Cuando el sol todavía duerme y la montaña permanece en silencio, un corredor se prepara para una prueba de más de 100 kilómetros. Durante las próximas horas, su cuerpo enviará señales constantes de fatiga, dolor y agotamiento. En algún momento aparecerá la pregunta inevitable: ¿por qué continuar? El impulso de detenerse será intenso, pero seguirá avanzando. En ese mismo momento, en otro lugar, una persona entra en un edificio para acudir a una clase de spinning. El gimnasio está en la segunda planta. Mira las escaleras. Son apenas una docena de peldaños. Duda unos segundos y finalmente pulsa el botón del ascensor. Minutos después estará pedaleando durante casi una hora sobre una bicicleta que no se desplaza.
Las dos escenas conviven a diario. Son, en apariencia, contradictorias. Vivimos en una época en la que gran parte de la población apenas alcanza los niveles mínimos de actividad física recomendados por la Organización Mundial de la Salud, y sin embargo millones de personas pagan por entrenar, sudar y someterse voluntariamente a esfuerzos que ya no necesitan para sobrevivir: una prueba ciclista de gran fondo, una competición tipo HYROX o una carrera de obstáculos con barro, sacos y muros cargados al hombro.
¿Cómo puede el cerebro ahorrar energía ante unos pocos escalones y aceptar voluntariamente un esfuerzo que va a consumir cientos o miles de calorías? Entender esta paradoja no es una simple curiosidad evolutiva: también ayuda a explicar por qué a muchas personas les cuesta incorporar la actividad física a su vida diaria mientras otras, en cambio, acaban buscando esfuerzos cada vez más exigentes.
La respuesta tiene raíces mucho más antiguas de lo que solemos imaginar. Para encontrarla, debemos retroceder cientos de miles de años, hasta una época en la que nuestros antepasados no se preguntaban si debían moverse. Simplemente no tenían alternativa. Pero en algún momento de nuestra historia aprendimos a elegir el esfuerzo cuando nadie nos lo exigía.
Cuándo empezamos a pagar por cansarnos
Durante la mayor parte de la historia, la actividad física humana estuvo ligada a una finalidad concreta. Caminábamos para llegar a algún lugar, corríamos para perseguir una presa o escapar de un peligro y transportábamos cargas para movilizar recursos. El movimiento era un medio para conseguir algo más importante. Pero a medida que el mundo se fue mecanizando y el esfuerzo cotidiano fue desapareciendo, ocurrió algo extraordinario: los seres humanos empezaron a moverse cuando ya no tenían que hacerlo. Inventamos el ejercicio.
Ahora bien, la actividad física nunca tuvo como único fin cazar, recolectar, protegerse y reproducirse.
Nuestros antepasados también jugaban, bailaban, competían y se movían por placer, pertenencia o prestigio. Las danzas rituales, los juegos infantiles y las competiciones entre grupos aparecen en numerosas sociedades humanas a lo largo de la historia. Sin embargo, el concepto moderno de ejercicio, entendido como una actividad planificada, estructurada y repetitiva que se realiza deliberadamente para mantener o mejorar la condición física, es una creación relativamente reciente. Por primera vez en nuestra historia, millones de personas empezaron a pagar por hacer algo que durante la mayor parte de la evolución había sido una obligación: gastar energía.
La paradoja se vuelve todavía más reveladora cuando observamos algunas sociedades con prácticas tradicionales de resistencia física. En las montañas del norte de México, los rarámuri, conocidos popularmente como tarahumaras, mantienen una tradición que parece desafiar nuestra intuición sobre los límites humanos. Su carrera ritual, el rarajípari, consiste en impulsar una pequeña pelota de madera con el pie durante largas distancias, que pueden ir de 25 a 150 kilómetros. La prueba puede prolongarse durante horas, en ocasiones entre 3 y 18, según la distancia y el contexto.

Desde una perspectiva puramente energética, recorrer decenas de kilómetros persiguiendo una pelota parece difícil de justificar. Pero esa interpretación olvida algo esencial: el esfuerzo humano nunca ha tenido únicamente una función biológica. Para los rarámuri, el rarajipari no es simplemente actividad física. Es juego, identidad, cooperación y pertenencia al grupo. El esfuerzo adquiere significado, y esa puede ser una de las claves para entender nuestra relación con el movimiento. Nadie corre cien kilómetros porque necesite desplazarse cien kilómetros. Lo hace porque la propia experiencia del esfuerzo puede adquirir un valor psicológico y social.
La cuestión de fondo es otra: ¿cómo llega el agotamiento físico a convertirse en algo que buscamos voluntariamente?
La respuesta, o al menos parte de ella, puede encontrarse en una característica extraordinaria de nuestra especie. No evolucionamos para hacer ejercicio tal y como lo entendemos hoy, pero sí evolucionamos con los mecanismos cerebrales necesarios para elegir hacerlo.
Cuando el esfuerzo empieza a compensar
Durante la mayor parte de la historia humana, el esfuerzo físico estaba conectado con algún beneficio cercano. Caminar durante horas persiguiendo una presa podía traducirse en alimento. Transportar cargas permitía mover recursos útiles para el grupo. Explorar nuevos territorios aumentaba las posibilidades de encontrar agua, refugio o seguridad. Pero el mundo moderno ha debilitado esa conexión para una parte importante de la población.
Hoy podemos pasar gran parte del día sentados y, horas después, pagar por someter al cuerpo a esfuerzos físicos. Corremos sin destino y entrenamos en gimnasios para reproducir, de forma artificial, las demandas físicas que el mundo moderno se ha encargado de eliminar.
Como resume Daniel Lieberman, paleoantropólogo de Harvard, solo hacemos ejercicio por dos motivos: cuando es necesario o cuando resulta recompensante. Y las recompensas, como veremos, pueden ser mucho más subjetivas de lo que parece. Un estudio publicado recientemente en Evolutionary Anthropology por investigadores de la Universidad de Oviedo propone tres mecanismos para explicarlo. Y los tres llevan grabados en nuestra biología mucho más tiempo del que imaginamos.
La primera de esas respuestas tiene que ver con el cuerpo: la compensación homeostática. Nuestro organismo evolucionó en un entorno donde el movimiento era una parte constante de la vida. Caminar, cargar, explorar y perseguir generaban señales físicas y metabólicas que informaban al cerebro sobre el estado del cuerpo. Los avances tecnológicos y sociales han reducido muchas de esas demandas, pero nuestro cuerpo sigue respondiendo a los estímulos que produce el movimiento.

