En 1497, el humanista siciliano Lucio Marineo Sículo publicó en Burgos De Hispaniae laudibus. A primera vista, parece un elogio erudito de España. Pero si se lee con atención, el libro hace algo más ambicioso: no solo describe un territorio, sino que propone una manera de imaginarlo como unidad histórica y moral.
Ese gesto resulta especialmente interesante porque llega en un momento decisivo. Acababan de culminar la conquista de Granada y la expulsión de los judíos, y la monarquía de los Reyes Católicos necesitaba relatos capaces de presentar la diversidad peninsular como una historia coherente. Marineo contribuyó a esa operación uniendo geografía, memoria clásica, genealogía bíblica e ideal político. Su obra ayuda a entender cómo se construyen los grandes relatos nacionales: no solo con hechos, sino también con selecciones, silencios y formas de contar.
Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿quién aparece en ese relato fundacional, y quién desaparece?
Porque si algo enseña la lectura crítica de los textos fundacionales es que la identidad nacional se construye mediante exclusiones que son decisiones políticas, retóricas, ideológicas.
Leer a Marineo con esa conciencia deja varias lecciones claras:
- La nación se fabrica narrativamente: primero se decide quién es ejemplar, quién merece ser recordado; después se construye un relato brillante para justificarlo.
- Las omisiones pesan tanto como los elogios: judíos, musulmanes, conversos, mujeres, clases populares, disidentes… cuando aparecen, es como enemigos, excepciones o anomalías. El patrón es claro: España se construye como cristiana, masculina, nobiliaria y ortodoxa.
- La censura no es solo inquisitorial: es fundacional: entre la edición de 1497 y la de 1530, Marineo reescribe su obra bajo presión. Biografías desaparecen. Elogios se atenúan. Menciones incómodas se borran.
De Hispaniae laudibus, obra articulada en siete libros, desarrolla un ambicioso programa historiográfico y encomiástico cuya amplitud excede con mucho el marco de un simple elogio territorial. El presente trabajo, aunque tiene en cuenta la estructura completa de la obra, el análisis directo y sostenido realizado hasta el momento alcanza de forma exhaustiva hasta el libro IV, de modo que las referencias al resto del texto deben entenderse, por ahora, como aproximaciones provisionales pendientes de revisión completa.

Por qué Marineo Sículo: centralidad problemática y dualidades
Al abordar la figura de Lucio Marineo Sículo (1444-1533), es fundamental recordar que hablamos de alguien a quien ni la universidad española ni los manuales de historia han situado en primera línea de la tradición humanista peninsular. La fortuna de Marineo no es la de un Nebrija ni la de un Pulgar: su nombre suele aparecer como acompañante, a veces como nota a pie o referencia lateral.
Sin embargo, tras un estudio detallado de su obra, la figura de Marineo resulta ineludible si lo que nos interesa son las tensiones entre cultura, poder y transmisión de la memoria histórica en su paso a la Modernidad. Bajo la apariencia de rigor monumental y neutralidad laudatoria, el texto despliega una doble mirada constante:
- Por un lado, la erudita, que responde a los presupuestos formales y las expectativas del humanismo europeo.
- Por otro, la mirada política, que lleva a seleccionar, adaptar, omitir o remodelar episodios y elogios según las exigencias, intereses o incluso censuras del poder.
Esa doble mirada no es solo estilística: es el reflejo de un conflicto real entre libertad intelectual y compromiso funcional con la legitimación monárquica. Y ese conflicto produce omisiones sistemáticas.
Una tierra excepcional
El punto de partida de Marineo es la naturaleza. El Libro I de De Hispaniae laudibus presenta a España como una tierra privilegiada por su clima, su fertilidad y la abundancia de sus recursos. El autor reúne testimonios de Plinio, Estrabón, Apiano o Diodoro para hablar de metales, bosques, ganados, peces, frutos y vinos, y al mismo tiempo insiste en que él mismo ha recorrido el territorio y ha contrastado lo leído con la experiencia directa.
Esto no es un detalle menor. En el humanismo del Renacimiento, combinar la autoridad de los clásicos con la observación personal era una forma de legitimidad intelectual. Marineo quiere mostrarse como heredero de la Antigüedad, pero también como alguien capaz de mirar la España de su tiempo con ojos propios.
La imagen resultante es la de una España casi ideal. Es una tierra rica en plata, oro, hierro y cobre; fértil en cereales, vinos y frutos; poblada de ciudades memorables y favorecida por un clima templado. Esa acumulación de excelencias sirve para afirmar que España merece un lugar eminente en el mundo y que su grandeza política futura se apoya en una superioridad natural previa.

