Hay motivos de todo tipo para el desencuentro. El problema aparece cuando ese desacuerdo, alimentado por resentimientos históricos, políticos o culturales, se convierte en criterio para decidir qué parte del pasado merece conservarse y cuál debe desaparecer. Casos como lo que ha ocurrido en Afganistán, Palmira o Siria, destruyendo monumentos y/o esculturas que forma parte de su historia, muestran cómo el rechazo hacia una cultura o una determinada parte de la historia se convirtió en argumento suficiente para destruir testimonios irreemplazables.
Naturalmente, sería absurdo comparar estas acciones con una controversia administrativa sobre un edificio español. Pero los casos extremos sirven para formular una pregunta que también afecta a situaciones mucho más cercanas: ¿quién decide qué parte del pasado merece llegar hasta el futuro?
El refugio que estuvo a punto de desaparecer
Pero los edificios suelen tener una vida mucho más larga que la función para la que fueron concebidos. En Sierra Nevada, a 3.187 metros de altitud, un pequeño refugio permite plantearla. El refugio más alto de la España peninsular. Este refugio de montaña, el refugio Elorrieta, sobrevivió a la Guerra Civil y formó parte del frente establecido en Sierra Nevada hasta marzo de 1937, junto con las cercanas fortificaciones de Posiciones del Veleta y las Trincheras de Loma Púa. Abandonada posteriormente su función inicial, comenzó a ser utilizado por generaciones de montañeros. Sufrió intervenciones, expolios y largos periodos de abandono. Resultó especialmente importante la actuación realizada en los años sesenta por Joaquín Fernández Ruiz, que contribuyó decisivamente a que pudiera llegar hasta nuestros días.
Con el paso del tiempo terminó convertido en una construcción aparentemente arruinada en medio de la alta montaña. Pero seguía ofreciendo refugio. Incluso a aquellos que sufren un concepto naturalista de las cumbres y, por tanto, les molesta cualquier intervención humana. Alineada con esta concepción del espacio natural, la anterior dirección proyectó su derribo para “renaturalizar” la zona, ignorando el valor arquitectónico del edificio. Contaban incluso con el respaldo de la Federación Andaluza de Montaña, que defendía que por encima de la cota de los 2500 metros no debían existir tales instalaciones.
Frente a esta amenaza administrativa y política, comenzó a organizarse una respuesta ciudadana.
En 2011 nació Acción Sierra Nevada y se puso en marcha la campaña Salvemos el Refugio Elorrieta. Siguieron recogidas de firmas, exposiciones, donaciones, trabajos de mantenimiento y movilizaciones. La petición de rehabilitación alcanzó 17.914 firmas verificadas. En septiembre de 2015 unas 400 personas subieron hasta los 3.187 metros y formaron una cadena humana alrededor del refugio. Al año siguiente fueron alrededor de 700. En 2018, otras 200 caminaron desde Granada hasta las oficinas del Parque Nacional para reclamar su conservación. Aquel movimiento consiguió que asociaciones, arquitectos, montañeros, instituciones culturales y ciudadanos comenzaran a mirar de otra manera una construcción que podía parecer simplemente abandonada.
El edificio apenas había cambiado. Lo que estaba cambiando era la sociedad que lo valoraba.

El patrimonio ya no está sólo en las piedras
Esta transformación ayuda a entender uno de los principales cambios experimentados por la teoría del patrimonio durante las últimas décadas. Durante mucho tiempo, la idea de patrimonio estuvo fundamentalmente vinculada a los monumentos excepcionales, su antigüedad, autoría, calidad artística y autenticidad material.
Ese paradigma se ha ampliado considerablemente a través de las sucesivas cartas patrimoniales. El Documento de Nara sobre la Autenticidad, elaborado en 1994 en el marco de UNESCO, ICCROM e ICOMOS, estableció que los valores atribuidos al patrimonio no pueden determinarse mediante criterios únicos e inmutables. Pueden variar entre culturas e incluso dentro de una misma sociedad. Para comprender un bien no basta, además, con observar su forma y sus materiales: también importan su uso, función, tradiciones, localización, espíritu y percepción social. El patrimonio, por tanto, no posee necesariamente un significado único congelado en el momento de su construcción. Puede transformarse y acumular valores nuevos.
La Convención de Faro, aprobada por el Consejo de Europa en 2005, llevó esta idea aún más lejos al definir el patrimonio cultural como aquellos recursos heredados del pasado que las personas identifican como expresión de sus valores, creencias, conocimientos y tradiciones, todos ellos en constante evolución. Faro introduce además un concepto especialmente relevante: la comunidad patrimonial, integrada por quienes reconocen determinados valores en un patrimonio y desean conservarlos y transmitirlos a las generaciones futuras.
