Durante millones de años, el frío extremo y el aislamiento geográfico han actuado como una muralla invisible alrededor de la Antártida. Esa combinación ha mantenido sus ecosistemas marinos relativamente a salvo de la llegada de especies foráneas y de muchos de los patógenos que sí circulan con normalidad en otros océanos del planeta. Pero esa muralla, que ha protegido durante tanto tiempo a uno de los ecosistemas más singulares de la Tierra, empieza a mostrar grietas. El aumento del tráfico marítimo, las campañas científicas, el turismo y el calentamiento acelerado de la península Antártica están reduciendo, poco a poco, esa barrera natural.
En este escenario, un equipo internacional liderado por el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC) ha llevado a cabo una investigación que pone cifras a algo que hasta ahora era, en gran medida, invisible: la diversidad real de parásitos que habita en las redes tróficas marinas antárticas. El trabajo, publicado en la revista Environmental DNA, no solo amplía de forma notable el catálogo de microorganismos presentes en estas aguas, sino que también identifica, por primera vez, posibles relaciones concretas entre esos parásitos y las especies que les sirven de hospedador.
Un ecosistema que empieza a perder sus defensas naturales
La Antártida ha funcionado tradicionalmente como una especie de laboratorio aislado. Sus aguas gélidas, su lejanía de otras masas continentales y la ausencia de conexiones directas con otros océanos han limitado durante milenios la entrada de organismos ajenos a su ecosistema. Esa barrera biogeográfica es una de las razones por las que la fauna marina antártica presenta niveles tan altos de endemismo y por las que muchos de sus organismos han evolucionado sin necesidad de desarrollar defensas frente a patógenos comunes en otras latitudes.
El problema es que esa protección natural depende de condiciones —frío extremo, aislamiento, ausencia de tráfico— que están cambiando con rapidez. Cada barco que cruza el paso de Drake, cada campaña científica y cada expedición turística incrementan, aunque sea ligeramente, la probabilidad de que lleguen organismos que antes no tenían forma de establecerse allí. Y el calentamiento de la región hace el resto: templa unas aguas que hasta ahora actuaban como filtro y facilita que especies que antes no podían sobrevivir en el continente blanco encuentren condiciones cada vez más habitables. Los investigadores insisten en que estos procesos no solo pueden facilitar la llegada de nuevos organismos, sino también la de los parásitos que los acompañan.

Lo que reveló el estómago de dos peces antárticos
Para averiguar qué tipo de parásitos circulan ya por estas redes tróficas, el equipo no analizó el agua ni el sedimento marino, sino algo mucho más directo: el contenido estomacal de dos especies de peces antárticos con una dieta muy amplia, capaces de alimentarse tanto de organismos que viven en el fondo marino como de otros que se desplazan por la columna de agua. Esa dieta variada convierte a estos peces, en la práctica, en auténticos muestreadores naturales del ecosistema: lo que hay en su estómago refleja no solo su propia exposición a parásitos, sino también la de todo lo que han comido.
El análisis del material genético contenido en esos estómagos permitió identificar 242 señales moleculares distintas de parásitos, muchas de ellas pertenecientes a grupos con amplia distribución geográfica y con capacidad reconocida para causar enfermedades en peces, moluscos o crustáceos de relevancia ecológica y comercial en otras partes del mundo. Entre los géneros detectados aparecen Bonamia, Minchinia, Haplosporidium, Hematodinium, Gadixcellia o Ichthyophonus, nombres que hasta ahora apenas figuraban en los catálogos de biodiversidad parasitaria antártica, sobre todo en lo que respecta a los protistas y otros eucariotas microscópicos, un grupo que había recibido muy poca atención científica en estas aguas.
Elisabet Alacid, investigadora del CEAB-CSIC que ha liderado el trabajo, resume así lo que más ha llamado la atención del equipo: la señal molecular de estos parásitos asociados a moluscos y crustáceos apareció de forma elevada y recurrente en muchos de los peces capturados a distintas profundidades y en ambas especies analizadas, lo que indica que estos organismos están plenamente integrados en la red trófica del ecosistema marino antártico.
Parásitos que no viajan solos: el mapa oculto de sus hospedadores
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio no tiene que ver solo con qué parásitos hay, sino con dónde aparecen y junto a qué otros organismos. Los resultados muestran que estos microorganismos no se distribuyen al azar dentro de la red trófica: muchos de ellos aparecen asociados de forma consistente a presas concretas dentro de la dieta de los peces analizados.
Esto ha sido posible gracias a una particularidad muy útil del contenido estomacal: contiene, al mismo tiempo, ADN del parásito y ADN de las presas que el pez ha ingerido. Cruzando la abundancia de cada parásito con la de sus posibles hospedadores —principalmente moluscos y crustáceos presentes en la dieta— el equipo ha podido proponer asociaciones concretas entre parásitos y hospedadores que hasta ahora no habían sido descritas en la Antártida. Es, en cierto modo, como reconstruir un mapa de relaciones que llevaba mucho tiempo escondido a plena vista, oculto entre los restos digeridos de miles de comidas.
Los investigadores son cautos a la hora de interpretar estos datos: detectar el ADN de un microorganismo no implica necesariamente que esté causando una enfermedad en ese momento, aunque sí apunta a riesgos potenciales que conviene vigilar. Lo que sí subrayan con claridad es que este trabajo amplía de manera significativa el conocimiento sobre una biodiversidad que, hasta ahora, permanecía prácticamente invisible para la ciencia.

