Toda lengua tiene al menos dos elementos: un léxico y una gramática. El léxico contiene las unidades significativas, como las palabras, los prefijos o los sufijos; la gramática permite ordenarlas y establecer entre ellas las conexiones que nos permiten producir y entender los enunciados con que nos comunicamos. Con estos dos ingredientes podemos construir desde el diálogo más simple hasta las mayores joyas literarias. A mediados del siglo XX, Noam Chomsky (1928-) revolucionó el mundo de la lingüística al proponer que los seres humanos nacemos con un mecanismo innato que nos permite adquirir cualquier lengua: la gramática universal.
El interés por comprender los mecanismos que subyacen a la gramática no es solo teórico: tiene también una dimensión empírica y aplicada que orienta buena parte de la investigación lingüística actual. En el área de Lengua Española de la Universidad Carlos III de Madrid, una de las líneas de trabajo fundamentales se centra precisamente en el estudio de la gramática del español y de la variación gramatical, es decir, en cómo los hablantes de distintas variedades, regiones y contextos sociales comparten una misma arquitectura gramatical de fondo al tiempo que muestran diferencias sistemáticas en su manera de aplicarla. Las líneas que siguen son fruto de esa curiosidad: la que lleva a preguntarse qué tiene de universal y qué tiene de particular la gramática que todos llevamos incorporada desde niños.

El capítulo 68 de Rayuela, de Julio Cortázar
Probablemente, quien esté leyendo estas páginas conoce el capítulo 68 de Rayuela, de Julio Cortázar (1914-1984). Si no es así, es muy probable que tenga acceso a Internet, así que le animo a que lo busque y lo lea; es muy breve… ¿Ya lo ha leído? ¿Qué le parece? ¿Lo ha entendido? Seguramente sí, aunque no conozca una buena parte de las palabras que contiene. Puede imaginar la escena, los protagonistas, lo que hacen; sabe que se trata de una escena erótica. Y eso, repito, sin conocer una buena parte de las palabras. ¿En qué lengua está escrito? Cortázar la llamó glíglico. Se trata de una variedad del español inventada por el autor a partir de jitanjáforas; su poder evocador se basa en la sonoridad de las palabras, su musicalidad, su ritmo. Julio Cortázar ha inventado algunas palabras, pero otras están en el diccionario. Su significado en el texto, sin embargo, no tiene nada que ver con la definición que el diccionario da de ellas.
El capítulo comienza así: Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso, y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. ¿Conoce quien nos lee el verbo amalar? ¿Y el sustantivo noema? Pues están en el diccionario de la Real Academia Española: amalar significa ‘echar a perder’ o ‘ponerse enferma/o’. Y noema es el ‘pensamiento como contenido objetivo del pensar, a diferencia del acto intencional o noesis’; el diccionario nos aclara, para nuestra tranquilidad, que es un término que se suele emplear en la fenomenología. Desde luego, no son estos los significados que quienes leen Rayuela atribuyen a estas palabras. No sabemos lo que significan; les atribuimos un significado que no les corresponde pero que nos permite entender lo que estamos leyendo. Lo mismo que hacemos con otras palabras que no aparecen en el diccionario: clémiso, hidromurias, ambonios, sustalos.

