Hoy en día, existe una disciplina científica, denominada arqueoparasitología, que combina la arqueología y la parasitología para estudiar los restos de parásitos en contextos arqueológicos, analizando para ello huevos, larvas, quistes y otros rastros de parásitos encontrados en restos humanos, animales, sedimentos, coprolitos (heces fosilizadas) y suelos arqueológicos, y utilizando una combinación de herramientas interdisciplinarias como son la microscopía, análisis químico, estudios de ADN antiguo y datación de carbono-14.
Como rama de la ciencia, se comenzó a desarrollar en 1910 con el estudio de Marc A. Ruffer, presidente del Consejo Sanitario, Marítimo y de Cuarentena de Egipto, el cual detectó huevos calcificados de Schistosoma haematobium en los riñones de una antigua momia egipcia. En las décadas siguientes, se vio fortalecida con nuevos estudios; como es el caso del investigador americano Karl J. Reinhard, de la Universidad de Nebraska-Lincoln, en EE. UU., que desarrolló sus trabajos en coprolitos y restos arqueológicos en América del Norte y del Sur, hasta la reciente publicación del grupo ruso de Slepchenko, en el que detectaron helmintos del género Taenia, Trichuris y Dibothriocephalus, este último asociado con el consumo de pescado, en pastores siberianos de la Edad del Hierro. Con esta rama del saber es posible reconstruir aspectos de la salud, la dieta, las condiciones sanitarias y los modos de vida de las poblaciones antiguas, entre ellas la población que habitaba en la antigua Judea en la época del nacimiento de Jesús.

Además de los ya mencionados, en otras regiones como Turquía, se han hallado letrinas y vertederos urbanos con alta carga parasitológica, indicando que estas condiciones eran comunes en centros urbanos de la época. En las termas romanas de Sagalassos (Turquía, s. II–V d.C.), se analizó sedimento de las letrinas, pudiéndose identificar huevos de Ascaris lumbricoides, la conocida como lombriz grande humana, y quistes del protozoo intestinal causante de diarrea más frecuente, Giardia duodenalis. Esto no es más que una muestra de la transmisión fecal-oral de parásitos entre humanos persistente pese a la tecnología sanitaria romana. De forma similar, en la antigua ciudad romana de Sardis (Asia Menor), se recuperaron nuevamente huevos de A. lumbricoides y Trichuris trichiura en sedimentos de drenaje, especies vinculadas a la transmisión por contaminación fecal de alimentos y agua. En conjunto, estos hallazgos en Turquía muestran que las poblaciones romanas de Anatolia soportaban altos niveles de infecciones intestinales a pesar de sus alcantarillas y baños públicos.

Infraestructura urbana y dispersión de parásitos
Las innovaciones sanitarias antiguas no siempre interrumpieron la transmisión parasitaria; varios estudios muestran efectos contrapuestos. En el caso de las redes romanas de saneamiento y pese a alcantarillas y leyes de limpieza urbana, las infecciones por lombrices no disminuyeron y de hecho aumentaron gradualmente en época romana. Los baños públicos frecuentemente contenían agua estancada y materia orgánica, lo que facilitaba la dispersión de huevos de helmintos entre los usuarios.
Otro factor a tener en cuenta fue el uso de heces como fertilizante, y aunque las ordenanzas romanas de retirar excrementos urbanos a veces resultaban paradójicas, los residuos se empleaban como abono sin compostaje adecuado, devolviendo huevos parasitarios a la dieta agrícola. Lo que podría haber fomentado la reinfección de la población a través de los cultivos fertilizados con excrementos humanos. Y el último punto clave: se observó en Mesopotamia (actual Siria/Irak) donde los primitivos sistemas de irrigación crearon nichos para que se propagara la esquistosomiasis. En palabras de los investigadores, estos sistemas de riego “distribuían agua a los cultivos y pudieron desencadenar la enorme carga de esquistosomiasis de los últimos 6.000 años”.

Desde restos óseos hasta las letrinas
En Jerusalén, se identificaron dos quistes calcificados encontrados en la cavidad abdominal de un individuo enterrado en una tumba del período de Herodes (s. I d.C.). Los análisis indicaron que estos quistes probablemente eran hidatídicos, causados por el parásito Echinococcus granulosus. Esta enfermedad, conocida como equinococcosis, se transmite por contacto con animales infectados, especialmente perros, lo que refleja la estrecha relación entre humanos y animales en el entorno agrícola de la región.
En el sitio arqueológico de Qumrán, célebre por los Rollos del Mar Muerto, se analizaron muestras de sedimentos orgánicos que datan del siglo I a.C. al siglo I d.C., por el grupo de Stephanie Harter, encontrándose huevos de varios helmintos intestinales del género Ascaris, Trichuris y Taenia. Estos parásitos, comunes en condiciones de saneamiento deficiente, reflejan las prácticas higiénicas y alimenticias de la comunidad. Es probable que las infecciones provinieran del consumo de alimentos o agua contaminados, así como del consumo de carne de animales parasitados (vaca o cerdo).
Diversos estudios reflejan datos de la presencia de parásitos. Por ejemplo, el grupo de Cahill detectaría en letrinas de Jerusalén, aunque de los siglos VII and VI a.C., que por cada mililitro de residuo orgánico recolectado, en las excavaciones de estos lugares, contenía aproximadamente 11.000 huevos de parásitos intestinales, siendo detectado en un 85 % T. trichiura; responsable de la tricuriosis (enfermedad asociada con dolor abdominal, anemia y desnutrición), mientras que el restante 15 % fueron especies del género Taenia, que están relacionadas con infecciones intestinales por consumo de carne cruda o poco cocinada.

Por otro lado, los habitantes de Qumrán, Beth Shean y Cesarea Marítima seguían estrictas leyes de pureza ritual, como baños frecuentes en mikvaot (baños rituales judíos). Sin embargo, estas prácticas, aunque ritualistas, no necesariamente evitaban la contaminación fecal, lo que facilitaba la propagación de infecciones parasitarias. Los mismos parásitos del estudio anterior aparecieron en este, junto con otras especies como Enterobius vermicularis, la lombriz pequeña humana o gusano de los niños (indicador de infecciones comunes en comunidades densamente pobladas) y Ascaris lumbricoides (asociada a falta de saneamiento ambiental adecuado).
Esta contaminación del entorno se daría por la disposición de las letrinas al aire libre, su cercanía a las áreas de baño y el hecho de que los residuos no tratados probablemente contaminaron fuentes de agua utilizadas para las abluciones rituales. De hecho, también se ha podido constatar la presencia de restos de piojos (Pediculus humanus capitus) en peines, encontrados en excavaciones en el desierto de Judea y Negev, datados entre el siglo I a.C. y el VIII d.C.
Gracias a la arqueoparasitología, hoy podemos descubrir que, en los tiempos del nacimiento de Jesús, pese a los avances de la humanidad, los parásitos no solo dejaron huella en los cuerpos de las personas, sino también en el suelo que pisaron, los alimentos que comieron y las aguas que bebieron. ¿Qué otros secretos de la humanidad se ocultan bajo capas de tierra y siglos de historia?
Referencias
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