El ADN ambiental, un detective para biodiversidad invisible
Nada de esto habría sido posible sin el uso de técnicas de metabarcoding de ADN, una herramienta que permite identificar cientos de organismos distintos a partir de los restos microscópicos de material genético presentes en una sola muestra. A diferencia de los métodos tradicionales de identificación —que dependen de observar organismos a simple vista o al microscopio, uno a uno—, el metabarcoding puede detectar la presencia de especies extremadamente pequeñas, difíciles de observar o directamente invisibles a ojo humano, simplemente leyendo los fragmentos de ADN que han dejado a su paso.
Aplicado al contenido estomacal de los peces, este enfoque ha permitido a los investigadores obtener una imagen mucho más completa de la biodiversidad marina antártica de la que ofrecían los muestreos convencionales. Y no se trata solo de un ejercicio de catalogación: los propios autores destacan que este tipo de análisis establece una línea de base que resultará clave para poder identificar, en el futuro, cualquier cambio provocado por el cambio global o por la llegada de nuevas especies al continente. Sin un punto de partida bien documentado, resulta mucho más difícil saber si lo que se observa después es una novedad real o si, simplemente, nunca se había mirado con el detalle suficiente.
Un ecosistema en transformación que exige vigilancia
La Antártida sigue siendo uno de los territorios más remotos e inaccesibles del planeta, pero eso no la hace inmune a los efectos del cambio global. El aumento de las actividades humanas y el calentamiento de la región están erosionando, de forma gradual pero constante, las barreras naturales que durante milenios mantuvieron su fauna relativamente protegida de patógenos externos.
Frente a este panorama, los autores del estudio insisten en la importancia de contar con herramientas capaces de detectar estos cambios de forma temprana, antes de que puedan tener consecuencias reales sobre la vida marina del continente. El metabarcoding aplicado al contenido estomacal de especies clave, como el que se ha utilizado en este trabajo, ofrece precisamente eso: una forma relativamente accesible y no invasiva de vigilar de cerca una biodiversidad que, hasta hace muy poco, permanecía completamente fuera del radar científico.
Lo que este estudio deja claro es que la Antártida, pese a su aislamiento, no es un compartimento estanco. Sus redes tróficas ya albergan una diversidad parasitaria mucho mayor de la que se sospechaba, y entender cómo se mueve esa diversidad —quién la porta, a quién afecta y cómo podría cambiar en las próximas décadas— se ha convertido en una pieza más, y no menor, del rompecabezas necesario para proteger uno de los últimos grandes ecosistemas vírgenes del planeta.

Este trabajo fue financiado parcialmente por la Unión Europea, en el marco de las Horizon Europe Marie Skłodowska-Curie Actions, mediante el acuerdo de subvención n.º 101110770, concedido a E.A.
La Dirección Nacional del Antártico y el Instituto Antártico Argentino proporcionaron apoyo logístico y financiero para la recogida y el procesamiento de las muestras.
M.B.R. recibió financiación de la Deutsche Forschungsgemeinschaft (DFG) en el marco del programa prioritario SPP 1158 “Antarctic Research with comparative investigations in Arctic ice areas”, mediante las ayudas HA 7627/3-1 y LE 2323/11-1.
C.H. recibió apoyo del grupo de investigación Helmholtz Young Investigator Group “ARJEL – Arctic Jellies”, a través del proyecto VH-NG-1400, financiado por la Helmholtz Society y el Alfred Wegener Institute Helmholtz Centre for Polar and Marine Research.
Artículo elaborado a partir de una nota de prensa del CEAB-CSIC sobre el siguiente estudio publicado en Environmental DNA:
Ruiz, M. B., Zarcero, J., Fusaro, B., Moreira, E., Novillo, M., Havermans, C., & Alacid, E. (2026). Metabarcoding of broad-diet nototheniid fish stomachs reveals newly detected Antarctic parasite signals and potential host associations. Environmental DNA, 8, e70338. https://doi.org/10.1002/edn3.70338




