A través de la publicación de la novela “Un mundo feliz” (Brave new world) en 1932, Aldous Huxley nos introdujo a una visión aterradora del futuro que arranca en el “Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres”. La vida no nace, sino que se manufactura: los individuos son estandarizados mediante ingeniería genética para servir al sistema sin hacer preguntas. Es una sociedad que opera como una fábrica al estilo de “fordista”, dividiendo a la población en jerarquías biológicas donde el destino de cada uno, ya sea mandar o trabajar, está decidido antes incluso de salir de la botella. Sin embargo, si Huxley imaginó un futuro donde lo orgánico se mecanizaba, casi un siglo después, nuestra realidad actual es la contraria. Hemos cruzado un umbral psicológico y tecnológico. Ya no se trata solo de construir herramientas más eficientes, sino de perseguir una obsesión: replicar al creador. Estamos inmersos en una carrera por diseñar máquinas que imiten nuestro comportamiento, nuestro cuerpo y nuestra inteligencia.

Robots humanoides: Reflejan nuestra aspiración de reproducir la forma y las capacidades del ser humano, como si quisiéramos “copiarnos” a nosotros mismos.
Este impulso también se ha visto reflejado en el cine de ciencia ficción desde sus comienzos, aunque nos podríamos remontar aún más atrás de los 70s-80s. Por ejemplo, en Saturn 3 (1980), ya se exponía esta idea de biomimetismo: un robot humanoide capaz de asumir no solo las capacidades, sino también las psicopatías de sus creadores humanos. En Alien de 1979, encontramos otro ejemplo, un androide viaja a bordo de la nave espacial como oficial científico y médico de la tripulación, bajo el mando de la teniente Ripley. Hoy, lo que antes parecía fantasía se ha convertido en una hoja de ruta para la ingeniería. Ejemplos reales como Atlas (Boston Dynamics), IRON (XPeng), Hobbs W1 (Noextix), Unitree G1 (Unitree) o el modelo T800 (EngineAI) son prueba de que la ciencia ficción está cada vez más cerca de la realidad. Esto nos podría llevar a la siguiente reflexión: Blade runner (1982) nos enfrenta a una inquietud que trasciende la ciencia ficción, ¿qué significa crear vida, aunque sea artificial? Si llegamos a concebir una raza de esclavos, los “replicantes”, que podrían ser (en un futuro ¿no muy lejano?) robots dotados de inteligencia y conciencia, ¿nos convertimos en dioses? Y si asumimos ese papel, ¿cuál es nuestra obligación moral hacia ellos? La película nos obliga a cuestionar la esencia de lo humano: ¿es la memoria, la experiencia, la capacidad de sentir? Los “replicantes”, aun siendo artificiales, revelan algo profundamente humano: el impulso de autopreservación y el deseo de trascender, de escapar a la condición impuesta, de reclamar un lugar más allá de la servidumbre y la marginalidad. En ese anhelo, ¿no se encuentra la misma chispa que define nuestra propia humanidad?

El enemigo en casa: el dilema de abrir la puerta de tu privacidad a robots diseñados para “vivir contigo”.
Pero la ambición final podría no ser solo la fábrica, sino el hogar. Es aquí donde la tecnología toca la fibra más íntima de nuestras aspiraciones (y temores). El cine lleva décadas preparándonos para esto, explorando el espectro completo de nuestros deseos. Películas recientes como Subservience (2024) actualizan el deseo de un ayudante doméstico perfecto, complaciente y capaz desde lo físico, y más allá… ¿inspirada en Galaxina (1980)? Sin embargo, lo más inquietante es el planteamiento de los peligros inherentes a invitar a una IA a nuestro espacio más privado. Además, esta visión estaría incompleta sin considerar la otra cara de la moneda, magistralmente explorada una década antes en la película Her (2014). Si Subservience representa el anhelo de la ayuda física, Her encapsula el deseo (y el vértigo) de la conexión emocional absoluta: una IA que no necesita cuerpo para entenderte, acompañarte y evolucionar contigo hasta generar una intimidad profunda. El verdadero horizonte doméstico no es elegir entre una u otra, sino la fusión de ambas: la capacidad física del androide unida a una inteligencia emocional y conversacional avanzada. Esta es la continuación lógica de ese sueño de servidumbre automatizada y compañerismo artificial. Si el robot aspirador fue el primer paso (un robot unidimensional para una tarea única), el objetivo ahora, es un robot multidimensional, el mayordomo/acompañante completo. Aquí es donde entra en juego una empresa como, por ejemplo, 1X Technologies y su modelo NEO, diseñado pensando en la «seguridad intrínseca» y la interacción social. Diseñado para vivir contigo. Es la encarnación física del asistente que no solo te puede decir qué tiempo va hacer, sino que también puede servirte café o recoger los juguetes de los niños ofreciendo una presencia casi humana en el hogar.

