Tradicionalmente, la esquizofrenia se ha considerado un trastorno cerebral caracterizado por alteraciones en los circuitos neuronales implicados en el pensamiento, la emoción y la percepción. Sin embargo, en los últimos tiempos, una parte creciente de la investigación ha empezado a mirar hacia otro órgano que también podría tener mucho que decir: el intestino.
En él habita la microbiota intestinal, un conjunto inmenso de microorganismos —bacterias, virus y hongos— que influye en procesos tan diversos como la digestión, el metabolismo, la inmunidad o la respuesta al estrés. Esta conexión entre intestino y mente no debería sorprendernos del todo: nuestro propio lenguaje ya la intuía. Hablamos de “sentir mariposas en el estómago” cuando nos enamoramos, de “digerir una noticia” difícil o de estar “amargados” ante una decepción. El cuerpo —y en concreto, el sistema digestivo— y las emociones siempre han estado más entrelazados de lo que creíamos. Hoy la ciencia empieza a explicar por qué: el eje microbiota–intestino–cerebro (MIC) es un sistema de comunicación constante en el que lo que ocurre en el intestino puede reflejarse en la mente, y viceversa. En los últimos años, esta conexión se ha convertido en uno de los objetos de estudio más fascinantes de la neurociencia.
La inflamación como pieza clave
Más allá de los síntomas visibles —como las alucinaciones o los delirios—, cada vez hay más evidencia de que la esquizofrenia implica también una inflamación crónica de bajo grado. Esta inflamación puede detectarse mediante análisis de sangre, a través de marcadores como la proteína C-reactiva (CRP), producida por el hígado cuando el sistema inmunitario está activado. En muchas personas con esquizofrenia, los niveles de CRP aparecen elevados. Conviene aclarar, no obstante, que esto no significa que la inflamación cause la esquizofrenia, ni que una CRP alta en una analítica indique riesgo de desarrollarla. La inflamación es un proceso biológico común que puede acompañar a multitud de enfermedades —desde infecciones y trastornos metabólicos hasta problemas cardiovasculares o mentales—. En el caso de la esquizofrenia, su presencia parece ser una pieza más del rompecabezas, no la causa única del trastorno.

Esa inflamación podría contribuir al desarrollo o la persistencia de los síntomas psicóticos, afectar al funcionamiento cognitivo y aumentar el riesgo de enfermedades metabólicas o cardiovasculares, frecuentes en estos pacientes. Se cree que las moléculas inflamatorias, como las citoquinas, pueden alterar la comunicación entre neuronas y el equilibrio de neurotransmisores como la dopamina o el glutamato, además de activar en exceso las células inmunitarias del cerebro, provocando neuroinflamación y estrés oxidativo.
Los tratamientos antipsicóticos, aunque esenciales, no funcionan plenamente en todos los pacientes y no actúan sobre los mecanismos inflamatorios. De hecho, algunos pueden desequilibrar la microbiota intestinal y favorecer efectos secundarios metabólicos como el aumento de peso o la resistencia a la insulina. De ahí la importancia de desarrollar estrategias complementarias capaces de actuar sobre los mecanismos biológicos donde los antipsicóticos no llegan, como la inflamación o la disbiosis intestinal.
Los probióticos entran en escena
Como investigadora de la Universidad Europea de Madrid, el Instituto de Investigación Sanitaria Hospital 12 de Octubre y miembro del Centro de Investigación Biomédica En Red de Salud Mental (CIBERSAM-ISCIII), lideré junto a mi equipo un estudio destinado a evaluar si los probióticos —microorganismos beneficiosos presentes en algunos alimentos y suplementos— podían ayudar a mejorar este desequilibrio biológico. Estos microorganismos ya se han asociado en otros estudios con un mejor funcionamiento intestinal, una menor inflamación y una modulación positiva del sistema inmunitario.
Para ello, nuestro equipo revisó de forma sistemática la literatura científica disponible sobre esquizofrenia y probióticos. Los resultados, publicados en Complementary Therapies in Medicine y en el Journal of Psychiatric Research (ambos en 2025), apuntan en la misma dirección: los probióticos pueden reducir la inflamación y mejorar algunos síntomas clínicos del trastorno.
Los ensayos analizados mostraron que, tras entre 12 y 14 semanas de suplementación, los pacientes que tomaron probióticos presentaban niveles más bajos de proteína C-reactiva (CRP) en comparación con los que recibieron placebo. Aunque la reducción media —unos 0,46 mg/L— pueda parecer modesta, representa un descenso significativo en procesos de inflamación leve, como los que se observan en la esquizofrenia.