Esto no significa que cualquier preferencia ciudadana convierta automáticamente un objeto en patrimonio. Significa algo más complejo: que su valoración ya no puede depender exclusivamente de una decisión institucional. Hay que confrontar valores históricos, arquitectónicos, ambientales, científicos, paisajísticos y sociales. Incluso cuando entran en conflicto. Precisamente la Convención de Faro plantea la necesidad de respetar la diversidad de interpretaciones cuando distintas comunidades atribuyen valores diferentes al mismo patrimonio.
Y en 2024 ICOMOS dio otro paso con su Carta Internacional y Directrices sobre Sitios con Patrimonio Cultural Inmaterial. En ella, patrimonio material e inmaterial aparecen estrechamente relacionados: las prácticas, los conocimientos, las experiencias, los recuerdos y las tradiciones proporcionan significado y contexto a los lugares. Su protección debe incorporar además a las comunidades que mantienen vivos esos valores. Desde esta perspectiva, el patrimonio no es solamente lo que un edificio fue cuando se construyó. También es lo que una sociedad ha hecho de él después.

¿Quién decide qué memoria merece conservarse?
Elorrieta nació ligado a una explotación forestal. Atravesó una guerra. Después se incorporó a la cultura montañera de Sierra Nevada. Durante décadas ha sido y es refugio, referencia en el camino, lugar de encuentro, recuerdo de ascensiones y presencia reconocible dentro del paisaje.
Todas esas historias se superponen.
¿Por qué considerar que únicamente una de ellas determina su valor?
Aquí aparece la pregunta incómoda. Si aceptamos que los valores patrimoniales son plurales, evolucionan y pueden ser construidos también por las comunidades, resulta difícil asumir que una única interpretación pueda decidir por sí sola la desaparición de un bien.
¿Puede una Administración considerar que algo carece de valor cuando especialistas, usuarios y comunidades reconocen precisamente lo contrario? ¿Puede un valor ambiental anular automáticamente uno histórico o arquitectónico? ¿Puede una determinada interpretación política del pasado borrar los valores paisajísticos, culturales o sociales acumulados posteriormente?
Naturalmente, la respuesta tampoco puede consistir en conservarlo todo. Las sociedades seleccionan continuamente lo que consideran digno de transmitir y ningún territorio puede quedar congelado. Precisamente por eso importa tanto cómo hacemos esa selección. Y conviene recordar otra distinción esencial: conservar no significa celebrar. Una arquitectura puede estar vinculada a un régimen político, una guerra, una actividad económica desaparecida o un episodio que hoy juzguemos críticamente. Mantenerla no supone necesariamente legitimar aquello que representa. Puede servir precisamente para estudiarlo, explicarlo, contextualizarlo y cuestionarlo.
Borrar un objeto no borra la historia. A veces sólo elimina una de las posibilidades de comprenderla.
Una sociedad decidió que Elorrieta debía seguir allí
La historia de Elorrieta ha terminado, por ahora, de una forma poco habitual. Cambió la dirección del parque y cambió también la valoración institucional del edificio. En 2025 comenzaron finalmente las obras de rehabilitación y el refugio volvió a quedar protegido y utilizable como vivac. Sería simplista atribuir su conservación a una única causa, o un único proyecto. Influyeron su reconocimiento arquitectónico, los especialistas que estudiaron el inmueble, su catalogación y la decisión -coherente con esa demanda social y de especialistas- de la nueva dirección del Parque Nacional de Sierra Nevada de acometer su rehabilitación.
Pero sería igualmente difícil explicar el resultado sin aquella sociedad civil que se negó durante años a aceptar que Elorrieta fuese simplemente una ruina prescindible. Primero, se reconoció mejor su valor arquitectónico. Después, creció su valoración social. Finalmente, cambió también la institucional. Los mismos muros que podían considerarse un problema terminaron siendo entendidos como patrimonio. Quizá ahí esté la verdadera lección de Elorrieta.
Debemos recordar algo fundamental: ninguna generación debería sentirse propietaria absoluta del pasado hasta el punto de decidir, exclusivamente desde sus propios valores, qué testimonios merecen llegar al futuro, como desgraciadamente tenemos la referencia de la destrucción iconoclasta de tantos monumentos a manos del estado islámico. El patrimonio es complejo precisamente porque sobrevive a quienes lo construyeron. Cambia de significado, acumula recuerdos, atraviesa ideologías y acaba perteneciendo también a quienes nunca estuvieron presentes en su origen.
Antes de decidir que una arquitectura del pasado debe desaparecer quizá deberíamos preguntarnos no sólo quién la construyó, sino también quién la ha vivido, qué significa hoy y qué perderíamos si dejara de existir.






