En una sociedad donde la identidad también se consume, la diversidad, el reconocimiento y la pertenencia corren el riesgo de convertirse en estrategias de mercado. Esta sociedad que todo lo exhibe usa a cada uno de los individuos que la conforman como nichos de mercado. Les hace creer que son comprendidos, entendidos y respetados; sin embargo, lo único que busca es su fidelización.
Así es como llegaron a los escaparates y a las pasarelas modelos con cuerpos referidos como «no normativos», pese a ser los más extendidos; o las banderas arcoíris LGTBIQ+ a decorar todo tipo de establecimientos, así como los carteles de pet friendly en centros comerciales, hoteles y restaurantes. Y todo con el único objetivo de satisfacer al cliente: una sociedad a la medida de cada uno de los sujetos que la componen.
Mientras todo esto sucedía, de una manera un tanto naíf, nos íbamos sintiendo parte de una maquinaria que nos reconocía, que nos daba voz y que nos mostraba. No se trataba de la globalización social reclamada por algunos; era algo mucho más desafiante: la sociedad de la apertura global. Todo tenía su lugar, su espacio, y parecía admitirse con rotundidad. Sin embargo, y al mismo tiempo, todo se convertía en etiqueta bajo una hipérbole individualista, aunque no a ojos de todos.
Y así, poco a poco, se iban desarticulando nuestras ganas de luchar, porque aquello que creíamos necesario ya «lo habíamos conseguido»: estábamos ahí, nos habían reconocido. ¿Pero quién lo había hecho? ¿La propia sociedad? ¿El Estado? ¿El mercado? ¿Mi grupo de iguales…? Ni siquiera nos parábamos a valorarlo.
Caminábamos erguidos, empoderados, creyéndonos diferentes, cuasi únicos: era nuestro momento. Sin embargo, abandonados a nuestra suerte —como toda relación que acabó muriendo porque no se la regó—, nos enfrentamos, a veces con perplejidad, a ver cómo lo construido se destruye con una enorme facilidad, como si en vez de cimientos hubiéramos convivido con un mero decorado. Desorientados e incluso abatidos en un contexto distópico, y aún sin acometer la mirada hacia el otro, comenzamos a cuestionarnos: ¿qué ha cambiado?, ¿qué está pasando?, ¿por qué ahora se nos pone en entredicho?
La respuesta a estas preguntas es sencilla y dolorosa: fuimos constituidos como producto, cosificados y utilizados por el mercado para seguir aumentando su techo de negocio. Fuimos, vulgarmente, utilizados.

En realidad, nada es nuevo ni extraordinario; de hecho, se venía anticipando por aquellos que se dedican al noble oficio de reflexionar desde las ciencias sociales y las humanidades. Sin embargo, estábamos más ocupados en proyectar lo mejor de nosotros que en proteger nuestros intereses.
El Ozempic vuelve a mostrarnos el verdadero referente de belleza aspiracional: la delgadez extrema. De hecho, nunca se fue; quedó escondido bajo la mirada de lo políticamente incorrecto, de la misma manera que el fascismo. No importan las consecuencias ni existe una proyección a largo plazo: solo importa el hoy y el ahora.
El Ozempic es sinónimo de inmediatez, control, proyecto aspiracional y empoderamiento; en realidad, comparte los mismos valores del mercado. Al igual que el fascismo, el populismo y la posverdad encuentran en las redes sociales su espacio de amplificación, el fármaco encuentra en el reel un aliado para convencer al usuario de que está ante el nuevo maná, muy asociado con las nuevas corrientes de espiritualidad emergentes (también presentes en las plataformas digitales).
Una especie de mantra que se repite hasta la saciedad: “cree en el Ozempic, funciona y te posiciona”. Sin duda alguna, un mensaje imbatible, sencillo, simple e inspirador en un momento en el que la distopía nos asedia y el vacío nos atrapa.

Necesitamos creer en algo y no va a ser en las instituciones democráticas consolidadas, ya que una horda de “visionarios” —emulando a los charlatanes vendedores de elixires de mediados del siglo XIX que recorrían Estados Unidos montados en sus carromatos— se esmera en demostrar que lo que tenemos no sirve y que los demás son nuestros enemigos. Para los otros, aquellos que nos quitan lo que supuestamente nos pertenece porque alguien dijo que era así, la construcción del enemigo es adaptativa y se transforma: va desde la gordura hasta el extranjero, pasando por el homosexual o el transexual; y ni qué decir de las mujeres, demasiado liberadas a la vista de algunos.
Una sociedad enfrentada a lo comunitario, que ha priorizado el hiperindividualismo frente a lo colectivo, que regala sus datos ante la “gratuidad” del modelo y que prefiere que le guíen a pensar porque lo importante es ser feliz.
El futuro no importa; eso nos han hecho creer. Hay que vivir acumulando experiencias del hoy y del ahora. Y mientras estas ideas buscan acomodo en nuestras cabezas, la antipolítica se impone usando el sistema para desmontarlo, defenestrando las conquistas y los consensos sociales.
Menos mal que tenemos el Ozempic para demostrarnos que no existen batallas ganadas. Aunque aún estamos a tiempo de cambiarlo.