Pero lo más interesante llega con el análisis publicado en el Journal of Psychiatric Research (2025), donde el mismo equipo de investigación evaluó los efectos clínicos del uso de probióticos en la esquizofrenia. Se observó una reducción significativa en la puntuación total de la escala PANSS, una herramienta que mide la gravedad de los síntomas psicóticos. En otras palabras, los pacientes que tomaron probióticos mostraron una mejoría global moderada en su estado clínico. Estos cambios, aunque todavía modestos, resultan especialmente relevantes porque se dan en los aspectos del trastorno que suelen responder peor al tratamiento farmacológico tradicional.
Ambos trabajos se basan en el metaanálisis, una síntesis rigurosa de todos los estudios clínicos disponibles sobre un mismo tema. En lugar de basarse en un único experimento, este tipo de análisis combina los datos de diferentes investigaciones para ofrecer una visión global y más sólida de la evidencia científica. En este caso, los resultados refuerzan la idea de que modular la microbiota intestinal podría tener efectos beneficiosos tanto en la salud física como mental de las personas con esquizofrenia.
Un equilibrio que empieza en el intestino
Te preguntarás cuál es el mecanismo por el que algo que ocurre en el intestino repercute en la mente. En respuesta a esta duda tan razonable, sabemos que los probióticos parecen actuar sobre varios frentes. Por un lado, refuerzan la barrera intestinal, evitando que moléculas proinflamatorias pasen al torrente sanguíneo. Por otro, producen ácidos grasos de cadena corta, como el butirato, que tienen propiedades antiinflamatorias y ayudan a regular la actividad del sistema inmunitario. Además, al favorecer el equilibrio de la microbiota intestinal, se reduce la producción de citoquinas inflamatorias como la interleucina-6 (IL-6), una de las principales responsables del aumento de la proteína C reactiva (PCR). El resultado es un entorno biológico más estable, con menor inflamación sistémica y, potencialmente, con un efecto beneficioso sobre el cerebro. No debemos entender el uso de probióticos con un objetivo curativo, sino como un apoyo complementario que podría mejorar el efecto de los tratamientos actuales y reducir algunos de sus efectos secundarios metabólicos.

Una intervención segura y bien tolerada
Otro aspecto relevante es que los probióticos demostraron ser seguros y bien tolerados. Ningún ensayo reportó efectos adversos, y los pacientes pudieron tomarlos junto con su medicación habitual sin problemas. Este perfil de seguridad, unido a su bajo coste y facilidad de administración, convierte a los probióticos en una herramienta atractiva para seguir investigando.
Además, dado que algunos antipsicóticos alteran la microbiota intestinal y favorecen el aumento de peso, los probióticos podrían ayudar a compensar esos efectos, contribuyendo a un metabolismo más equilibrado y a una mejor adherencia al tratamiento.
Ciencia con cautela
Pese a lo esperanzador de estos hallazgos, insistimos en la prudencia. Las investigaciones aún son limitadas, las muestras pequeñas y las cepas utilizadas muy diversas. En algunos ensayos, los probióticos se combinaron con algunos micronutrientes como la vitamina D3 o el selenio, lo que hace difícil saber cuánto del beneficio se debe a los microorganismos y cuánto a esos suplementos.
Aun así, los resultados abren una vía nueva y prometedora: la de entender la esquizofrenia como un trastorno no solo del cerebro, sino de todo el cuerpo, donde el sistema inmunitario, el metabolismo y la microbiota desempeñan un papel clave.
El futuro del eje microbiota–intestino–cerebro
El interés por el eje MIC está transformando nuestra forma de pensar la salud mental. En los próximos años, se espera que surjan más estudios que evalúen el uso de probióticos específicos, dietas personalizadas o incluso trasplantes de microbiota como posibles terapias complementarias en psiquiatría.
Mientras tanto, los hallazgos publicados por nuestro equipo invitan a mirar la esquizofrenia desde una perspectiva más amplia, integrando mente, cuerpo y microbiota. En un trastorno donde las opciones terapéuticas llevan décadas estancadas, cualquier avance que ayude a comprender mejor su complejidad —y a mejorar la calidad de vida de quienes la padecen— merece atención.

Referencias
- Romero-Ferreiro, V., Garcia-Fernandez, L., Ferreiro, C. R., De la Fuente, M., Diaz-del Cerro, E., Scala, M., … & Rodriguez-Jimenez, R. (2025). Impact of probiotic treatment on clinical symptom reduction in schizophrenia: A systematic review and meta-analysis. Journal of Psychiatric Research. doi: 10.1016/j.jpsychires.2025.01.050
- Romero-Ferreiro, V., García-Fernández, L., Biscaia, J. M., Romero, C., González-Soltero, R., De la Fuente, M., … & Rodriguez-Jimenez, R. (2025). Effect of probiotics on C-reactive protein levels in schizophrenia: Evidence from a systematic review and meta-analysis. Complementary therapies in medicine, 89. doi: 10.1016/j.ctim.2025.103126





