Podían traducir las obras completas de Stendhal o movilizar a toda una opinión pública en un modesto vespertino regional; agitaban la vida intelectual de una generación de escritores y artistas desde una editorial o escribían libros, poemarios, ensayos. Sin embargo, sus nombres parecen haberse esfumado de la historia.
Resulta una gran paradoja haber sido una pieza importante en el engranaje cultural de una época, pero que ya nadie te recuerde. Nombres como los de Consuelo Berges y Concha Lagos resonaban en los periódicos de la primera mitad del siglo XX, protagonizaban homenajes en el Ateneo, se relacionaban con la élite cultural del momento —Ortega y Gasset, Federico García Lorca, Concha Espina, Clara Campoamor, María Teresa León, Vicente Aleixandre, José Hierro, entre otros— y habitaban los mismos espacios en los que se fraguaba la identidad de una España que despertaba al mundo.
¿Cómo es posible que dos mujeres que recibieron entre los años 30 y 70 importantísimos halagos a su trabajo, a su figura y a su intelectualismo, en uno y otro lado del charco, hayan acabado convertidas en membrete de una parada de autobús, pero nadie sepa quiénes fueron ni a qué se dedicaron?
Esta es una de las preguntas que más nos desconcierta y nos ocupa a las investigadoras que actualmente tratamos de rescatar la memoria de estas y otras muchas artistas desconocidas, pero fundamentales para explicar el siglo XX en España. Sus textos son cápsulas del tiempo en los que observamos lúcidas reflexiones sobre asuntos que siguen siendo contemporáneos y demuestran la vigencia de sus ideas: reivindicaciones ecologistas que se anticipaban al ya evidente cambio climático, la educación de calidad como base del progreso de un país, la unión de los movimientos feministas para luchar por los derechos de las mujeres, la soledad no deseada, la denuncia del sesgo machista en el campo literario y en las antologías, la valoración de las comunidades afectivas y de la amistad o la reivindicación de la obra propia y la de las compañeras, lejanas a la falacia de la rivalidad entre mujeres.
Para responder a la pregunta, somos muchas las investigadoras que nos hemos propuesto rescatar del olvido a valiosas mujeres de la Edad de Plata (1900-1936) como Consuelo Berges y Concha Lagos —son dos nombres de una larga lista—. Por el camino hemos hallado historias de huidas, de nazis, de exilio y de insilio, de guerra, de censura, de supervivencia, de amistades tejidas formando una red que sostiene, de sociedades secretas, de voces poderosas, de ideas subversivas, de lucha.

Voces recuperadas: escritoras de la Edad de Plata y archivos
Con el fin de sacar a la luz la información sobre la vida y la obra de estas escritoras, las investigadoras hacen una labor que podríamos calificar como “detectivesca”. Lejos de la imagen romántica del investigador que encuentra un manuscrito olvidado por casualidad, el trabajo en los archivos es una labor paciente que implica revisar mucha documentación.
El caso de Consuelo Berges (1899-1988) puede ser ilustrativo de este proceso de búsqueda. El primer paso es la localización de las fuentes. Como desconocemos muchos datos básicos de su vida y de su obra tenemos que ir reconstruyendo los hitos más importantes en documentos como la partida de nacimiento, el expediente académico, las cartas con las corresponsales, documentos administrativos o penales, las dedicatorias de libros de otras autoras y autores a Berges, las hemerotecas —archivos que guardan los periódicos, afortunadamente ya muchos casos digitalizados y más fáciles de consultar—o las investigaciones académicas anteriores en las que se habla de la escritora. Para organizar esta documentación, que a veces puede contener miles de textos, contamos con herramientas informáticas que nos resultan muy útiles. Una vez localizado el material, comienza la consulta directa. La investigadora se debe enfrentar a diversos problemas como la aparición de materiales incompletos, la dificultad de consultar los archivos porque no se conservan en un único lugar, ni el material está catalogado y ordenado, la imposibilidad de examinar un periódico porque el ejemplar no se ha guardado, está defectuoso o se encuentra en otro país y solamente en formato papel, la atribución falsa de una obra a un autor, etcétera.
Siguiendo con el ejemplo de Consuelo Berges, escritora y traductora cántabra vinculada a la Edad de Plata, cuya figura quedó parcialmente eclipsada a pesar de su intensa actividad intelectual y de su relevancia como traductora, la recuperación de su obra ha implicado rastrear artículos dispersos, traducciones y textos publicados en prensa. La historia de Berges, además, está dividida en varias etapas que se desarrollan en Perú, Argentina, Francia y España; sus artículos periodísticos están dispersos y, en algunos casos, perdidos. Se conserva el testimonio directo de su voz en una entrevista que le hizo la historiadora Mary Nash en 1981, así como la publicación de otra conversación con la traductora Esther Benítez en 1986. Gracias a estos documentos, hemos podido reconstruir muchos aspectos de su vida; pero quedan por encontrar —tal vez este material ya no exista— los artículos que escribió en los periódicos con los que colaboró, como ella misma cuenta.
El trabajo realizado con esta autora y con todas las escritoras de la Edad de Plata pretende situarlas en su contexto como mujeres comprometidas, activas en los debates culturales de su tiempo y con una importante proyección internacional. Casos como el de Berges muestran hasta qué punto la historia literaria puede cambiar cuando se amplía la mirada.

