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¿Cómo influyen los compuestos perfluorados en la salud endocrina a largo plazo?

En colaboración con el CSIC. Usados en sartenes, tejidos y envases, los compuestos perfluorados (PFAS) se han convertido en una amenaza silenciosa. Persisten en el ambiente y en el cuerpo humano, alterando el sistema endocrino y generando riesgos que pueden extenderse durante generaciones.

Los PFAS, presentes en agua, alimentos y tejidos humanos, son disruptores endocrinos capaces de alterar el equilibrio hormonal incluso a dosis muy bajas. Fuente: Water Research Foundation.

Creado: 25.11.2025

Actualizado: 23.11.2025

Durante décadas, los compuestos perfluorados, más conocidos como PFAS, por sus siglas en inglés, han sido usados ampliamente en productos cotidianos como sartenes antiadherentes, tejidos impermeables, envases de comida rápida, cosméticos, espumas contra incendios y decenas de aplicaciones industriales. Su utilidad parecía ilimitada: son repelentes al agua, al aceite, a las manchas y al calor. Pero detrás de esa versatilidad química se esconde una preocupación creciente por su toxicidad, persistencia ambiental y efectos en la salud humana, especialmente sobre el sistema endocrino.

Los PFAS forman una familia de miles de compuestos sintéticos fluorados, entre los que se encuentran el PFOA, el PFOS y otras variantes con estructuras similares. Se les conoce popularmente como «contaminantes eternos (forever chemicals)», ya que son extremadamente estables y no se degradan fácilmente ni en el medio ambiente ni en nuestro cuerpo. Como resultado, se detectan regularmente en agua potable, alimentos, polvo doméstico, aire, lluvia, sangre humana, leche materna y tejidos fetales. De hecho, estudios biomédicos han revelado que prácticamente toda la población mundial presenta trazas de PFAS en su organismo.

Disruptores endocrinos invisibles

Uno de los aspectos más preocupantes de los PFAS es su potencial para actuar como disruptores endocrinos. Es decir, interferir en la producción, liberación, transporte o acción de las hormonas, que regulan procesos clave del organismo como el desarrollo, el crecimiento, el metabolismo, la reproducción o el equilibrio inmunológico. A diferencia de los tóxicos clásicos, que afectan por acumulación o daño directo a los tejidos, los disruptores endocrinos pueden generar efectos incluso a dosis muy bajas y durante periodos críticos del desarrollo, como el embarazo, la infancia o la pubertad.

En el caso de los PFAS, la investigación científica ha asociado su exposición con alteraciones en la función tiroidea, desequilibrios hormonales sexuales, cambios en el tiempo puberal, infertilidad y problemas metabólicos como obesidad o diabetes tipo 2. También se ha observado que niveles elevados de PFAS en sangre materna se relacionan con alteraciones de hormonas tiroideas en el feto, bajo peso al nacer y cambios en el desarrollo neurológico infantil. En adultos, la evidencia más consistente indica que la exposición a PFAS, especialmente PFOA y PFOS, se asocia con un aumento del colesterol total y LDL, lo que incrementa el riesgo cardiovascular. Otro efecto clave es la inmunotoxicidad: diversos estudios han demostrado que la presencia de PFAS puede reducir la eficacia de las vacunas, al disminuir la producción de anticuerpos, sobre todo en niños. En modelos animales se han observado efectos multigeneracionales, lo que sugiere que la exposición no solo afecta a quien la recibe, sino también a su descendencia.

Estos “contaminantes eternos” se acumulan en el organismo y el ambiente, con efectos que pueden heredarse entre generaciones.
Estos “contaminantes eternos” se acumulan en el organismo y el ambiente, con efectos que pueden heredarse entre generaciones. Fuente: Unsplash.

Una historia de ocultamiento

La preocupación por los PFAS no es nueva. De hecho, las primeras sospechas sobre su toxicidad surgieron ya en los años 70, cuando las empresas DuPont y 3M, líderes mundiales en la fabricación de estos compuestos, comenzaron a observar efectos adversos en sus propios trabajadores: problemas hepáticos, alteraciones tiroideas, abortos espontáneos y otros efectos de difícil explicación. En lugar de alertar a las autoridades, ocultaron durante décadas los resultados internos y continuaron comercializando productos con PFOA y PFOS.

Esta historia salió a la luz en parte gracias a la presión legal de ciudadanos y abogados medioambientales en Estados Unidos. Uno de los momentos clave fue la investigación del abogado Robert Bilott, quien destapó documentos confidenciales de DuPont que demostraban que la empresa conocía desde hacía décadas los riesgos del PFOA, pero había ocultado la información tanto a trabajadores como a autoridades sanitarias. La historia fue recogida por el New York Times en un extenso artículo de investigación titulado «The Lawyer Who Became DuPont’s Worst Nightmare» (2016), que dio lugar al documental The Devil We Know y la película Dark Waters, protagonizada por Mark Ruffalo. A partir de ahí, los PFAS pasaron de ser un asunto técnico a un escándalo público de salud ambiental.

