Cada mes, millones de mujeres en todo el mundo enfrentan el mismo ritual: el dolor menstrual. Algunas lo viven como una molestia pasajera, otras como una auténtica pesadilla que interrumpe sus estudios, su trabajo o su vida social. Lo sorprendente es que, a pesar de su frecuencia, el dolor sigue siendo un tema que se sufre soledad. Además, podríamos llegar a plantearnos si puede ser que las mujeres normalicen el sufrimiento y los hombres (que han formado la sociedad y la cultura) hayan tenido un papel protagonista (voluntaria o involuntariamente) en su invisibilización?
Un equipo de la Universidad de León ha analizado por qué el dolor menstrual —la llamada dismenorrea primaria— continúa siendo invisible. El estudio, una revisión sistemática de 12 investigaciones cualitativas realizadas en distintos países, profundiza en las experiencias, creencias y comportamientos de las mujeres ante este problema. Y los hallazgos son tan contundentes como inquietantes: la mayoría considera el dolor como algo “normal”, inevitable, y por tanto, sin solución médica posible.
Un dolor que se asume como parte de ser mujer
La dismenorrea primaria es un tipo de dolor que aparece durante la menstruación sin que exista una enfermedad diagnosticada que lo explique. Su prevalencia es altísima: entre el 54 % y el 90 % de las mujeres jóvenes lo padecen. Sin embargo, apenas una de cada diez busca ayuda médica.
¿Por qué? Según las investigaciones revisadas, muchas mujeres asumen que el dolor menstrual forma parte de su identidad femenina. “He aprendido que el dolor es parte de mí, mi madre también lo sufrió”, contaba una de las participantes. Esta herencia simbólica de madre a hija perpetúa la idea de que el sufrimiento menstrual es algo que se debe aceptar, no tratar, por el hecho de haber nacido mujer.
La sociedad patriarcal, además, ha reforzado esta creencia. Menstruar sigue siendo, en pleno siglo XXI, un tema envuelto en tabúes y silencios. Las mujeres afirman sentirse incómodas al hablar del tema fuera de su círculo íntimo. Algunas lo califican directamente como “vergonzoso”. Este silencio colectivo, heredado de generaciones anteriores, contribuye a que el dolor se oculte y se normalice.

Cuando el sistema sanitario también minimiza el dolor
El estudio revela un componente de identidad: el forjado desde el entorno sanitario. Muchas mujeres describen experiencias negativas en sus consultas médicas. “Fui a urgencias y me dieron un analgésico, sin darle importancia”, relataba una. Otras confesaban que su médico “nunca se interesa demasiado”, o que consideran inútil pedir cita porque “no hay mucho que se pueda hacer”.
Esta falta de reconocimiento institucional desde los sistemas de salud tiene consecuencias profundas. Reforzadas por la indiferencia médica, las mujeres concluyen que su dolor no es una cuestión de salud, sino una incomodidad personal. Así, el ciclo se repite: se aguanta, se calla, y se evita buscar ayuda profesional.
Las múltiples caras del sufrimiento
El dolor menstrual no solo duele: transforma la vida cotidiana. En los testimonios recopilados, las mujeres describen calambres intensos, náuseas, mareos y fatiga. Pero el impacto va mucho más allá del cuerpo: afecta al ánimo, la concentración y las relaciones sociales, pero el ánimo, la concentración y las relaciones sociales también impactan en el dolor.
Algunas cuentan que no pueden acudir a clase o al trabajo. Otras confiesan que dejan de salir con amigos, de practicar deporte o de hacer planes por miedo al dolor. Incluso relatan sensaciones de aislamiento y tristeza.
En el plano psicológico, muchas temen que su cuerpo “no funcione bien” o que el dolor oculte algo más grave. Otras lo asocian a una pérdida de atractivo físico durante la menstruación. Todo ello conforma un cuadro de malestar biopsicosocial, en el que la biología se mezcla con la presión estética, el estrés y la culpa.

Entre la resignación y la creatividad: estrategias para sobrellevarlo
Ante la falta de soluciones efectivas, las mujeres han desarrollado estrategias aprendidas o heredadas de afrontamiento pasivo. La mayoría combina analgésicos con medidas caseras: aplicar calor, infusiones, reposo o ejercicios suaves. Algunas planifican sus actividades para que no coincidan con los días más dolorosos; otras simplemente se encierran en su habitación hasta que pasa.
También aparece un patrón de resignación. “Nada puede hacerse”, “hay que soportarlo”, “es lo que toca cada mes”, son frases repetidas una y otra vez. En muchos casos, esta aceptación pasiva no nace de la indiferencia, sino de la frustración tras años de ser invisibilizadas.
Pese a todo, el estudio también identifica señales de cambio: mujeres que hablan abiertamente del tema con amigas o compañeras, que buscan información fiable, o que experimentan con hábitos saludables como el ejercicio o la alimentación equilibrada para aliviar los síntomas. Aunque este cambio se acote a la sororidad sin verse reflejado en el sector masculino.
Un problema cultural con consecuencias médicas
El dolor menstrual es, en realidad, un espejo social. En el estudio se propone entenderlo desde el llamado Modelo de Autorregulación del Sentido Común, que analiza cómo las creencias influyen en la manera de afrontar los problemas de salud. Según este modelo, cuando una persona percibe una dolencia como “normal” o “inevitable”, tiende a no actuar para cambiarla.
En el caso de la dismenorrea, la educación recibida y las normas culturales han construido un marco mental que refuerza la inacción: “aguanta y no te quejes”. Esto explica por qué el dolor menstrual no solo persiste, sino que se hereda como parte del aprendizaje social femenino.
El resultado es un enorme coste silencioso: días de trabajo y estudio perdidos, malestar emocional, estrés, aislamiento y un impacto invisible en la calidad de vida de millones de mujeres.

Hacia una nueva cultura menstrual
El estudio concluye con una llamada a la acción: romper el tabú y educar en salud menstrual desde la adolescencia. Conocer cómo funciona el ciclo, entender qué es normal y qué no, y saber cuándo acudir al médico son pasos esenciales para que las nuevas generaciones no repitan los patrones de silencio y resignación.
Además, los autores insisten en la necesidad de protocolos sanitarios específicos que reconozcan la dismenorrea como un problema de salud con impacto real, y no como una simple molestia pasajera. También reclaman espacios sociales y laborales donde hablar abiertamente del tema no suponga vergüenza ni debilidad.
El cambio cultural pasa, en última instancia, por aceptar que el dolor menstrual no es un destino biológico, sino una condición que merece atención, investigación y comprensión.
Conclusión
El dolor menstrual sigue siendo un territorio donde se cruzan la biología, la cultura y el género. Lo que las mujeres aprenden, lo que la sociedad les enseña y lo que la medicina les responde acaban moldeando la manera en que viven su dolor.
Desmontar el mito de que “es normal sufrir” no solo aliviaría a millones de mujeres: también transformaría nuestra forma de entender la salud femenina. Hablar del dolor, darle nombre y reclamar atención no es una queja: es un acto de justicia biológica y social.
Referencias
- Poncelas-Cabero M., Andina-Díaz E., Leirós-Rodríguez R., Serrano-Gemes G., Rodríguez-Nogueira Ó. Experiences and perceptions of primary dysmenorrhea mediating management behaviors: A systematic review of qualitative evidence and meta-aggregation. European Journal of Obstetrics & Gynecology and Reproductive Biology (2025). doi: 10.1016/j.ejogrb.2025.114094
- Organización Mundial de la Salud. Salud menstrual y bienestar.
- Instituto Nacional de Estadística (INE). Encuestas de salud y género.





