En su día, el Aral fue el cuarto lago más grande del mundo. Comenzó a desaparecer en la década de 1960, cuando los ríos que lo alimentaban se desviaron para regar grandes extensiones de algodón en Asia Central, y hoy es un desierto salino de miles de kilómetros cuadrados, con graves consecuencias sociales y ecológicas. Lo que añade la nueva investigación a esta historia ya conocida es una dimensión apenas tenida en cuenta hasta ahora: el papel del lecho seco del lago en el ciclo global del carbono.
Un equipo internacional liderado por investigadores del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC) ha reconstruido más de cincuenta años de historia climática del Aral combinando análisis de sedimentos, mediciones de emisiones de CO₂, imágenes satelitales y fotogrametría con drones. El resultado es la evaluación más exhaustiva hasta la fecha sobre lo que ocurre cuando un gran cuerpo de agua se seca: cuánto carbono ha liberado ya, cuánto queda todavía enterrado y qué pasaría si, en lugar de dejarlo escapar, se decidiera protegerlo. La respuesta abre una vía inesperada: la de los mercados de carbono, capaces de convertir la restauración de un mar en una inversión con retorno climático y económico medible.
Un almacén de carbono que se convirtió en una fuga
Los lagos y mares interiores no son solo paisaje: durante siglos acumulan en sus sedimentos materia orgánica procedente de plantas y algas, atrapando en el fondo carbono que en su día formó parte de la atmósfera. Mientras permanecen cubiertos de agua, ese carbono queda a salvo, sellado y fuera de circulación. El problema aparece cuando el agua se retira. Los sedimentos quedan expuestos al aire, la materia orgánica se descompone y ese carbono, acumulado durante generaciones, vuelve a liberarse en forma de dióxido de carbono.
Es exactamente lo que ha ocurrido en el Aral desde que empezó a retroceder. Según los cálculos del equipo, los sedimentos que han quedado al descubierto han emitido ya 748 megatoneladas de CO₂ desde 1960, una cifra que sitúa a este lago desecado entre las fuentes de emisiones más relevantes —y menos conocidas— de Asia Central. Rafael Marcé, investigador del CEAB-CSIC y autor principal del trabajo, resume el hallazgo con una imagen que ha calado entre sus colegas: bajo el Aral hay un auténtico tesoro oculto de carbono, y mientras los sedimentos sigan expuestos, ese tesoro continuará escapándose a la atmósfera.
Lo interesante —y lo que convierte este estudio en algo más que un diagnóstico— es que ese proceso todavía es reversible. Buena parte del carbono acumulado durante décadas sigue enterrado bajo el antiguo fondo marino, esperando, en cierto modo, una segunda oportunidad.

Las 605 megatoneladas que todavía se pueden salvar
El equipo estima que el lecho del Aral retiene aún 605 megatoneladas de CO₂ que no se han liberado. Es una cantidad difícil de imaginar: equivale a casi tres años de todas las emisiones de gases de efecto invernadero generadas por la actividad humana en España. Si los sedimentos siguen expuestos al aire, ese carbono seguirá escapando poco a poco, como ha venido ocurriendo desde los años sesenta. Pero si se logra devolver una lámina de agua a una parte sustancial del lecho seco, ese proceso podría detenerse casi por completo.
Núria Catalán, coautora del estudio e investigadora también en el CEAB-CSIC, insiste en que la desecación de un lago no es solo un problema hidrológico, ecológico o social: también altera el ciclo del carbono de maneras que, hasta ahora, apenas se habían incorporado a la contabilidad climática. Y ese es, precisamente, el vacío que este trabajo trata de llenar: poner cifras a un fenómeno que llevaba más de medio siglo produciéndose sin que nadie lo estuviera midiendo con esta precisión.
Cuando restaurar un ecosistema también es un negocio climático
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es que no se queda en el diagnóstico ecológico, sino que traduce ese carbono protegido a un lenguaje que resulta muy familiar para la financiación climática internacional: el de los mercados de carbono. Tomando como referencia los precios que alcanzaron en 2024 los proyectos de uso del suelo y silvicultura en los mercados voluntarios de carbono, los autores calculan que evitar la liberación de esas 605 megatoneladas de CO₂ podría generar entre 3.600 y 18.000 millones de dólares en créditos comercializables.
La cifra no es un simple ejercicio contable: apunta a una idea de fondo que los propios investigadores subrayan. La restauración de grandes ecosistemas degradados suele discutirse casi exclusivamente en términos de coste, como una inversión ambiental costosa y sin retorno económico claro. Este trabajo sugiere que, además de su valor ecológico y social, la protección del carbono enterrado en los sedimentos posee un valor climático que puede integrarse en mecanismos de financiación ya existentes. Es, en palabras del propio equipo, una manera de plantear la reinundación del Aral en un lenguaje que resulta familiar para quienes gestionan fondos climáticos y mercados de carbono, y de abrir así una conversación nueva sobre cómo podría pagarse esa restauración.