El caso 3M en Bélgica: contaminación masiva

Europa también ha tenido su propio escándalo PFAS, esta vez vinculado a la fábrica de 3M en Zwijndrecht (Bélgica). Durante más de dos décadas, esta planta industrial vertió cantidades masivas de PFOS y otros PFAS al entorno, sin que se activaran controles efectivos. En 2021, una investigación periodística reveló que los niveles de PFOS en la sangre de miles de vecinos superaban ampliamente los valores guía de exposición interna y de ingesta establecidos por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) y la Comisión Alemana HBM. La contaminación afectó al suelo, las aguas subterráneas y la cadena alimentaria local. Los habitantes recibieron instrucciones de no consumir verduras cultivadas en huertos domésticos, no comer huevos de gallinas criadas en casa y, en áreas cercanas al foco, restringir el uso de agua del grifo para consumo humano. El escándalo provocó dimisiones políticas, demandas judiciales, y una oleada de presión ciudadana que obligó a revisar profundamente las políticas de control de sustancias químicas peligrosas en Bélgica y en Europa. Actualmente, se han endurecido los límites regulatorios y se han implementado medidas de vigilancia y remediación en zonas contaminadas, aunque persisten desafíos en la gestión y comunicación del riesgo debido a la alta movilidad y persistencia ambiental de los PFAS.

La exposición prolongada a PFAS se ha vinculado con problemas tiroideos, infertilidad, obesidad, diabetes tipo 2 y mayor riesgo cardiovascular.
La exposición prolongada a PFAS se ha vinculado con problemas tiroideos, infertilidad, obesidad, diabetes tipo 2 y mayor riesgo cardiovascular. Fuente: Sora.

¿Qué está haciendo la ciencia?

La ciencia ha sido clave para sacar a la luz el problema y también será clave para solucionarlo. En los últimos años, la biomonitorización humana se ha convertido en una herramienta esencial para detectar y cuantificar la exposición a PFAS en la población general. Estudios realizados en Europa, EE. UU. y otros países han mostrado una clara disminución en los niveles de PFOS y PFOA en sangre desde que se prohibieron, pero al mismo tiempo un aumento de nuevas generaciones de PFAS (“sustitutos”) que todavía no están regulados y cuyo efecto se desconoce.

Además, se están desarrollando modelos animales y celulares para entender mejor cómo actúan estos compuestos a nivel hormonal y molecular. También se están utilizando técnicas avanzadas de análisis químico (como la espectrometría de masas de alta resolución) para identificar PFAS ocultos en matrices complejas como alimentos, aguas o tejidos humanos. Por otro lado, el impacto social de los PFAS también ha despertado el interés de investigadores en salud pública, comunicación científica y derecho medioambiental. Ya no se trata solo de entender la toxicología, sino también de mejorar los marcos legales, la información al consumidor y las medidas de prevención.

¿Estamos a salvo?

La exposición actual a PFAS ha disminuido en muchas regiones gracias a las restricciones impuestas en los últimos años, pero sigue siendo un problema global. En parte porque muchos de estos compuestos persisten en el medio ambiente durante décadas, y en parte porque siguen usándose otros PFAS no regulados en productos importados o industriales. Además, los efectos, incluidos los endocrinos, a menudo no generan síntomas inmediatos ni en el corto plazo, pero pueden tener consecuencias a lo largo de la vida, especialmente si la exposición ocurre durante etapas críticas como el desarrollo fetal o la adolescencia. La evidencia actual justifica plenamente la precaución regulatoria, el impulso a alternativas químicas más seguras, y una vigilancia activa sobre nuevas sustancias que pretendan reemplazar a los PFAS actuales.

Las empresas que producían PFAS conocían su toxicidad desde los años 70, pero ocultaron los riesgos durante décadas.
Las empresas que producían PFAS conocían su toxicidad desde los años 70, pero ocultaron los riesgos durante décadas. Fuente: Freepik.

Conclusión

Los compuestos perfluorados son un caso paradigmático de cómo la innovación química, cuando no va acompañada de una evaluación rigurosa de riesgos, puede tener consecuencias duraderas sobre la salud pública y el medio ambiente. Hoy sabemos que algunos PFAS son persistentes, bioacumulativos y tóxicos, y que pueden actuar como disruptores endocrinos afectando al equilibrio hormonal humano a largo plazo. Aunque aún hay muchas preguntas abiertas, la ciencia ha demostrado que no podemos esperar a tener “certeza absoluta” para actuar. El caso de los PFAS es una llamada de atención: sobre el poder de la química, sí, pero también sobre la necesidad de transparencia, vigilancia y responsabilidad.

Referencias

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Pablo Gago Ferrero

Pablo Gago Ferrero

Doctor en Química. Científico Titular en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Editor ejecutivo en la revista Environmental Science & Technology
Jessica Subirats Medina

Jessica Subirats Medina

Doctora en Microbiología. Investigadora en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

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