Fuente: Fundación Consuelo Berges.
El proceso culmina con la edición y difusión. Recuperar un texto no es suficiente: es necesario hacerlo accesible, incorporarlo al debate crítico y devolverlo a los lectores. Solo así estas escritoras dejan de ser nombres olvidados en un archivo para convertirse en parte viva de nuestra memoria cultural.
En otras ocasiones, tenemos la suerte de que los documentos de nuestras escritoras se encuentran reunidos en organismos públicos, a pesar de que estos ofrezcan —la mayoría de las veces— obstáculos burocráticos. Es el caso de Concha Lagos (1907-2007), cuyo legado se encuentra en la Biblioteca Nacional de España (BNE), en el archivo personal que lleva su nombre. A pesar de que sea un fondo reservado, las investigadoras podemos acceder a él gracias a catálogos elaborados con el detalle de su contenido.
Así, logramos conocer en profundidad a una autora tan prolífica como fue esta cordobesa, autora de más de treinta poemarios, cuatro obras de teatro, dos volúmenes de memorias y decenas de cuentos y de ensayos. Lagos dirigió la revista poética Cuadernos de Ágora (1956-1964) y organizó la tertulia Los viernes de Ágora en Madrid, donde residió desde niña. En 1927 había fundado el Estudio Fotográfico Lagos junto a su marido, motivo por el cual entró en contacto con la principal nómina de intelectuales españoles del momento: Carmen Conde, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Magda Donato… Son numerosas las fotos, cartas y documentos que la autora donó a la BNE en dos ocasiones distintas (1992 y 1997). En 2007, además, la reconocida investigadora Anna Caballé envió los inéditos de sus memorias (recientemente editadas y publicadas), La madeja y Prolongada en el tiempo, completando el archivo.
Los epistolarios que custodia el Archivo Concha Lagos merecen especial atención, dado que son 5 cajas con decenas de diferentes nombres las que componen el grosso de este fondo. Julia Uceda, Pilar Paz Pasamar, Elvira Lacaci, Concha Zardoya, Concha Méndez, Ana María Fagundo, Gerardo Diego, Julia Estevan… y también Consuelo Berges mantuvieron correspondencia con Lagos. Gracias a estas cartas conocemos los entresijos de la publicación Cuadernos de Ágora, así como la parte más personal de las relaciones entre estas intelectuales. Es un poderoso archivo de sororidad literaria, ya que Lagos se esforzó por dar a conocer a muchas de las escritoras con las que se carteaba.

Al igual que en el caso de Consuelo Berges, no todo se agota en este archivo que tan cómodamente nos pone a disposición la BNE, sino que tenemos que rastrear otros fondos dispersos por el mundo para completar estos epistolarios. Es sencillo, en este caso, acceder a las cartas custodiadas y donadas por Concha Lagos, pero ¿cómo conseguimos las escritas por ella? Será una labor verdaderamente complicada dado el inmenso número de remitentes que componen su catálogo, aunque ya hemos tenido la grata sorpresa de encontrar cuatro cartas con Lagos de remitente en la Biblioteca Nacional de Uruguay. Esta se escribió con Clara Silva, escritora uruguaya que viajó a España en dos ocasiones y que intimó con el círculo de Ágora.
Concluimos rescatando unas palabras Lagos que parecen apelarnos: «Hay que vivir el momento presente. […] La única manera de recuperar ese presente, de rescatarlo del ayer, es el recuerdo». Nosotras luchamos hoy para que lo que fueron unos extraordinarios presentes no se queden en el pasado, pues, en definitiva, trabajar en archivos es mucho más que consultar documentos: es reconstruir las historias de estas insignes mujeres, es cuestionar el canon literario heredado y devolver la voz a quienes, como Concha Lagos y Consuelo Berges, nunca debieron perderla.