Por qué entendemos el glíglico
Hay algo, de lo que tal vez no somos conscientes, que nos guía en ese aparente caos sonoro y nos permite entenderlo. Nuestro cerebro reconoce que amalaba es un verbo, y también que está en pasado, porque termina en -aba. Sabe, además, que es un verbo porque está precedido por los pronombres él, seguramente su sujeto, y le, seguramente su objeto indirecto; y porque va seguido de el noema, un grupo nominal cuyo núcleo es noema, seguramente su objeto directo. Así entendemos que hay un “él” que le estaba haciendo algo en el noema a alguien. Y sabemos que ese alguien es ‘ella’ porque a continuación se nos dice que “a ella se le agolpaba el clémiso”. Y todo eso no solo lo sabe mi cerebro, el de una profesora de Lengua Española de la Universidad Carlos III de Madrid: lo sabe el de cualquier hablante de español, aunque no pueda explicar qué es un verbo ni se acuerde ya de lo que es un sujeto, un objeto directo o un objeto indirecto. También sabe, aunque nunca antes hubiera leído u oído estas palabras, que clémiso, hidromurias, ambonios y sustalos son sustantivos, que todos ellos, salvo el primero, están en plural, y que es muy probable que todos ellos, salvo hidromurias, sean masculinos.
La gramática, el esqueleto del lenguaje
La teoría de Noam Chomsky, una de las figuras señeras de la lingüística del siglo XX y lo que llevamos del XXI (¡ya más de un cuarto!) postula que la gramática, y fundamentalmente la sintaxis, es el componente esencial del lenguaje: su esqueleto. También Chomsky creó una jitanjáfora para mostrar que la estructura gramatical de una oración es independiente de su significado: Colourless green ideas sleep furiously (‘verdes ideas incoloras duermen furiosamente’). Podría ser un verso de un poema, seguramente surrealista. Nos puede resultar absurdo, pero lo entendemos e incluso lo podemos traducir del inglés al español, o a cualquier otra lengua. Porque, una vez que la gramática pone las cosas en su sitio, podemos incluso imaginar un mundo en que las ideas puedan ser verdes y al mismo tiempo incoloras, en que puedan dormir y en que la acción de dormir se pueda llevar a cabo de una manera furiosa.
La teoría de Chomsky sostiene, además, que existe una gramática universal, innata. Es decir, que, cuando nacemos, nuestro cerebro viene equipado con un hardware que nos permite desarrollar la lengua o las lenguas que se hablan en nuestro entorno, y aprender muchas más. Esto explicaría por qué los niños llegan a dominar la compleja sintaxis de su lengua en muy pocos años, aquello que admiraba al caballero portugués de los versos de Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780), que se sorprendía de que todos los niños de Francia supieran hablar francés, cuando “un fidalgo, en Portugal, llega a viejo y lo habla mal”. Y eso a pesar de que lo que nuestros pequeños y nuestras pequeñas oyen en su entorno son muchas veces frases a medio terminar o plagadas de errores gramaticales. Además, si aprendieran solo por imitación, ¿cómo explicamos que digan cosas que seguramente nunca han oído, como que un juguete se les ha “rompido”?

Gramática universal y gramáticas particulares
Según la hipótesis de Chomsky, la gramática universal consta de unas reglas o principios universales, comunes a todas las lenguas, y una serie de posibilidades abiertas, que durante el proceso de adquisición del lenguaje, gracias a la interacción con el entorno, se van fijando en un sentido u otro y dan lugar a las gramáticas de las lenguas particulares. Así, por ejemplo, según un principio universal todas las oraciones de todas las lenguas tienen sujetos. En algunas lenguas, como el español, el sujeto puede ser implícito, de manera que una oración como Vino en tren, donde no hay un sujeto observable, es correcta. Sin embargo, en otras, como el inglés, siempre debe haber un sujeto expreso, por lo que una oración similar debe incluir un pronombre, como en She came by train. La existencia de esa gramática universal permite también explicar por qué cualquier niño o niña puede adquirir cualquier lengua y por qué todos adquieren su lengua materna del mismo modo y siguiendo las mismas fases, con independencia de cuál sea esta.
De esta manera, el cerebro de los hispanohablantes aprende de forma espontánea que los verbos del español presentan diferentes formas, según hagan referencia al presente, al pasado o al futuro, y según su sujeto sea primera, segunda o tercera persona, singular o plural. También aprende que existen los artículos el, la, los, las, y que si algo aparece precedido de un artículo probablemente sea un nombre y que el artículo debe concordar con él en masculino, femenino, singular o plural. Esto y muchas otras cosas más le permiten entender su lengua, incluso cuando en ella aparecen palabras desconocidas.
Experimentos lingüísticos: el glíglico a prueba en otras lenguas
Cortázar inventó palabras o dotó de un significado nuevo a otras, pero no inventó artículos, ni pronombres, ni terminaciones verbales o morfemas de masculino, femenino, singular o plural. Si lo hubiera hecho, no entenderíamos nada de su famoso capítulo 68. Inventó las palabras, el léxico, pero no la gramática. Si en ese capítulo sustituimos los elementos gramaticales del español por los de otra lengua, tendríamos un texto en una variedad de esa otra lengua.
Vamos a hacer un experimento y sustituir en el comienzo del capítulo 68 de Rayuela los elementos gramaticales por los equivalentes del francés, manteniendo la misma raíz para los sustantivos, los adjetivos y los verbos que Cortázar inventó o a los que les inventó un nuevo significado: «Dès qu’il lui amalait le noeme, elle était submergé par le clemise, et ils tombaient dans des hidromures, dans de sauvages ambones et des sustales exaspérants». Seguimos estando ante una escena erótica, esta vez en francés.