De este modo, el ejercicio puede funcionar como una forma de recuperar voluntariamente aquello que el entorno moderno ha eliminado. En otras palabras, no hacemos ejercicio solo para quemar calorías: también lo hacemos porque el movimiento activa señales fisiológicas que durante miles de años formaron parte de nuestra vida diaria.
Esta primera hipótesis, sin embargo, no explica por sí sola por qué algunas personas llegan a disfrutar de esfuerzos muy exigentes. Aquí entra la segunda respuesta: la recodificación de la recompensa. Nuestro cerebro no interpreta el esfuerzo como un simple coste energético, sino que evalúa constantemente si merece la pena asumirlo. La fatiga, el dolor y la dificultad son señales importantes, pero no determinan por sí solas nuestra conducta. Estudios recientes liderados por el psicólogo social Michael Inzlicht, de la Universidad de Toronto, han mostrado que el esfuerzo es una fuente de significado y valor personal.
Pongamos por caso una persona que se inicia en el mundo de la ultradistancia. Es obvio que experimentará fatiga y que las ganas de detenerse aparecerán con frecuencia. Pero también percibirá progreso, dominio y superación. Esas también son recompensas. No es que el cerebro aprenda a amar el sufrimiento, sino que aprende a asociar el esfuerzo con aquello que considera valioso. Quizá el placer de moverse sin necesidad no sea exclusivamente humano.
En 2014, investigadores de la Universidad de Leiden instalaron una rueda de correr en plena naturaleza, lejos de cualquier laboratorio. Durante tres años registraron más de 12.000 visitas de ratones, ratas, musarañas y ranas que se acercaron a probarla, incluso cuando habían retirado la comida que inicialmente colocaron para atraerlos. Este curioso experimento sugiere que el movimiento, por sí mismo, puede ser gratificante.
El esfuerzo como tarjeta de presentación
La explicación, no obstante, no termina en la relación entre esfuerzo y recompensa individual. Hay una tercera respuesta: a veces el esfuerzo no solo se siente, también se muestra. Es lo que se conoce como señalización costosa. Y tiene sentido: somos una especie profundamente social. Durante nuestra evolución, demostrar determinadas capacidades podía influir en la cooperación, la confianza y la posición dentro del grupo.
La resistencia, la habilidad o la capacidad de superar dificultades transmitían información sobre un individuo. En ese contexto, el esfuerzo físico tiene una ventaja particular: cuesta falsificarlo. Cualquiera puede afirmar que es disciplinado, resistente o comprometido.
Pero completar una prueba de 250 kilómetros por el desierto del Sahara, con temperaturas cercanas a los 50ºC, requiere meses de preparación, sacrificio y tolerancia al malestar. Eso no se puede fingir.
Por eso muchas formas modernas de ejercicio pueden funcionar como señales costosas. Piensa en plataformas como Strava, donde millones de personas registran y comparten sus marcas. No solo están comunicando una actividad realizada: comunican algo sobre quién la realiza. Compromiso. Disciplina. Capacidad de superar obstáculos. El esfuerzo se convierte en un lenguaje. Una forma de decir quién somos.

En última instancia, parte de esta paradoja puede resumirse en dos preguntas que nuestro cerebro lleva haciéndose desde el Paleolítico: ¿merece la pena este esfuerzo? Y si la respuesta es sí, ¿qué obtengo a cambio? Por eso el corredor de ultradistancia y la persona frente al ascensor no son, en realidad, tan distintos como pueden parecer.
En ambos casos, el cerebro valora costes y recompensas, aunque estas no siempre sean evidentes desde fuera. Uno decide que doce escalones no compensan el esfuerzo. El otro, que cien kilómetros sí lo hacen, aunque le cueste entender por qué mientras los corre. La diferencia no está en la biología que heredamos, sino en lo que cada uno ha aprendido a valorar.
El ejercicio no es más que una invención cultural construida sobre mecanismos biológicos muy antiguos. No somos una especie que haya dejado de ahorrar energía. Somos una especie capaz de convertir el esfuerzo en salud, identidad, recompensa o señal social. Quizá por eso, en un mundo diseñado para que apenas tengamos que movernos, algunas personas siguen buscando precisamente lo contrario: una buena razón para cansarse.




