El hallazgo, liderado por Daniel Revilla en el marco de su tesis doctoral en el IAA-CSIC, se basa en dieciséis años de observaciones espectroscópicas de alta resolución del sistema GJ 436, obtenidas con los espectrógrafos CARMENES —coliderado por el propio IAA-CSIC— y HARPS. “Hemos observado que GJ 436 b, un exoplaneta similar a Neptuno que orbita muy cerca de su estrella, provoca cambios regulares en el brillo y la energía que emite la estrella en ciertas longitudes de onda”, explica Revilla.
Detectar campos magnéticos en mundos fuera del sistema solar es uno de los grandes retos pendientes de la astronomía, y también una de las claves para evaluar su habitabilidad: en la Tierra, el campo magnético actúa como escudo frente al viento solar, mientras que Marte perdió su atmósfera —y buena parte de su agua— cuando su campo magnético global se apagó hace miles de millones de años. El nuevo trabajo, en el que participan también el Centro de Astrobiología, el IEEC, el ICE-CSIC, el IAC y la UIB, abre ahora una vía inédita para estudiar esta propiedad en otros planetas.
Un escudo invisible que decide el destino de un planeta
La presencia de un campo magnético no es un simple dato curioso: condiciona buena parte del futuro de un planeta. Al modular la interacción entre el viento estelar y la atmósfera planetaria, un campo magnético puede proteger esa atmósfera de la erosión constante que provoca el viento de partículas cargadas procedente de la estrella. La Tierra es el ejemplo más cercano de este mecanismo en acción; Marte, el ejemplo de lo contrario.
Hasta ahora, la mayoría de estudios sobre la relación estrella-planeta se habían centrado en cómo la estrella —a través de su gravedad, su radiación y su propio campo magnético— condiciona al planeta. “Hasta hace poco se pensaba que era principalmente la estrella la que influía en el planeta, pero nuestros resultados aportan la evidencia más clara hasta la fecha de algo que ya se venía sospechando: que también puede ocurrir lo contrario y que un planeta cercano puede alterar el entorno de su estrella”, señala Rafael Luque, investigador del IAA-CSIC que participa en el estudio.

Dieciséis años de datos para cazar una señal esquiva
Confirmar que un planeta altera el comportamiento de su estrella exige observaciones extremadamente precisas y sostenidas en el tiempo. El equipo analizó dieciséis años de datos espectroscópicos del sistema GJ 436, una estrella de baja masa orbitada muy de cerca por GJ 436 b. Ese largo periodo de observación resultó decisivo, porque el fenómeno no se manifiesta de forma continua: solo se ha detectado en tres ocasiones, en 2008, 2016 y 2024, separadas por intervalos de ocho años.
Esta periodicidad no es casual. Coincide con el ciclo de actividad magnética de la propia estrella, lo que sugiere que la interacción entre GJ 436 y su planeta se intensifica —o se vuelve más fácil de detectar— cuando la estrella atraviesa determinadas fases de ese ciclo. Sin dieciséis años de observaciones acumuladas, esta coincidencia habría pasado completamente desapercibida.
Un planeta que enciende auroras en su propia estrella
Las observaciones revelan que el campo magnético de GJ 436 b interactúa con el de su estrella e inyecta energía en la cromosfera, una de las capas altas de la atmósfera estelar, aumentando su actividad. El resultado es un fenómeno que guarda un notable parecido con las auroras que se observan en la Tierra, pero reproducido a una escala mucho mayor: en lugar de iluminar el cielo de un planeta, aquí es el propio planeta el que altera el comportamiento de su estrella.
Este tipo de interacción planeta-estrella deja señales observables muy concretas, que el equipo ha sido capaz de rastrear y de vincular con las propiedades del campo magnético planetario. Al comparar estas observaciones con modelos teóricos, los investigadores lograron algo que hasta ahora se consideraba extremadamente difícil: estimar la intensidad de un campo magnético exoplanetario a partir de sus efectos sobre la estrella anfitriona.

Un campo hasta 27 veces más intenso que el de Júpiter
El resultado numérico es llamativo. “A pesar de su menor tamaño, GJ 436 b tendría un campo magnético entre 2,33 y 27 veces más intenso que el de Júpiter”, señala Pedro J. Amado, coautor del trabajo e investigador del IAA-CSIC. Júpiter posee el campo magnético más potente del sistema solar, generado por su enorme masa y su rápida rotación, de modo que un planeta de tipo Neptuno con un campo de intensidad comparable —o incluso superior— resulta un hallazgo notable.
Este margen tan amplio en la estimación (entre 2,33 y 27 veces) refleja lo desafiante que sigue siendo medir esta propiedad de forma indirecta, a partir de sus efectos sobre la estrella. Aun así, incluso en el extremo más conservador, el resultado confirma que GJ 436 b posee un campo magnético propio y significativo, algo que hasta ahora solo se había podido inferir de manera indirecta en muy pocos exoplanetas.

Qué significa esto para la búsqueda de vida más allá del Sistema Solar
Más allá del propio GJ 436 b, el verdadero valor del estudio es metodológico: demuestra que es posible detectar y cuantificar campos magnéticos exoplanetarios a partir de su huella en la actividad de la estrella anfitriona, sin necesidad de observar el planeta de forma directa. “Hasta ahora medir el campo magnético de un exoplaneta era extremadamente difícil. Esta propiedad es clave para saber si un planeta puede proteger su atmósfera y, en última instancia, si podría llegar a albergar vida”, concluye Daniel Revilla.
Conocer si existen campos magnéticos en otros mundos —y con qué intensidad— permitirá a los astrónomos entender mejor cómo esos planetas conservan sus atmósferas, cómo es su estructura interna y cómo han evolucionado a lo largo de miles de millones de años. En un campo donde cada nuevo dato indirecto cuenta, GJ 436 b se convierte así en la primera prueba de concepto de un método que, con el tiempo, podría aplicarse a otros muchos sistemas planetarios en la búsqueda de mundos capaces de sostener vida.