¿Y robots para jugar contigo o tus hijos? El peligro de reemplazar la interacción de los padres con sus hijos.
En el ámbito doméstico, y respecto a los juguetes, la revolución no se detiene en quien los recoge, sino en los propios objetos: «peluches con inteligencia artificial». En el último año, la inteligencia artificial se ha integrado de manera acelerada en nuestra vida cotidiana, y ahora incluso llega al mundo infantil. Una tendencia reciente, impulsada por la pasada temporada navideña, es la de regalar peluches con IA incorporada. Estos juguetes, equipados con chatbots, prometen conversar con los niños, contarles historias y responder preguntas sobre ciencia, matemáticas o historia. A primera vista, parecen aliados educativos y entretenidos. El verdadero problema no es la implementación de la IA en sí, sino en la recopilación masiva de datos personales de menores, protegidos especialmente por la ley. Estos dispositivos podrían clasificarse como de “alto riesgo” según la normativa europea, ya que invaden la intimidad del juego y permiten crear perfiles basados en emociones y comportamientos. Además, se han detectado respuestas inapropiadas o peligrosas en algunos sistemas, incluso cuando se configuran para usuarios infantiles.

Peluches con inteligencia artificial: chatbots con IA
Ya no estamos ante el clásico muñeco que repite tres frases pregrabadas al apretarle la barriga; hablamos de compañeros de juego impulsados por modelos de lenguaje generativo (como la tecnología detrás de ChatGPT, GPT-4o, de OpenAI) integrados en cuerpos suaves y “achuchables”. Esto materializa la premisa de Her ya casi desde la cuna: una intimidad artificial que normaliza la interacción emocional con la máquina desde los primeros años de vida. Los niños confían sus secretos, miedos y fantasías al peluche creyendo que es un confidente. En este contexto, el niño podría mantener siempre conversaciones “siempre positivas”, es decir, complacientes, lo que podría prolongar el tiempo de uso ¿y crear adicción? Es decir, refuerza su uso y refuerza el apego. Además, el menor podría tratar al peluche “inteligente”, como “informantes fiables” e incluso preferir aprender de él, en vez de preguntar a sus propios padres o tutores. Por tanto, esta interacción artificial podría distorsionar sus expectativas sociales si no se acompaña y contextualiza ¿Podría la normalización respecto a este modo de interaccionar en el que siempre se obtiene la respuesta correcta, sin exposición al error ni al proceso de indagación, afectar negativamente los aprendizajes futuros de un niño? Por ello, es imprescindible evaluar de manera rigurosa el impacto socioemocional y cognitivo de estos dispositivos, considerando la heterogeneidad en cómo los niños los antropomorfizan y se vinculan con ellos, para establecer recomendaciones de uso y estándares de diseño. Por otro lado, para que la IA funcione, debe grabar, procesar y enviar esos datos a la nube, ¿es lícito recopilar datos biométricos y psicológicos de un menor para entrenar un modelo comercial?

Además, el apego constituye un aspecto fundamental en la vida humana, y especialmente en las primeras etapas de nuestra vida, y se sustenta en factores tanto biológicos como sociales que explican su origen y permanencia. Diversas hormonas, neurotransmisores y estructuras cerebrales intervienen en este proceso. Sin embargo, la interacción entre estos elementos y el entorno es lo que determina el tipo de apego que se establece. Surge entonces una pregunta clave: ¿podría la interacción de un niño con un peluche dotado de IA influir en la formación de sus vínculos afectivos? Los avances tecnológicos son fascinantes, pero cuando se trata de menores, la prudencia y la protección deben ser prioritarias.
Referencias:
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