El plan para devolver el agua al Aral
Ninguna de estas cifras tiene sentido sin abordar la pregunta más difícil: ¿de dónde saldría el agua necesaria para reinundar, aunque sea parcialmente, el lecho del lago? El estudio se apoya en investigaciones previas realizadas por científicos de Asia Central para identificar medidas concretas que podrían aumentar el caudal que llega al Aral, entre ellas mejorar la eficiencia del riego agrícola —hoy responsable de buena parte de la pérdida de agua en la cuenca—, optimizar las infraestructuras de transporte hídrico y avanzar hacia una gestión más coordinada entre los países que comparten los ríos de la región.
Combinando estos escenarios, los investigadores calculan que una inversión aproximada de 9.700 millones de dólares en mejoras de gestión del agua podría bastar para recuperar en torno al 50% de la superficie que tenía el lago en 1960. Esa recuperación parcial generaría, según sus estimaciones, unas 323 megatoneladas equivalentes de CO₂ en créditos de carbono comercializables, una cifra que por sí sola podría cubrir una parte relevante del coste de la propia restauración.
Nada de esto minimiza la magnitud del reto. Los propios autores reconocen que devolver el agua al Aral sigue siendo un desafío técnico, social y político de enorme envergadura, que exige cooperación entre varios países y decisiones que van mucho más allá de la ciencia. Pero sostienen que la financiación climática podría actuar como catalizador si se combina con una mejor gestión hídrica, cooperación internacional y objetivos claros de restauración ecológica y social.
Un aviso para otros lagos del planeta
El Aral es un caso extremo, pero está lejos de ser único. El estudio señala otras masas de agua continentales que atraviesan procesos de desecación con implicaciones similares para el ciclo del carbono: el Gran Lago Salado, en Estados Unidos; el mar de Salton, en California; el lago Urmía, en Irán; el lago Chad, en el centro de África; y el mar Caspio, para el que distintas proyecciones anticipan una desecación sustancial en las próximas décadas.
En todos estos casos se repite el mismo patrón de fondo: sedimentos que durante siglos actuaron como sumideros de carbono y que, al quedar expuestos, se convierten en fuentes de emisiones que rara vez aparecen en los inventarios climáticos oficiales. El trabajo sobre el Aral ofrece, en ese sentido, algo más que un diagnóstico local: propone una metodología y un marco conceptual que podrían aplicarse a cualquiera de estos ecosistemas para entender cuánto carbono está en juego y qué margen queda todavía para protegerlo.

Una investigación de campo, no solo de despacho
Los datos que sustentan estas conclusiones no proceden únicamente de modelos o de imágenes de satélite. Buena parte de ellos se recogieron durante una expedición científica al mar de Aral realizada en 2022, en la que el equipo combinó análisis de sedimentos con mediciones directas de flujos de CO₂ sobre el terreno, además de técnicas de teledetección que incluyeron datos satelitales sobre biomasa vegetal y vuelos con drones para fotografiar y reconstruir el paisaje. Esa combinación de métodos —trabajo de campo, química de sedimentos y observación remota— es lo que ha permitido reconstruir con tanto detalle más de cinco décadas de transformación del lago, y lo que convierte a este trabajo en la evaluación más completa realizada hasta ahora sobre un sistema acuático desecado.
El resultado final es una historia que empieza como un relato de pérdida —el de uno de los mayores desastres ambientales del planeta— y termina apuntando a algo parecido a una segunda oportunidad. El mar de Aral seguirá siendo, durante mucho tiempo, un símbolo de lo que ocurre cuando se altera de forma drástica el curso de los ríos. Pero, gracias a este estudio, también empieza a ser algo más: un recordatorio de que incluso en los ecosistemas más dañados puede quedar un margen de acción, y de que ese margen, en este caso, tiene un precio que empieza a poder calcularse.
El estudio fue realizado por un equipo internacional y multidisciplinar liderado por investigadores del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC), con contribuciones de las siguientes instituciones: el Instituto Catalán de Investigación del Agua (ICRA), la Universidad Federal de Siberia (Rusia), la Universidad de Málaga, la ONG Aral Tenizi (Kazajistán), la Universidad Claude Bernard Lyon 1 (Francia), la Universidad de Barcelona, la Universidad Autónoma de Barcelona, Geociencias Barcelona (GEO3BCN-CSIC), el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (IMEDEA, UIB-CSIC) y el Instituto Leibniz de Ecología de Aguas Dulces y Pesca Continental (Alemania).
Artículo elaborado a partir de una nota de prensa del CEAB-CSIC sobre el siguiente estudio publicado en Science:
Marcé, R., Diaz-de-Quijano, D., Rodríguez-Gómez, S., Moreno-Ostos, E., Mukthar, M., Wissel, B., Quiñones-Rivera, Z., Olid, C., Giralt, S., Casas-Ruiz, J.P., Kirillin, G., Mercado-Bettín, D., Rodellas, V., Ibáñez-Insa, J., & Catalán, N. (2026). Drying of the Aral Sea reshapes the anthropogenic carbon inventory of Central Asia. Science. DOI: 10.1126/science.aeb2344




