló y a las formas populares andaluzas. También ayuda a comprender cómo pudo afianzarse el valor que hoy conocemos mejor: estar atento, preparado para intervenir y, como se dice precisamente en los toros, estar al quite.
La palabra no designaba, por tanto, un extraño hierro para picar reses, como algún contexto aislado podría hacer pensar. Lo que nombraba era algo mucho menos material y bastante más necesario delante de un toro: la pupila, el oficio y la capacidad de anticiparse.

Una palabra que fue cambiando de traje
La historia de aliquindoy es, en definitiva, bastante más rica que la versión de postal portuaria. Todo indica que procede del romaní dikhindoj ‘viendo, mirando’, incorporado al caló y adaptado después de diversas maneras al español. Primero se documenta como llamada de atención: mucho diquindoi, es decir, ‘mucho ojo’. Más tarde aparece en expresiones como estar aliquindoy y desarrolla valores relacionados con la vigilancia, la astucia, el conocimiento o la mirada.
La documentación de la prensa histórica muestra además que fue una palabra viajera. Circuló por Madrid y otros puntos de España, se hizo un hueco en el teatro popular, en el habla aflamencada, en los ambientes taurinos y marginales y, con el tiempo, encontró su refugio más estable en Andalucía, especialmente en Cádiz, Málaga y Gibraltar.
Por el camino llegó incluso a significar cosas opuestas: podía tener aliquindoy quien era listo y perspicaz, pero también podía llamarse liquindoy al ingenuo al que cualquiera engañaba. La palabra servía para avisar, para vigilar, para hablar de los ojos y hasta para referirse a una simple mirada. Era, en resumen, una de esas voces que hacen horas extra y no se dejan encerrar con facilidad en una sola definición.
Y mientras todo eso ocurría, apareció la explicación inglesa. Era demasiado buena para no triunfar: tenía marineros, estibadores, puertos andaluces y una frase deformada con gracejo.
La etimología popular terminó siendo tan famosa que incluso ha influido en la manera de escribir la palabra: hoy pueden encontrarse formas humorísticas como looking doing o liquindoing, como si el inglés imaginario estuviera intentando apoderarse retrospectivamente de ella. En el fondo, eso es también parte de la historia de aliquindoy. Las palabras no solo cambian por cómo las usamos; cambian también por lo que creemos saber acerca de ellas. A veces una explicación falsa, repetida durante años, acaba dejando más huella que la verdadera.
De todos modos, la próxima vez que alguien le asegure que aliquindoy procede de look and do it o cualquier otra construcción inglesa similar, quizá no convenga llevarle la contraria de inmediato. Disfrute de la historia, sonría y no rompa el encanto de esa mágica etimología gaditana. Al fin y al cabo, estar aliquindoy también consiste en saber más de lo que uno deja ver.