Los nombres también cuentan historia
Una de las estrategias más interesantes de Marineo consiste en explicar España a través de sus nombres. Hispania, Hiberia, Hesperia y Celtiberia no aparecen como una simple curiosidad erudita. Cada uno de esos nombres conecta la península con tradiciones clásicas, con mitos de origen y con autoridades prestigiosas.
Nombrar es, en este contexto, insertar un territorio en una genealogía cultural. Cuando Marineo recurre a Hércules, al río Íbero o a la tradición grecolatina, está presentando a España como una realidad digna de entrar en la gran historia del Mediterráneo antiguo.
Esa operación tiene además una dimensión política. En una península formada por reinos, fueros, lenguas y memorias distintas, ofrecer una serie de nombres prestigiosos para el conjunto ayuda a construir una idea unitaria de España.
Del mapa a la comunidad
Los Libros II y III desarrollan esa misma lógica a otra escala. Una vez establecido que España es una tierra excepcional, Marineo pasa a ordenar sus provincias, regiones, ciudades y pueblos. La Bética, la Lusitania, Galicia, la Tarraconense o la Cartaginense aparecen descritas mediante una mezcla de topografía, historia, etimología y memoria urbana.
Aquí se ve con claridad que De Hispaniae laudibus no es solo una geografía. Marineo enumera lugares, corrige nombres, discute identificaciones y enlaza cada espacio con una tradición antigua. El resultado es una cartografía cultural que transforma la diversidad peninsular en parte de una misma historia.
Eso explica que el libro dedique tanta atención a ciudades como León, Burgos, Compostela, Valencia o Sagunto, o a lugares vinculados a episodios célebres como Numancia. Cada ciudad refuerza la idea de que España es una comunidad llena de memoria, dignidad y ejemplos ilustres.
Además, Marineo no solo elogia la tierra, sino también a sus habitantes. En el Libro III subraya el valor militar de los españoles, su prudencia, su urbanidad y hasta la excelencia de su lengua. La geografía física se convierte así en geografía moral.

Un pasado heroico para una monarquía nueva
El siguiente paso es decisivo. Si los tres primeros libros organizan la grandeza natural y territorial de España, el Libro IV da al conjunto un origen remoto y prestigioso. Allí aparecen los primeros pobladores, los reyes antiguos y las genealogías que conectan la historia peninsular con el relato bíblico y con la tradición heroica.
Marineo recurre a figuras como Tubal, Gerión o Hércules para situar a España dentro de la historia universal. Vincular la península con los descendientes de Noé o con los héroes clásicos significaba otorgarle antigüedad, continuidad y nobleza : era una herramienta intelectual para construir legitimidad histórica.
En este punto se entiende mejor la función política del libro. La monarquía de Fernando e Isabel necesitaba presentarse no solo como un poder eficaz, sino como la culminación de una trayectoria larga y providencial. Las genealogías, las listas de reyes y la recuperación del pasado godo ayudaban a enlazar la España contemporánea con una cadena de legitimidad que venía de muy atrás.
Marineo contribuye así a convertir el presente de los Reyes Católicos en un desenlace natural. La unidad no aparece como una novedad improvisada, sino como el resultado lógico de una historia antigua, casi destinada desde el origen.

Lo que el relato deja fuera
Precisamente por su eficacia, la obra de Marineo invita hoy a una lectura crítica. En este caso, la España que emerge en De Hispaniae laudibus es sobre todo cristiana, clásica, nobiliaria y masculina.
Eso no significa que Marineo invente por sí solo la exclusión, pero sí participa en una cultura política que selecciona qué memorias merecen centralidad. La pluralidad religiosa de la península, el peso de las minorías judías y musulmanas, la experiencia de los grupos subalternos o el papel de muchas mujeres apenas ocupan un lugar protagonista en ese gran relato. El foco se concentra en reyes, ciudades ilustres, autores antiguos, héroes y linajes prestigiosos.
Leer hoy a Marineo obliga, por tanto, a hacer dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, reconocer la importancia de su obra como pieza clave del humanismo hispánico y como laboratorio de una temprana idea de España. Por otro, observar sus silencios y sus límites, porque también ellos forman parte de la historia de cómo se construyen las identidades colectivas.
De Laudibus (1497) a Memorabilibus (1530): la censura inquisitorial como borrado sistemático
La edición de 1530, impresa en Alcalá, constituye una reescritura ampliada de la obra, con modificaciones de estructura y numerosos añadidos. Pero fue sometida a censura inquisitorial activa:
- Borraron biografías y referencias a figuras vivas o sospechosas de erasmismo.
- Fueron reescritos elogios y suprimidas menciones a instituciones como la Universidad de Alcalá, vinculada entonces a redes de reforma religiosa.
- Se atenúan matices y se insertan «fe de erratas ideológicas» para adecuar el texto a la nueva ortodoxia.
Pero hay algo más profundo: la autocensura preventiva. Marineo, al reescribir en 1530, ya sabe que está bajo vigilancia. Ya sabe que ciertos temas, ciertas figuras, ciertas instituciones, no pueden mencionarse sin riesgo. Así que los borra antes de que la Inquisición se los pida.
Por qué sigue siendo actual
La pregunta que plantea Marineo no pertenece solo al siglo XV. Sigue siendo actual porque todos los países se cuentan a sí mismos mediante historias compartidas. Y esas historias nunca son neutrales del todo: eligen orígenes, héroes, valores y paisajes que sirven para dar coherencia a comunidades complejas.
En ese sentido, De Hispaniae laudibus es un caso especialmente útil para entender cómo funciona un relato nacional en proceso de formación. Primero se exalta la tierra. Después se ordenan sus regiones y ciudades. Más tarde se enlaza ese espacio con héroes, genealogías y reyes. Finalmente, el presente político aparece como culminación de una trayectoria antigua.
Marineo no inventó España por sí solo. Pero sí ayudó a fijar una manera muy poderosa de pensarla: como un territorio excepcional por naturaleza, prestigioso por su pasado y legitimado por una continuidad histórica que conducía hasta los Reyes Católicos. Entender ese mecanismo no solo ilumina el Renacimiento hispánico. También ayuda a leer con más atención cualquier discurso que presente una identidad colectiva como si fuese natural, evidente y eterna.






