Hay discusiones políticas que, en realidad, empiezan mucho antes de que aparezcan los argumentos. Empiezan en las palabras.
La polémica suscitada en torno a los acontecimientos de Ceuta ofrece un ejemplo especialmente claro. ¿Estamos ante una crisis migratoria o ante una invasión? A primera vista, podría parecer una simple disputa terminológica, casi una cuestión de gustos o de mayor o menor contundencia expresiva. Pero no es así. Desde el punto de vista lingüístico, ambas expresiones construyen realidades muy distintas.
Hablar de crisis migratoria sitúa el foco en una situación excepcional relacionada con movimientos de población. La palabra crisis remite a dificultad, tensión, desbordamiento, e incluso una posible incapacidad para gestionar una situación. Migratoria, por su parte, identifica el fenómeno con el desplazamiento de personas. La expresión puede ser más o menos adecuada según los hechos concretos, pero presenta el acontecimiento fundamentalmente como un problema de gestión, fronteras y movilidad humana.
Hablar de invasión activa un escenario muy diferente, ya que presupone, de algún modo, un territorio amenazado, alguien que entra en él y alguien que debe defenderlo. La palabra pertenece históricamente al ámbito militar, como ya recogía hace siglos el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española (1734), cuando la vinculaba a un acontecimiento con fuerza y violencia para apoderarse de alguna fortaleza o territorio. Su origen arrastra, en este sentido, ideas como enemigo, ataque, ocupación, resistencia o defensa. No es necesario mencionarlas una por una: buena parte de ellas comparecen implícitamente cuando utilizamos el término.
El encuadre de las palabras
Lo interesante de todo este asunto es, así pues, que las palabras no solo se limitan a señalar cosas. También las encuadran. En lingüística y en los estudios del discurso se habla a veces de encuadre para explicar algo bastante sencillo: cada palabra selecciona determinados rasgos de una realidad y deja otros en segundo plano. Si describimos una protesta como manifestación, disturbio, revuelta o rebelión, no estamos diciendo exactamente lo mismo, aunque el acontecimiento del que hablamos pueda ser uno solo. Cada término nos invita a contemplarlo desde una perspectiva distinta, enmarcándolo, en cierto modo, en un conjunto de ideas que son evocadas y transmitidas (cf. Goffman, 1974; Fillmore, 1976 y Lakoff, 2004).
Con crisis migratoria e invasión ocurre algo parecido. La primera expresión nos hace pensar principalmente en un fenómeno social y político que requiere gestión. La segunda nos sitúa ante una escena de confrontación.
Esto no quiere decir que una expresión sea necesariamente neutral y la otra ideológica. En realidad, la neutralidad absoluta es difícil de encontrar en el lenguaje. También crisis interpreta. Calificar algo de crisis supone afirmar que existe una situación anómala, problemática o difícil de controlar. La elección de migratoria, además, coloca en primer plano la condición de quienes se desplazan. Toda denominación selecciona algún aspecto de lo ocurrido. La diferencia está en qué selecciona y, sobre todo, en todo lo que consigue activar indirectamente.

Y llega su presuposición
Aquí aparece otro fenómeno lingüístico interesante en relación con este tema: la presuposición.
Cuando hablamos, muchas veces transmitimos informaciones sin afirmarlas de manera explícita. Si alguien dice que una persona “ha dejado de fumar”, presupone que fumaba antes. Del mismo modo, llamar invasión a un movimiento de personas introduce como marco previo la existencia de un invasor, un territorio invadido y una situación que exige respuesta, en la línea desarrollada por Levinson (1983) o Beaver (2001), entre otros. La palabra no demuestra que ese marco sea adecuado: lo incorpora al discurso como punto de partida. Y eso le proporciona una enorme fuerza argumentativa.
