En los últimos años, la ciencia ha empezado a responder a esta pregunta utilizando la tecnología de seguimiento de la mirada, conocida como eye tracking. Gracias a dispositivos capaces de registrar con precisión dónde miran las personas y durante cuánto tiempo, los investigadores/as pueden observar cómo el cerebro procesa la información paso a paso.
Cuando el alumnado resuelve operaciones matemáticas presentadas en una pantalla, sus ojos dejan un rastro de movimientos que permite comprender cómo distribuyen su atención, qué partes de la operación les resultan más complejas y cuánto esfuerzo mental requiere cada cálculo. En otras palabras, la mirada se convierte en una ventana al pensamiento.
Seguir la mirada para entender el pensamiento
El eye tracking o seguimiento ocular es una tecnología que registra los movimientos oculares mediante sensores colocados bajo la pantalla del ordenador. Estos sensores detectan con gran precisión dónde se fija la mirada del estudiante, cuántas veces vuelve a un mismo elemento y cuánto tiempo permanece observándolo.
Los movimientos oculares se organizan principalmente en dos tipos:
- Fijaciones, cuando la mirada se detiene brevemente en un punto concreto.
- Sacadas, pequeños saltos oculares que trasladan la mirada de un elemento a otro.
En investigación cognitiva existe una idea clave conocida como hipótesis ojo-mente: aquello que miramos suele coincidir con aquello que estamos procesando mentalmente. Por eso, analizar la mirada permite inferir cómo funciona el pensamiento durante tareas como leer, tomar decisiones o resolver problemas matemáticos.
Esta tecnología se ha utilizado durante años en campos como la psicología, la lectura o incluso el marketing. Sin embargo, en las últimas décadas ha despertado un creciente interés en el estudio del aprendizaje y, especialmente, en la investigación sobre cómo los niños comprenden y resuelven las matemáticas.

Qué miran los niños y niñas cuando hacen cálculos
Para estudiar estos procesos, un estudio publicado en Scientific Reports analizó cómo estudiantes de Educación Primaria resolvían operaciones matemáticas mientras su mirada era registrada.
En el experimento, los participantes observaban operaciones aritméticas —sumas, restas, multiplicaciones o divisiones— presentadas en la pantalla de un ordenador. Mientras intentaban resolverlas mentalmente, el sistema registraba en tiempo real sus movimientos oculares.
Los resultados mostraron algo muy revelador: no todos los elementos de una operación reciben la misma atención visual.
Cuando los niños miran una operación matemática, suelen concentrar la mayor parte de su mirada en los números implicados en el cálculo, especialmente en el primer número que aparece. Después prestan atención al segundo número, al operador y, finalmente, al espacio donde deben indicar la respuesta.
Este patrón sugiere que el cerebro prioriza la información numérica clave antes de ejecutar el cálculo, distribuyendo la atención de forma estratégica.

Más fijaciones oculares, más esfuerzo mental
Uno de los indicadores más importantes en los estudios de eye tracking es el número de fijaciones oculares.
Cuando una persona realiza muchas fijaciones sobre un estímulo, lo más probable es que está dedicando más recursos cognitivos a procesarlo. En cambio, cuando la tarea resulta sencilla o el estudiante tiene mayor experiencia, el número de fijaciones suele disminuir.
En un estudio publicado en la European Journal of Science and Mathematics Education se ha observado una relación interesante: los estudiantes que resuelven mejor las operaciones más complejas tienden a realizar menos fijaciones visuales sobre los números de la operación.
Esto indica que los alumnos con mayor dominio matemático de las operaciones más complejas procesan la información de forma más eficiente, necesitando menos esfuerzo visual para comprender la operación. Es como si su cerebro pudiera identificar rápidamente la información relevante y avanzar con mayor fluidez hacia la solución.

Matemáticas, cerebro y educación
Los estudios de seguimiento ocular forman parte de un campo de investigación emergente conocido como cognición matemática, que analiza cómo el cerebro procesa los números y las operaciones.
Durante mucho tiempo se pensó que aprender matemáticas dependía principalmente de la práctica, la memorización o la capacidad individual. Sin embargo, las investigaciones actuales muestran que el aprendizaje matemático implica una compleja interacción entre procesos cognitivos como la atención, la memoria y el razonamiento, así como factores externos como la metodología de enseñanza, tal y como se indica en un estudio publicado en Frontiers in Psychology.
Tecnologías como el seguimiento ocular permiten observar estos procesos cognitivos con un nivel de detalle único. Gracias a ellas, es posible identificar qué partes de una operación generan mayor carga cognitiva o qué estrategias utilizan los estudiantes para resolver los cálculos.
Esto abre nuevas posibilidades para mejorar la enseñanza de las matemáticas. Si comprendemos mejor cómo procesa el cerebro cuando resuelve un problema, será posible diseñar métodos educativos más eficaces y adaptados a su funcionamiento real.

Una ventana al pensamiento matemático
Aunque todavía quedan muchas preguntas abiertas, el seguimiento de la mirada se está consolidando como una herramienta muy prometedora para comprender cómo aprendemos matemáticas.
Cada movimiento de los ojos refleja una decisión cognitiva: qué información es relevante, qué elemento genera duda o qué paso del cálculo requiere más atención.
Estudiar la mirada permite ir más allá del resultado final y explorar los procesos mentales que intervienen en el aprendizaje matemático. Esto es esencial ya que investigaciones como la publicada en Psychological reports resaltan la importancia de identificar e intervenir en los factores que influyen en el rendimiento matemático mediante la enseñanza y desde edades tempranas.
Quizá en el futuro estas investigaciones ayuden a detectar antes las dificultades en matemáticas, a diseñar estrategias de enseñanza más eficaces y, en definitiva, a comprender mejor cómo aprende el cerebro.
Porque, a veces, para entender cómo pensamos, basta con observar hacia dónde miramos.