Y, por último, la prosodia semántica
Hay todavía otro mecanismo menos conocido, pero muy útil para comprender estas polémicas. Me refiero a la prosodia semántica, un concepto desarrollado en el ámbito de la lingüística de corpus, especialmente, a partir de Bill Louw (1993) con el que se designa una idea muy sencilla, aunque el término pueda sonar técnico: el uso reiterado de una palabra junto a otras pertenecientes a determinados ámbitos semánticos puede hacer que termine asociándose también a una determinada valoración o atmósfera discursiva.
Como mostraron los primeros estudios sobre prosodia semántica, hay palabras que aparecen de manera recurrente en contextos de valoración positiva o negativa. Esa compañía habitual puede acabar formando parte de las expectativas que genera la palabra cuando la encontramos en nuevos contextos. No porque formen parte estricta de su definición, sino porque forman parte de su historia de uso.
Pensemos en las palabras que suelen rodear el discurso sobre la inmigración: avalancha, oleada, asalto, presión, colapso, invasión. Muchas proceden de dos ámbitos muy significativos. Unas evocan fenómenos naturales incontrolables; otras, conflictos militares. Una avalancha no dialoga ni negocia: cae sobre nosotros. Una oleada llega y nos golpea. Un asalto supone un atacante y una invasión, un enemigo.
Cuando estas palabras se repiten una y otra vez en relación con personas, terminan construyendo una imagen colectiva determinada incluso, aunque quien las emplee, no formule de manera expresa ningún juicio sobre esas personas.
Ahí reside una de las formas más eficaces de apropiación ideológica del lenguaje.
Las ideologías no necesitan crear siempre un vocabulario nuevo. Muchas veces basta con seleccionar ciertas palabras existentes, repetirlas en contextos semejantes y cargarlas progresivamente de un valor político o emocional. Con el tiempo, esas palabras funcionan como auténticas señales de identidad.
Sucede con invasión, pero también con términos como facha, rojo, progre, patriota, etcétera. Dependiendo de quién los utilice y en qué contexto, dejan de ser únicamente unidades del diccionario y empiezan a funcionar como pequeñas banderas lingüísticas. A veces basta con pronunciar una de ellas para que el interlocutor intuya desde qué posición ideológica se está hablando.

La batalla por el nombre de las cosas
En cierto sentido, muchas batallas dialécticas, especialmente en el plano político, son con frecuencia batallas por el nombre de las cosas. Quien consigue imponer su denominación obtiene una ventaja importante: consigue también imponer, al menos parcialmente, el marco desde el que se interpretará el problema. Si todo el mundo acaba hablando de invasión, la discusión posterior comenzará inevitablemente dentro de un escenario de amenaza y defensa. Si todo el mundo habla de crisis migratoria, el debate se organizará más fácilmente alrededor de conceptos como gestión, acogida, fronteras o política migratoria.
La elección léxica no determina automáticamente lo que pensamos. Sería ingenuo creer que una palabra puede controlar por completo nuestra interpretación de la realidad. Pero sí orienta nuestra atención, despierta asociaciones y facilita determinados razonamientos frente a otros.
Por eso quizá deberíamos acostumbrarnos a hacer una pregunta muy sencilla cuando escuchamos palabras especialmente cargadas en el discurso político: ¿por qué esta palabra y no otra?
No se trata de elaborar catálogos de términos permitidos y prohibidos. Tampoco de sospechar de cada palabra que usamos. Se trata de adquirir una conciencia lingüística algo más crítica.
Porque conocer una lengua no consiste solamente en saber qué significan sus palabras. Consiste también en saber qué sugieren, qué historias arrastran, con qué otras palabras suelen aparecer y qué representación del mundo favorecen.
La controversia entre crisis migratoria e invasión que hoy rodea tantas conversaciones resulta interesante desde el punto de vista lingüístico precisamente por eso. No porque pueda resolverse únicamente consultando el diccionario, sino porque muestra de manera extraordinariamente visible algo que hacemos constantemente al hablar: convertir la realidad en discurso.
Y en ese proceso nunca elegimos palabras inocentes. Las palabras nombran el mundo, pero al nombrarlo también nos enseñan desde dónde mirarlo.





